El deseo que pedimos al mar #2

16

Jaylynn

—Debiste mencionar cualquier cosa antes de pedirme que disparara —Elara se acerca a mí por la borda.

Hoy sí acepté el desayuno, pero apenas y pude tocarlo. Vamos a la isla Costa cristal para reunirnos con Nerván y eso es en todo lo que he podido pensar.

Además de lo mucho que me he debatido entre si pensar en Alizeh o no.

Hasta ahora, que no pude ignorarlo.

—No se me ocurrió —murmuro, sin apartar la vista de la espuma que choca contra el barco—. Tenía motivos.

Juego con el collar que sostiene una sola caracola, está dentro del bolsillo de mi abrigo. Ayer lo gané cuando apostamos en combate, eso parece ser lo que se hace aquí y no en tiro. Planeo dárselo a Leonie, quizá a alguno de sus hijos le agrade.

El silencio se prolonga hasta que escucho un suspiro.

—Y lo sé. Eres mi hija.

—¿Por qué de repente eso importa tanto? —digo, volviéndome hacia ella—. Antes no lo hacía.

—Antes no sabía de lo valioso que puede ser tener a tu sangre de tu lado.

Sus palabras carecen de crueldad, lo que me hace desconfiar todavía más de ella.

—Cuando le cuente al capitán todo el plan, no prometo que quiera ayudarnos —le cuento para desviar el tema—. No es seguro.

Asiente, pasando por mi lado. Va rumbo al piso del timón, lo que quiere decir que nos estamos acercando. Al menos no me preguntó por Alizeh. Nos entendemos.

Ajusto el abrigo marrón que llevo puesto hoy hasta las rodillas, aunque apenas soy consciente del frío por el nerviosismo. ¿Qué habrán hecho mientras me fui? ¿Quién quedó al frente?

—Te extrañaré cuando esto termine —Rosalie se acerca a mí y antes de que pueda hacer nada me envuelve en un abrazo que me cuesta devolver—. Pero siempre puedes regresar.

—Lo sé —algo incómoda, le doy unas palmaditas en el hombro antes de alejarme. Mi sonrisa no es tan grande como la suya, pero le ofrezco una de todos modos—. Es bueno saber que tengo familia, después de todo. Una que no planea acabar conmigo todo el tiempo.

—No creo que lo haya planeado nunca en primer lugar —replica, señalando hacia el piso del timón con la cabeza.

Analizo su expresión esperando la mentira, pero me sorprende ver que nunca llega. Tiene que serlo.

Creí que desembarcaríamos en la isla, pero cuando El canto del mar y la sirena está en mi visión como si se alejaran de justo ahí, los piratas de este barco se ponen en marcha para colocar varios tablones en nuestro lado de la borda. Cuando el otro barco se acerca lo suficiente, ellos los sostienen del mismo modo.

Nunca, jamás, en mis dieciséis años de comercio y saqueo con la tripulación había visto que se cruzara de un barco a otro de ese modo.

De repente, Elara se acerca a mí, me indica avanzar primero. No puedo evitar la desconfianza que me da esto, pero tampoco el resquicio de calma que me da saber que su gente me protege de este lado.

No me caeré.

Rosalie nos acompaña a ambas cuando cruzamos la tabla, directas a mi barco. Sólo cuando mis botas tocan la madera me siento en casa.

Es absurdo, pero familiarizo con la sensación quizá por primera vez en mi vida. Es única.

—Jaylynn —me saluda Nerván, el primero que se acerca hacia nosotras. Las tablas se retiran de donde provenimos y sólo cuando el barco vira el timón para alejarse el capitán continúa—. Desobedeciste tu propio plan.

Su voz es gélida, pero no evita que Rosalie se ría un poco de mí. Yo, en cambio, sé que acabo de firmar mi sentencia.

—Lo sé, y sé que cometí un error...

—Uno que pudo costarnos a todos —insiste el capitán, furioso—. Hiciste que mi tripulación se saliera de mi ruta de comercio, ¿qué piensas decir?

—Pudiste morir —añade Leonie, quien se acerca corriendo hasta nosotros—. Nadie más lo sabría, ¿cómo no pensaste en eso?

La preocupación en su voz me hace sentir culpable, pero regreso la mirada al capitán.

—Lo lamento —insisto, pero mi voz no cambia. Me niego a creer que cometí un error—. Pero ahora sabemos a quiénes nos enfrentamos, más que nunca puedo dar cuenta de eso.

Nerván no dice nada, sigue mirándome como si yo fuera el error y no lo hubiera cometido. En el fondo, sé que es porque se preocupó. Odia admitirlo tanto como yo.

Sin embargo, su mirada va hacia mi espalda y por eso descubre a Elara y Rosalie. Aunque las notó al verme en el otro barco, ahora parece caer en cuenta por completo.

Escruta a mi madre, como si no pudiera creer que venga en son de paz. Ella le enseña sus manos vacías, no tiene armas.

Pero eso no le genera más confianza.

Paseo la mirada entre los presentes durante el primer intercambio de palabras entre los capitanes, Dave y Camden son los más cercanos tras el capitán además del resto de la tripulación que está considerablemente lejos para darle algo de privacidad al encuentro.

Y cerca de Dave está alguien más.

Mi corazón no se contiene y comienza a latir con fuerza. Hartley camina hacia mí, está bien. No está herido, no está en ningún otro sitio más que aquí.

Conmigo.

Sin poder evitarlo, corro hacia él y él hacia mí. Ni siquiera sé cuándo decidí abrazarlo por la cintura, pero ya está hecho. Él me corresponde con la misma fuerza al rodearme los hombros, me estrecha contra él.

Cierro los ojos, siento el momento porque mi cabeza ha estado jugándome bromas crueles al pensar en todo lo que hubiera evitado verlo de nuevo.

El alivio es casi físico.

—¿Estás bien? —es lo primero que digo al levantar la mirada hacia él, que parece mirarme en busca de las mismas heridas invisibles que yo al verlo.

Asiente, y sin pensar llevo la mano con inseguridad hasta su mejilla, tiene un moretón reciente en ella.

—No es nada —insiste, sin apartar los ojos de mí. Unos que pronto se empañan, aunque el muchacho sonríe apenas.

La culpa me invade sin razón.

—Hartley, no debiste seguirme —suelto con frustración lo que me ha rondado los últimos días. Niego, ninguno se ha soltado—. No debiste ir, no debiste hacerlo. Nunca más me sigas si decido no decirle a nadie, ¿lo entiendes?




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