Hartley
—Jay no es de las personas que toman decisiones a la ligera. Por eso me preocupa que estés aquí hoy.
—¿Quieres decir que estoy aquí porque no pensó bien las cosas?
—Quiero decir que pensó con el corazón en lugar de con la cabeza.
—O pensó quizá con el… —Leonie se calló cuando Dave le dedicó una mirada suplicante.
—Miren, yo entiendo —suspiro antes de regresar mi atención a ellos, ambos ocupados en la cocina—. Entiendo eso de que me odian, de que me pasé de la raya la última vez con el ataque, todo eso lo comprendo. Pero no lo haré otra vez.
—Fue una decisión inteligente, yo lo aplaudí —murmura Leonie, señalando mis muñecas atadas.
Porque después de lo que sucedió ayer por la noche fue la solución en bandeja de oro. Sí, porque anoche nadie se tomó de buena manera que yo siguiera aquí para cuando cayó el atardecer. Al principio se callaron las protestas, o al menos las disimulaban.
El verdadero problema comenzó cuando notaron que no había forma de irme, porque siendo sinceros, ¿había manera de irme si estábamos a mitad del océano?
—Hablando por todos —Dave se vuelve hacia mí, todavía sosteniendo una cuchara de madera—. Creo que pensaron que cualquiera te mataría antes de caer la noche.
Y ahí está la respuesta a mi pregunta.
—¿Ni siquiera porque les soy útil? —digo con un hilo de voz la excusa que he escuchado usar a Jay la mitad de veces que le han preguntado. La otra mitad sólo los miraba con mala cara.
—Le eres útil a Jay —corta Leonie, centrando su atención en sus hijos.
Jamás habría sospechado que estaban esperando gemelos, en especial porque en ningún momento se detenían a descansar cuando había problemas. Excepto en el ataque. Ahí comenzaron las pistas.
Ambos niños se parecen más a Dave que a Leonie, con ese rubio dorado característico de su padre, a diferencia de la contramaestre.
—No está mal —murmuro, mirando mis manos atadas con resignación. ¿Qué más puedo decir?
—¿No está mal? —repite Dave con media sonrisa antes de mirar a su esposa. Esta le pone una mano al frente como si se esperara su reacción—. ¡¿No escuchaste?! ¡Ni siquiera le importa que lo use! De verdad la quiere, la quiere lo suficiente…
—Cariño, no estamos leyendo uno de tus libros de poesía —lo corta ella, dándole un golpecito en el hombro antes de dejarle a su hija en el regazo—. Es un traidor, no se te olvide.
Porque Dave no tenía permiso para hablar conmigo. No, cada vez que nos veía juntos, tenía que disimular que me regañaba por hacer cualquier cosa mal porque Leonie no me soporta. Nunca fue mi gran amistad, pero tampoco creí haber dejado en tan malas instancias nuestra relación.
—No hice eso porque fuera un traidor —susurro, pero al parecer Leonie me escucha de todos modos.
—¿Sí? —replica con tono frío—. ¿Y por qué nos atacaron? ¿Porque eran imbéciles? A mí me parece que tú lo eras.
No dice nada más, llevándose a su hijo en brazos al salir de la cocina. Le dice a Dave que la cena está lista, incluso su hija la sigue cuando este la deja en el piso. Por eso creo que se avecinan problemas.
—A mí me caes bien —insiste Dave, mirando a mi espalda para asegurarse antes de acercarse para desatarme las manos—. Ella es así, ya la conoces.
—¿De verdad no crees que sea un traidor? —murmuro, moviendo de nuevo las articulaciones con algo de dolor—. ¿Ni siquiera un poco?
—Claro que no. Yo te eduqué, amigo —insiste, girándose a mirar el fuego que su esposa no se molestó en apagar en la cocina. Se pone de pie para terminar las tareas—. Gracias a mí sabes usar una espada, y la verdad me parece que lo haces de maravilla. Nunca pensé que podrías liderar un entrenamiento, casi parecías el capitán. Pero… todavía quiero saberlo, si es que tengo razón al defenderte.
Ya sé a qué se refiere. Carraspeo con incomodidad, ninguna otra cosa me provoca hablar sobre eso en voz alta.
—Yo… —empiezo, levantándome de la silla—. Espero que no importe si decido guardármelo un poco más.
—Creo que lo sospecho.
—Sí, bueno… Entonces no necesitas que te cuente.
—Quiero escucharlo de ti, así quizá logre que Leonie se ponga un poco de mi parte —dice sobre el hombro cuando comienza a colocar la comida en platos de madera—. Porque sé que no todo es malo, ¿o sí?
—En realidad… no fui del todo inocente.
—Eso lo sabíamos.
El crujido de la puerta nos hace callarnos a ambos, sólo de girarme para mirar descubro que no debí hacerlo. Ahora tendré que lidiar con el asco.
—¿En esto gastabas el tiempo? —la voz de Camden nos sorprende a ambos cuando deja unas herramientas en la mesa—. Jay dice que arregles el mástil.
Estoy a punto de decir algo cuando Dave me mira. No quiere que hable, ya lo entendí. Pero no es como si pudiera controlar lo mal que me cae ese hombre.
—¿Y tú, violinista? —insiste, pero ni siquiera por eso me vuelvo—. No creas que porque tienes su apoyo no tienes nada que hacer aquí, no te defenderá para siempre.
—Si no mal recuerdo… —empiezo, girándome hacia él—. Tú votaste porque me quedara. ¿Me extrañaste tanto?
—Lo hice porque quiero ver cómo son tus últimos días —replica, divertido. Se cruza de brazos, mirándome casi con repudio—. A Jay no la vas a engañar para siempre, pronto se dará cuenta de la escoria que metió en el barco.
Dave le dice un par de cosas en catalán con calma, pero el tono con el que responde Camden en el mismo idioma me demuestra que no fue nada pasivo. La discusión se prolonga y yo trato de no maldecir por no haber estudiado nada de catalán en el año que estuve fuera.
Camden termina por retirarse, dejándonos solos.
—Jay esto, Jay lo otro… —murmuro con fastidio cuando se escucha el portazo—. ¿Qué acaso se volvió la capitana mientras me fui?
—Algo así. Nerván dijo que si algo le sucede ella quedará al frente, no Achard.
Recuerdo de repente lo que Jaylynn averiguó al respecto cuando estuvimos en la torre, así que decido tentar a la suerte.