Jaylynn
Dejo la nota tan rápido que no me vuelvo a ver si quedó precisamente a la vista. Sólo salgo de la habitación de Ruel después de asegurarme de que no estaba ahí y seguía en la joyería verificando los precios.
Los precios de las joyas que este lugar nos compró. Es extraño, pero la mayoría que se comerciaron la última vez que llegamos a Valkrety están aquí.
Salgo con la capa puesta y no me detengo hasta llegar al puerto. Existe poca vida en él. No hace demasiado tiempo que dejé la torre, y desde ahí pude ver la actividad perfectamente.
Doy otra vuelta al nudo de la bolsa atada en mi cinturón, tanteo la tela sólo para hacer algo con las manos. Hace mucho tiempo que no hago esto. Demasiado.
Las telas se me daban mejor sin importar que subiera a barcos desconocidos para comerciarlas. Ahora no estoy segura. Hago las cosas sola, nunca en grupo cuando se trata de esto. Pero hoy no quiero alarmar a nadie. Sé que puedo hacerlo.
Miro a mi alrededor entre los vendedores y quienes descargan y cargan los barcos a flote junto al muelle. Ahí está el barco de Dastan. Tengo que subir. Tengo que descubrir por qué Kairo quisiera hacer un trato con ellos. No creo que les haya ido tan bien en tan solo un año.
El navío es impresionante, dudo sea el mismo que vi la última vez. Dos hombres suben cargamento, por ello la rampa se queda descuidada. No lo pienso antes de subir con cautela, una vez en la cubierta llena de actividad, corro hasta la bodega más cercana.
Pero me detengo. No puedo ir ahí, no estoy en mi barco. Quizá eso ni siquiera es una bodega. Tengo que ir directo a donde debía.
Todos están centrados en entrenamientos a esta hora, al menos en algo se parece al sistema al que estoy acostumbrada. No dejan de entrenar hasta media noche.
Subo las escaleras hasta el tercer piso, este barco es diferente. El timón está en el segundo, en el tercero está el camarote principal. O eso espero.
Toco una vez, colocándome contra la puerta. Cuando nadie me abre una vez contado hasta veinte, la abro. Contengo la respiración al ver que acerté. Esta es la habitación de Dastan, ese imbécil.
Miro por todas partes los papeles revueltos, nada me hará pensar que hice mal al subir. Además de averiguar lo que sea, tengo un par de cosas que hacer.
Le prometí joyas a mi capitán, así que voy directa a los cajones junto al dosel de su cama. Tengo que abrir el último a la izquierda, ahí hay una caja de nácar. La abro con cuidado y casi la suelto al ver el contenido.
Anillo con la piedra circular, es rojo, casi del color de la sangre.
Es lo que he estado buscando todo este tiempo. La respiración me falla, las manos me tiemblan mientras meto el anillo en la bolsa de tela que cuelga junto a mi pantalón. Vuelvo a meter la caja en el cajón, incrédula.
El sonido de pasos acercándose me hacen buscar un sitio en el que esconderme. Opto por el escritorio frente a la cama cuando escucho el crujido de la puerta, me oculto tras el cajón más grande, junto a la silla dispuesta frente a mí.
Contengo la respiración al escuchar risas.
—¿Cómo no sabes nada de él? —suelta la voz de Dastan y cuando veo sus zapatos frente a mí de verdad comienzo a temblar. No tengo un arma que no haga ruido. Sólo traje una pistola, si la uso me descubrirán.
¿Cuándo me pareció esto una buena idea? Perdí la práctica al trabajar por mi cuenta cuando dejó de ser necesario.
—Esta mañana no se quedó con el comerciante. Me dejó al mando.
¿Cómo se llama esa chica? Es la que estuvo en el desayuno con Kairo.
—¿No fueron claras mis instrucciones? —replica Dastan, incrédulo—. Te dije que ella estaría ahí, debiste mantenerlo al margen.
Silencio. Demasiado. Sólo escucho los latidos de mi corazón, cada vez más frenéticos.
—Él nos invitó, jefe.
—¿Y no hiciste nada? Sherwood pierde la cabeza con facilidad, eso lo sabíamos. Hacerle creer que te encontramos sólo aumentó su confianza en este barco. Tú tenías que distraerlo.
—No me parece tan mala persona como dices —ella suena alterada, pero continúa de todos modos. Un pésimo manejo de situación—. ¡Él sólo la protege de ti!
—¿Y crees que dejaré que la asesina que arruinó mi familia se salga con la suya? ¡Eso jamás! Me eres de utilidad, Rosalie. No puedes ser prescindible para él, entiéndelo.
¿Qué? No entiendo nada. Pero… Rosalie… Por eso se me hizo tan familiar. No puede ser posible. Es ella la más cercana al escritorio ahora, puedo ver sus tacones.
Dastan se acerca por el lado contrario, tomando un llavero cerca de mi hombro. Abre un cajón sin prestar mucha atención, de ahí saca cosas relucientes que enseña a la chica. No parece muy impresionada, a diferencia de su jefe.
—Esto es lo que ganarás. Ten en mente cuánto quieres impresionarla.
Una sacudida del barco me hace aferrarme a la silla para no estrellarme contra nada que haga ruido.
De todos modos fallo, porque la bolsa en mi cinturón tintinea. Dastan deja las llaves de nuevo en su sitio sin mirar, causándome una oleada de alivio.
—¿Qué fue eso? —dice, ajustándose las mangas del traje.
—Estamos zarpando, todo se mueve —Rosalie habla con irritación.
No. Claro que no. Está claro que ese ruido no fue cualquier cosa, ¿qué está haciendo? ¿Lo está engañando? ¿Sabe que estoy aquí?
Zarpando. No pueden zarpar, ¡todavía no termina la subasta!
Tengo que encontrar la borda pronto antes de que nos alejemos, no puedo irme con ellos.
—Pronto estará aquí. Averigua cuanto puedas —termina Dastan, dando un portazo. Por la fisura del escritorio, trato de ver la figura de la joven en el umbral. Ella se limita a salir también, aunque luego de un suspiro tembloroso.
No puede ser. Me estoy volviendo loca, no puede ser la misma persona.
Cuando los pasos se alejan, tomo las llaves sin dudarlo y abro el cajón. Joyas. Demasiadas.
Tomo cuantas puedo con las manos temblando, las meto en el saco y lo ato al terminar.