Hartley
Esquivo por poco la puñalada que iba directo a mis costillas, aunque sé que por nada del mundo la hubiera recibido de todos modos.
Ella se aparta el cabello negro de los ojos, incluso lo lleva atado para que no le estorbe durante el combate.
—Vas demasiado lento —murmura Jay con una risa mientras trato de decidir hacia dónde quiero golpearla con la daga—. Nadie tendrá más compasión que yo, así que céntrate.
La mayoría que entrena en la cubierta ya tiene la ropa sucia, arrugada, quizá incluso manchada de algo de sangre. Nosotros nos limitamos a intentar golpearnos, y que el arma quede a centímetros del otro significa que pudimos habernos golpeado.
No puedo negar que me gusta hacerle creer que va ganando.
—Al menos tienes piedad —replico, tomándola por sorpresa al derribarla. Sonrío sin poder evitarlo al verla sin aliento. Tiene los brazos aprisionados por mis rodillas contra la madera—. El único aspecto de mi vida en el que deseo que la tengas.
—¿Cuándo te volviste tan bueno con las palabras?
—Me gustaría que elogiaras del mismo modo la forma en que combato, sería excitante.
No sé en qué momento dejé de aprisionarla con fuerza, porque me sorprende un golpe medido de la empuñadura de su daga en el costado.
—Regla número uno: no dejes de pelear —dice, limpiándose el pantalón con aburrimiento al ponerse de pie. Me observa mientras hago lo mismo, agarrándome el costado.
—Sí, bueno… dudo que contra quien pelee tenga la misma capacidad de distraer que tú —murmuro, sin soltar la tela sobre el golpe, aunque es una exageración—. Ayúdame, estoy sangrando.
—¿Sabes qué haría el enemigo si le pides ayuda porque estás sangrando? —apenas puede contener la risa, así que aprovecho para intentar asestarle con mi daga en el hombro. Mala idea, porque lanza la mía por el aire sólo al tener contacto con la suya.
Eso no lo esperaba.
—Trampa —asiente con calma, pasando por mi lado para recoger mi arma—. Hiciste trampa.
Cuando deja la empuñadura en mi mano, todavía algo molesta, nuestros dedos se rozan. Suficiente para que decida que es un buen momento para tomarla de la cintura y atraerla a mí. No le molesta y es toda una sorpresa.
Ella me mira como si la estuviera desafiando, aunque mis intenciones no distan tanto de ello esta vez.
—No recuerdo haberte enseñado un movimiento como este que incluyera dagas —dice en voz baja, y descubrirla en conflicto cuando su mirada va hacia mis labios no hace maravillas con mi autocontrol.
Sus ojos me encuentran cuando la emoción me hace tensionar un poco la mano que la acerca a mí.
—Dejemos de… —empieza Jay, señalando la corta distancia entre ambos—. Sigamos con esto.
Y así, se prepara para recibir otro ataque por mi parte. No tengo muchas ganas de hacer eso después de los últimos minutos.
Sin embargo, todavía no me he ganado su confianza por completo de nuevo. Sé que el asunto se resolvería si sólo le contara la verdad sobre el año pasado, pero hay algo muy retorcido que me asegura quitar importancia a lo que hice si presumo al respecto. No es como si decirle que traicioné el barco por ella no fuera un pase directo a su confianza, pero prefiero quedarme con la duda.
Ya encontraré otra forma de convencerla.
—¿Qué pasa, violinista? —pregunta ella cuando fallo dos veces al intentar asestarle en el antebrazo—. ¿Te asusta perder?
¿Perderte a ti? Sí, demasiado.
—Puedo ver cómo tiemblas desde aquí —respondo en su lugar, provocándole una sonrisa cuando logra volar mi daga de nuevo.
Ya no tengo ánimos para esto. Ella entiende, así que ambos nos dirigimos hacia las habitaciones. Es demasiado temprano, pero por su temperamento en estos días he decidido no seguirle la contraria, entrenar y volver a dormir. Aunque, de nuevo, sé que no pagará su mal humor conmigo.
Es agradable saberlo.
—Te veré por la noche, ¿cierto? —murmura Jaylynn al pasar por mi lado rumbo a su puerta y la forma en que habla después me deja mareado—. Si es que todavía lo recuerdas.
Los sentidos que puedo darle a sus palabras son demasiados y el único que de verdad tiene parece irrelevante.
El amanecer ni siquiera ha comenzado, así que nos separamos cuando cada uno entra a su habitación por el pasillo.
…
Esta mañana haremos una parada en las costas de Valkrety, por lo que iremos hacia la capital, Ciudad Carta. He preguntado a Jay sobre ese lugar, sobre el origen del nombre. Mi pregunta se debe a dos razones.
Cuando solía estudiar, aprendía las cosas para exámenes sin importarme si realmente eran ciertas o debatibles, pero siempre quise saber por qué se llamaba así.
Ese lugar, según me contó la pirata más experimentada que conozco, se llama así por una carta de apuestas, gracias a una última jugada con un diamante en las cartas, se dice que los monarcas de Poregrath lograron añadir esa parte del reino al mapa. Lo cual me hace sentido, porque las historias de ese reino se relacionan demasiado con el azar y la magia.
Aunque no me esperaba en absoluto una historia como esa. En el fondo, esperaba que se tratase de una carta como las que se escriben, cartas quizá sobre tratados de paz.
Después de haber sufrido a manos de Jay durante el entrenamiento por la madrugada, despierto casi al mediodía para seguir con mis tareas nuevas. Entreno a la mayoría en el barco, aunque en especial a los más jóvenes, quizá entre quince y veinte años.
Es casi lo mismo que hacía en el barco de Dastan, pero el respeto que me tenían ahí no se compara con la miga de respeto que tengo aquí existiendo Jaylynn para llevarse el resto. Realmente casi se vuelve la capitana en mi ausencia, y es un hecho que en algún momento lo será.
Después de tender la cama, descubro la daga que no enfundé al llegar casi a oscuras luego del entrenamiento, está colocada junto a uno de los postes de la cama.
Cuando la tomo para guardarla en su funda, se atora con las costuras del cuero en la funda y cometo uno de mis errores durante los últimos días. Uso la fuerza como primera opción.