Jaylynn
No me molesto en despertar al resto esa mañana. De hecho, siento que llegaremos en cualquier momento.
Cuando bajo la red de jarcias luego de un rato admirando la cercana tierra, lo siento más pronto que nunca.
Llegaremos muy pronto. No sé si la emoción se debe al tiempo que llevo sin pisar ese reino o a la expectación que cada vez crece más.
Lo único que tengo claro es que no podemos fallar. Si hacemos esto bien, estaríamos dando con Dastan, Zyra y con Elara, todos a la vez. No podemos fallar.
Aterrizo de un salto en la cubierta, verifico que todo vaya en orden para el desembarque. Todo parece estarlo, extrañamente.
Trato de ver más allá cubriéndome los ojos del sol, pero es imposible. Lo único seguro es que el castillo de Zeltrev se nota desde aquí.
Me aliso el pantalón oscuro antes de correr a mi habitación. Tomo la pistola que enfundo en mi cinturón y la daga que irá a su lado. Definitivamente estoy ansiosa.
Toco a la puerta del camarote principal como me lo pidió el capitán y sólo de abrir lo encuentro esperándome.
—¿Ya sabes qué harás? —pregunta en voz baja, asiento.
—Claro que sí. Lo lograremos, no te preocupes —murmuro al ver su inquietud, aunque no esté segura—. Lo tengo todo bajo control.
—Eres la última hija que tengo, Jaylynn.
Lo dijo en tono de advertencia, no quiere que vea cuánto le afecta esto. Yo me aclaro la voz antes de reír, disimulando mis propias dudas.
—Tienes a Achard —replico, cruzándome de brazos—. No me extrañarás tanto.
Sin embargo, el capitán no parece convencido. Se acerca a mí para darme un apretón en el hombro. Cubro su mano con la mía antes de rechazar el repentino sentimentalismo.
—Regresaré con la venganza que tanto quieres —le prometo.
—Ya no estoy seguro de quererla, Jay. Ir tras ellos se llevó a mis dos hijas cuando el objetivo era vengar a una.
Me quedo silencio y antes de notarlo ha ido hacia el escritorio, trae el anillo rojo que conseguí del barco de Dastan.
—Ya lo tengo —insiste, mostrándome la joya—. Es nuestro de nuevo.
Paso los dedos por el corte circular de la piedra, siento el tacto de lo que tanto tiempo pasamos buscando. Por esto viajamos, por esto peleamos. Y aquí está. Entre nosotros, completamente inocente.
—¿De verdad te sientes completo teniéndolo ahora? —no puedo evitar la pregunta, devolviéndole el anillo.
—Mi esposa no está de vuelta, ¿tú qué crees?
No digo nada. Tiene razón.
Los toques en la puerta nos sorprenden y pronto es Leonie quien aparece.
—Llegamos, capitán.
—¿Quién irá contigo, Jay? —pregunta Nerván, regresando su atención a mí.
—Todos. Excepto Sherwood, espero entiendas.
Silencio. Puedo ver la forma en que Leonie me juzga sin volverme.
—¿Él no era la forma en que entraríamos? —dice la contramaestre, pero su tono no denota lo que quiere reclamarme. Quiere reclamar que me importa.
—Me contará su plan antes de irnos, no tiene por qué ir.
—Jay —Nerván habla sólo cuando Leonie cierra la puerta. Está irritado—. No me hagas enojar, ¿sí?
—No quiero que nos acompañe, lo digo en serio.
—¿Por qué te sigue importando ese traidor?
—Si lo tenemos aquí, no podrá traicionarnos.
—Si lo tenemos aquí, no le pasará nada —replica, incrédulo.
—Mira, yo estoy al frente en esto, ¿no es así? —levanto un poco la voz, aunque retrocedo hacia la puerta—. Soy el capitán en tierra, así que deberían respetar mis decisiones. Sé lo que hago.
Al llegar al muelle nos espera un carruaje, y ni hablar de los varios lujos que este ya nos muestra. El resto se queda en el barco.
Por hoy es mi turno de actuar, al menos hasta que caiga el atardecer. De haberlo mencionado, sé que nadie me lo habría permitido sin discutir.
Así que cuando abordo el carruaje, lo único en lo que puedo pensar es en lo que pasaría si algo llegara a sucederme. En primer lugar, nadie lo sabía. Nadie les avisaría, y estarían entrando a esta fortaleza sólo con la esperanza de hallarme dentro. El traqueteo de las ruedas parece darme la razón.
Probablemente se desataría la inevitable guerra de siempre entre nosotros y los Fenton. Lo puedo ver todo tan claro que asusta.
Enciendo uno de los cigarros en la mesa pequeña frente a mí mientras admiro el camino por el que nos estamos metiendo. Escuché que la fortaleza de Dastan tenía demasiados alrededores lúgubres, pero no esperaba encontrarme con un bosque como este. Tengo la sensación de que Zeltrev no es más que una fantasía gris de los antiguos cuentos del lugar.
No puedo convencerme de que este es un lugar real, mucho menos cuando todo parece lo contrario. El camino empedrado que lleva hasta la fortaleza de piedra no es el mejor, por supuesto. Nadie querría que llegar hasta ese lugar fuera sencillo.
Sin embargo, hoy esta mansión se transforma en una fiesta para los mejores comerciantes del mar. Bajo en la entrada y no miro atrás. Sólo avanzo hasta la entrada de piedra. El sombrero negro tiene un adorno de encaje del mismo color que me oculta un poco las facciones. Al entregar la invitación, ni siquiera se les pasa por la mente que sea falsa.
Tengo que encontrar a Dastan. Si lo encuentro, tendré más posibilidades de dar con Kairo.
Apago el cigarro en uno de los ceniceros y antes de darme cuenta ya estoy buscando por todas partes. No veo a una sola persona conocida en este sitio, el baile parece ser más una excusa que un evento real.
Las paredes de piedra revelan demasiado, sin importar los cuadros de aspecto caro que sostengan. Nadie tendría una mansión de este lado del reino. Estoy casi segura de saber a quién pertenece.
Tienen que estar aquí.
—Ahí estás. Pensé que no vendrías.
La voz de Kairo me hace dejar de mirar uno de los cuadros.
—Dijiste que llegarías temprano, lo prometiste —sigue, tomándome la mano para dejar un beso en ella.