El deseo que pedimos al mar #2

8

Hartley

Mientras cerraba la puerta a mi espalda, pude ver cómo se movía en el catre, así que ahora está despierta.

Traer a Jaylynn a una botica para que la curaran no habría sido posible jamás de haber estado despierta, así que tuve que hacerlo apenas se desmayó en plena calle. Sé que no estará del todo conforme con mi decisión, pero quise hacerlo de todos modos. ¿Quién sería si la dejara ahí? Por supuesto que no.

—¿Qué…? —empieza, mirándose el cuerpo.

Entonces me acerco a la cama, apenas quizá un poco lejos.

—¿A dónde me trajiste? —se aparta las sábanas, furiosa. Cuando trata de bajarse, me acerco a ella para impedirlo pero recuerdo su última petición. Me mira confundida—. ¿En dónde…?

—Te vendó una mujer —murmuro, señalando apenas la ropa con sangre seca que cubre su venda—. Estamos en una botica porque te desmayaste. Ya… pagué todo.

Vendiendo un anillo que usaba en una cadena de plata, así que esta última es la que me cuelga del cuello.

—Y tú tan caballeroso, qué considerado por traerme —Jay se ríe con sarcasmo.

—Estuviste a punto de morir —suelto, incrédulo—. ¿Lo notaste o parpadeaste demasiado rápido?

No responde, sólo intenta sentarse de nuevo. Entonces no resisto el impulso de tomarla con cuidado por la cintura para regresarla al colchón, pero recibo un golpe en el pecho. Se contiene, lo sé.

—Te dije que no me tocaras.

—Lo siento, pero no quiero que se te suelten los puntos —replico, quizá igualando su molestia—. Lamento haberme preocupado tanto y haberte traído, ya veo que te molesta.

—Sí. Me molestas —corrige con la voz temblando, mirándome directamente esta vez—. Me molestas demasiado, y hubiera preferido quedarme en la calle, hubiera preferido morir, como tú mencionaste.

—No digas eso…

—¡Entonces no me hagas decirlo!

—No puedes levantarte en unos días. Eso es lo que dijo la doctora.

Mira a su alrededor como si ahí encontrara la respuesta, comienza a negar. Intenta bajar de la cama de nuevo pero el tiempo no le alcanza para disimular el dolor.

—Te dije que no te levantaras —suelto, tratando de controlar el temblor en mi voz—. No puedes…

—No… —dice, pero no es a mí—. Tengo que enviar la carta…

—Yo lo haré —la corto, y por eso su atención regresa a mí—. Escribe esa carta, yo la voy a llevar.

—¡No! ¡No quiero tu ayuda!

Ni siquiera la tocaba, pero se ha alejado tanto que casi choca con la pared. Me paso una mano por la cara, cansado.

—¿Ni siquiera porque hice esto puedes confiar un poco en mí?

—Jamás voy a confiar en ti otra vez —replica, cruzándose de brazos. El movimiento debe doler como mil puñales, pero no le importa, es demasiado terca—. Nunca, ¿escuchaste?

—¿Por qué crees que lo hice, Jay? ¿Qué gano yo al hacer esto?

—No quiero hablar contigo, así que déjame sola.

—No, no ni siquiera lo pienses, no puedes estarlo.

Me siento en la orilla de la cama, bastante lejos de ella considerando que tiene la espalda contra la cabecera de madera. Suelta un suspiro de exasperación, pero sigo de todos modos.

—¿No puedes detenerte un segundo a pensar en que me importas? Todavía me importas…

—No te quiero escuchar —suelta, mirándome con furia—. Y tampoco quiero verte, así que déjame tranquila.

—Si me voy de aquí, te querrás levantar y después…

—Y después nada. Si muero, te quedaría perfecto. Al menos así la única mujer que no ha hecho lo que tú quieres…

—No termines esa frase —advierto con la voz quebrada, sin poder recurrir a mi paciencia—. Sabes que no es así.

—Es la verdad, tú lo sabes.

—Claro que no, y no lo digas si sabes que es mentira —replico, subo el tono igual que ella—. Tú me importas.

—Es una lástima —se ríe con un suspiro exasperado antes de sonar más cruel—. ¡Yo no quiero saber nada de ti! ¿Por qué no te queda claro? ¡Para mí ya no existes, así que déjame sola!

No dice nada más, se apoya en la madera para mirar la pared. Mi pecho sube y baja con las palabras no dichas, no puedo creer que hable en serio. Sé que lo que les hice estuvo mal, pero ¿no puede darme una oportunidad? ¿Por qué no puede ni siquiera considerarlo?

Apenas salgo de la habitación me apoyo en la puerta y no puedo contener un sollozo, ni siquiera por más que me frustre sentirme así por ella.

Me está destrozando que no confíe en mí, que no quiera escucharme.

—No te preocupes. Estará bien.

Apenas la veo aparecer frente al mostrador con hierbas y flores me paso una mano por la cara. Es la chica que nos recibió aquí, la doctora.

—¿De verdad? —murmuro, tratando de sonar firme.

Asiente y las ondas de su cabello café se mueven ante el gesto. Al acercarme más al mostrador, sonríe. Se ata unas vendas en las manos, sobre la piel bronceada. Se llama Rhea, o eso recuerdo.

—Claro que sí —suena divertida, pero trata de tranquilizarme—. Y pueden quedarse el tiempo que necesiten, pagaste más de lo justo.

Porque estaba desesperado. No sabía qué hacer, y desde la última vez que se lastimó en el mismo sitio no recordaba haberme sentido más alterado.

—No es necesario, no quiero que…

—Por favor, no te preocupes. No conseguirán un sitio aquí en Vektem en estos días. Le prepararé un té para el dolor, así descansará un rato —dice con una mirada compasiva, acomodando los frascos a su espalda con cuidado—. Mi esposo no debe tardar, fue a buscar el repuesto de la leña.

Quizá eso estaba haciendo ella y se lastimó las manos, a juzgar por su nota de fastidio. Asiento, y de repente una imagen se me hace presente en medio del caos que es mi cabeza en estos momentos.

—¿Crees que pueda salir un momento? —empiezo, aunque no puedo evitar sentirme mal por ello—. No tardaré.

—Adelante. Estaré por aquí, tómate tu tiempo.

En realidad, no es por mí. Quiero comprarle otra blusa a Jay, o quizá un vestido. Cualquier cosa sería mejor antes que la ropa manchada de sangre.




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