Jaylynn
No veo nada. Todo es oscuridad, me cuesta pensar.
¿De verdad me disparó? ¿Estoy muriendo?
¿Ya estoy muerta? ¿Morí por mi propia pistola? Qué humillante.
No. Todavía puedo sentir que respiro.
Estoy sentada. También atada. No lo entiendo, nada de esto estaba en el estudio.
—Está aquí, señora. Tal y como lo predijo.
No reconozco esa voz.
—El señor Lukesadir lo encontró antes que nosotros, me temo. Ese violinista va tras su hija, lo tenemos por seguro.
Violinista.
Mi violinista.
—Hartley… —el nombre escapa de mis labios antes de que pueda detenerlo, y cuando trato de ponerme en pie siento todas las ataduras. No están sólo en mis muñecas. Están en mi torso, me unen a la silla.
Una repentina luz se enciende, mostrándome una habitación en la que no estoy sola. Un hombre, quizá el que hablaba antes me mira antes de salir por la puerta.
Hay otra mujer en la habitación.
—Nunca imaginé que la forma de despertarte sería nombrándolo —la mujer me mira desde la silla frente a mí, no está atada. De hecho, acomoda su vestido lujoso con calma antes de hablar de nuevo—. Lo deduje, pero quería ponerte a prueba más tarde.
Mi respiración se acelera al verla. Está viva.
Un suspiro traicionero se me escapa al verla en perfectas condiciones, no puedo evitarlo.
—Ese niño te ama —continúa Elara, mirándome con media sonrisa—. No sé qué hiciste para merecerlo.
Parpadeo para alejar las lágrimas de alivio, me molestan.
—¿Él está bien?
—¿Estás atada a una silla y es lo primero que quieres saber? —pregunta mi madre con una risa sarcástica.
—¿Él está bien?
La pregunta no debería sonar tan desesperada. Pero no lo entiendo. ¿Por qué Elara está aquí en la mansión? ¿Quién le dijo que viniera? ¿Vino por mí? ¿Hartley sigue aquí?
¿Está vivo? Tiene que estarlo.
—No tengo idea de en dónde está ahora —murmura, levantándose para desatarme con una navaja. Me inunda una sensación de alivio cuando puedo mover de nuevo el cuerpo—. Lo que sí es seguro es que no durará mucho tiempo en la mansión, de una forma u otra.
—Tengo que bajar —digo apenas me libro de las sogas por completo—. Tengo que bajar, si sigue pensando que tiene que terminar con él…
—¿A dónde bajarás? ¿Al mar?
Contengo la respiración. No. No es verdad.
Miro a nuestro alrededor, y tiene razón. Esta no es una habitación de piedra. Es de cuatro paredes de madera.
No las que he visto durante dieciséis años. No estoy en mi barco.
Salgo de la habitación, corro por una cubierta que no es la mía. No puede ser. No puedo estar aquí.
—Diles que regresen al puerto —suelto cuando me alcanza, parece entretenida con mi nerviosismo—. Necesito volver al puerto, diles que regresen.
—Nadie irá a ninguna parte, Jaylynn. Además… —insiste, dándome un apretón en el hombro—, ninguna hija mía se vuelve tan débil de la noche a la mañana. Estás perdiendo el…
—¡Sólo quiero volver! —repito, mi corazón me lo exige. Se acelera con tanta fuerza que creo que podrá conmigo—. Sólo… sólo tengo que…
—No. No, por supuesto que no. No haremos lo que tú quieres en mi barco, ¿entiendes?
Me aferro a la borda cuando siento los latidos incluso en la cabeza. ¿Qué me pasó? ¿Esto es parte de algún sedante? ¿Por eso siento que estoy muriendo?
Hartley tiene que estar bien. No pudo haberlo encontrado primero, no pudo hacerlo. Él quiere destruir a su familia.
Retrocedo sin importar el mareo, doy varios pasos atrás.
—¿Qué? ¿Crees que quise envenenarte o algo así? —Elara se ríe, desconcertada—. ¿De verdad me crees capaz?
—¿Por qué me trajiste entonces? —replico antes de retener una arcada.
De repente, toda la tripulación que trabajaba en la cubierta parece dejar sus tareas. Pensaba que me miraban a mí, pero al girarme compruebo que no es así.
Lo que faltaba.
Elara me tiende una espada y corro por el barco gritando órdenes por puro instinto y costumbre. Lo raro es que nadie protesta. Todos hacen lo que digo.
Al girarme hacia el piso del timón lo descubro vacío. Subo corriendo las escaleras sin importar que mi visión apenas se haya comenzado a aclarar.
No puedo ver el barco que se acerca con claridad, pero está ahí. Me llamarían loca de no ser porque el resto también lo notó. Les debe ser habitual.
Tomo el timón con fuerza antes de girarlo hacia la derecha, inclinándome en el proceso. Las olas no están tan agitadas, a diferencia de las veces en las que nos hemos visto en situaciones parecidas en el barco.
Un cañón se queda en el agua por la lejanía al estallar. Planean atacar con fuego.
¿Sería posible…?
Trato de agudizar la vista lo posible antes de ver que tengo razón. Es mi barco. Es nuestro barco.
—No disparen —grito al bajar las escaleras y tomar uno de los nudos para cambiar el rumbo—. ¡No disparen!
—¡¿Qué estás haciendo?! —Elara me toma de los hombros, furiosa—. ¡¿Qué haces?!
—¡Es mi barco! —espeto, demasiado molesta como para hacer nada más.
Y no saben que estoy aquí.
Necesito acercarme.
Es lo que sucede ahora que cambio la marcha, pero alguien trata de alcanzarme mientras lo intento.
Corro hacia el timón de nuevo para acercarnos, justo cuando acabo de dar el nuevo giro siento que me rodean la cintura, haciéndome retroceder.
—¡No volverás con Nerván! —suelta, incrédula. Se vuelve hacia su tripulación—. ¡Cambien el rumbo!
—¡No! ¡Tengo que…!
Antes de ser consciente, suelto la espada que no he apartado de mi mano hasta el momento y tomo la pistola que ella tiene en el cinturón. Doy dos disparos al aire antes de alejarnos demasiado. Casi puedo ver la cubierta desde aquí.
Si Hartley estaba ahí, él tuvo que haberlo visto, tuvo que salir de la mansión con ellos. Él sabe qué significan dos disparos.
Cuando no hay ni un solo cambio de marcha me olvido de los significados. Sigo lanzando tiros al aire hasta que nos alejamos.