El deseo que pedimos al mar #2

6

Hartley

Muchos afirman que si deseas que algo salga bien lo hagas tú mismo. Personalmente, preferiría dejarlo todos en manos de cualquiera que no sea yo.

Eso fue justo lo que me sucede esta mañana, cuando recuerdo lo que hablé con Dastan por la noche. Como Rosalie no quiso acompañarme, regresé al barco para contarle de las novedades durante de la subasta.

Dice que no conoce a ningún miembro de la familia Lukesadir con ese nombre, pero yo insistí en que podría tratarse de una identidad falsa. Todavía no tenemos demasiadas pruebas que puedan decirnos por qué lo haría exactamente, pero el jefe lo desechó sin pensar. Para Dastan ellos no son amenazas, son herramientas. No le mencioné quién lo acompañaba, porque entonces sí pondría en marcha su plan de ataque.

Ese es el problema. Pensé que al evitar contarle la parte en que tal vez ellos se volverían socios de El canto del mar y la sirena, quizá olvidaría por completo el tema y por ende seguir los días sin su obsesión por Jaylynn. El problema es que muy posiblemente no pueda mantener esto en secreto.

No cuando el tal Kairo quiso audiencia personal con mi jefe esta noche. Así que, tengo dos opciones. Presentarme en el desayuno con Kairo y discutir los asuntos que Dastan debería y arriesgarme a que de todos modos quiera visitarlo esta noche o dejarlo todo en manos de Dastan.

Hubiera hecho lo último si me hubieran hecho la pregunta un año atrás, pero desgraciadamente no tolero la idea de dormir una sola noche sabiendo que Dastan quiere reavivar los problemas con Jaylynn.

Así que, si de algo seré culpable, será de alejar sus inversiones de mi barco durante los próximos años, o hasta que me case con Jay. Lo que suceda primero.

Porque esa fue otra decisión que tomé al verla de nuevo. Todavía no estoy muy seguro de cómo nombrar esas ideas que te vienen como un salvavidas, y me parece que tendré bastante tiempo para descubrirlo.

Cuando termino de abrocharme la camisa, por fin salgo al pasillo. Rosalie está frente al reloj del primer piso junto a las escaleras de la torre, entretenida con el ornamentado de la madera.

El salón se convierte en un restaurante a la carta por la mañana, que por la noche será una casa de apuestas y una subasta. Extraño apostar.

No puedo negar que mi estancia en barco del año pasado acabó con muchos de mis malos hábitos, pero prefiero pensar que forjó uno que otro necesario.

Ese viaje me llevó a ella.

Rosalie me da un codazo disimulado cuando ambos entramos al salón. No tardó nada en notar a Kairo. Y como supuse, no está solo.

Aguanto la respiración un par de segundos antes de seguir a Rosalie, que poco le importa el nerviosismo del que estoy siendo víctima. ¿Desde cuándo una mujer comenzó a afectar tanto mi vida? Jamás me habían importado tanto, mucho más de unas horas. Ahora es como si Jaylynn hiciera de mi vida lo que quisiera y lo más aterrador es que no puedo controlarlo ni un ápice.

—Sherwood —Kairo me saluda con una sonrisa venenosa—. Veo que trajiste a una acompañante.

Rosalie sale detrás de mi espalda, todavía los mira a ambos con cautela.

Jaylynn no se molesta en dejar su taza de café, parece bastante tranquila. A diferencia de anoche, el vestido que usa hoy es mucho más sencillo, incluso con estampado de flores.

Rosalie y yo tomamos asiento frente a ellos, la primera no deja de parecer inquieta. Me pregunto si ya sospechará algo respecto a cierto apellido.

—Espero no les moleste que haya ordenado por ustedes —Kairo observa a mi acompañante con media sonrisa mientras intenta dar con su mirada—. Es bastante tímida, ¿no?

No. No le agrada y punto.

—¿De qué quería hablar? —interrumpo, centrando mi atención en él—. Dudo que solo quisiera compañía para desayunar, veo que la posee de sobra.

Jay deja con algo de fuerza su taza en la mesa, pero no da más señales de haberme escuchado. Perfecto, ya no finge no conocerme.

—Sí, verá… la señorita a mi derecha es mi nueva socia. Por lo tanto, Sherwood, espero no le moleste que ella se interese en mis asuntos financieros.

—Creí interesarme en ellos —Jaylynn lo mira, algo contrariada—. Pero no pensé en absoluto que tus planes incluyeran la incompetencia.

Rosalie por fin deja de lado el silencio y aguanta una carcajada. Yo no puedo quitarle mi atención a la mujer frente a mí, la que me detesta con cada parte de su ser.

—¿Incompetencia, dices? —repite Kairo, intrigado.

—Así es —Jay me observa apenas, negando—. ¿Sabes quién es este hombre, al menos? Es un farsante. No creo que te convenga hacer negocios con él.

—En el mundo todos ocultamos secretos, eso no nos hace farsantes —murmura Rosalie, con esperanza de salir a mi defensa. Jamás se lo habría pedido, y menos sabiendo de quién quiere defenderme.

Jaylynn la observa un momento, pero no es breve. Le deja en claro que no necesita su opinión y Rosalie entiende el mensaje.

—Creo que deberías resolver este asunto tú solo —Jay se levanta, demostrando su interés en este tema—. Tengo cosas que hacer, espero no les resulte un inconveniente.

—Lo que tú quieras, preciosa —Kairo habla en voz baja, quizá con intenciones perfectas de que ella no lo escuche.

Por supuesto. Dejaría de hablarle al instante.

Veo desaparecer a esta mujer por la puerta principal y no puedo evitar comenzar un debate interno. Si todo sale bien hoy por la noche, hoy nos marchamos. No tengo idea de cuándo se irá ella, pero supongo que de igual forma les interesa quedarse.

—Usted espera hablar sobre joyas, ¿no es así? —murmuro, jugando con la servilleta en mi regazo con nerviosismo.

—Es a lo que he aspirado toda mi vida —asiente Kairo, así que tomo unos segundos para responder.

—Esta señorita es experta en el tema, la mejor del barco. Espero ustedes se entiendan, no tardaré mucho.

Si no lo hago, dudo poder seguir viviendo como hasta ahora. Cruzo el salón en dirección a la puerta principal y sólo de hacerlo doy con los habituales pasillos, bastante distintos a la última vez. No tenían tantos cuadros durante nuestra última visita.




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