El deseo que pedimos al mar #2

19

Jaylynn

—No la mires —empiezo con desesperación, trato sin éxito llamar la atención del muchacho, pero está inmóvil.

Ni siquiera sé bien si me escucha. El imbécil que Camden trata de alejar de mí deja de tener tanta importancia comparado con esto. Ni siquiera escucho el ruido de la cubierta.

Me miro las manos en busca de sangre, y al ver que están limpias las llevo hasta acunar las mejillas de Hartley. Su respiración cambia, es más rápida.

—Está bien —insisto, mirándolo con impotencia—. Está bien, no…

Su respiración termina por dispararse y decido que lo mejor será alejarlo de esto. No escucho nada más que la forma horrible en que trata de respirar sin éxito.

El corazón me duele cuando por fin estamos solos.

Me cambio la ropa por una con cuello alto al limpiar la herida con un paño en mi habitación, no fue tan grave.

Pero él no piensa igual.

—Te lastimaste… —es lo primero que dice desde que entramos aquí, está sentado a la orilla de la cama tal y como se lo pedí.

Me giro desde el armario en el que metía la ropa usada, la imagen me rompe el corazón.

—No me lastimé —replico, acercándome a él para tomarle la mano. Pero no me mira. Mira un punto de la habitación—. Hartley, no me lastimé, ¿lo ves?

Reprimo un sollozo cuando él comienza a llorar, aunque trata de controlarse.

—No… —dice entre llantos, no lo he soltado ni un minuto. Su mirada por fin me encuentra—. No puedo… No puedo…

—Sí puedes —asiento, poniéndome de pie cuando noto qué le sucede. Lo tomo por la muñeca y por eso se para frente a mí, perdido—. Trata de exhalar despacio, confía en mí.

Él niega, y de nuevo trata de respirar bien sin conseguirlo. Me aferro a su cintura y él a mí igual que el día en que volví a verlo. Lo sostengo con fuerza sin importar el miedo.

Esto es por la sangre. Desde antes del altercado no le agradaba, pero ahora lo hace perderse por completo.

—Fue mi culpa… —lo escucho decir apenas y un sollozo le impide seguir con claridad.

—No —replico, obligándolo a mirarme cuando entiendo por fin—. No, claro que no. Estás aquí, Hartley. Estás conmigo. No estamos ahí, estamos en el barco…

Asiente, pero todavía no ha dejado de llorar. Le acaricio la mejilla, lo intento todo por mantenerlo aquí, y no es hasta un buen rato después de estar abrazados que se tranquiliza.

Puede que siempre recuerde este día como el que me dejó una pesadilla, pero vivir esta nueva no se compara. Tuve mucho miedo por él.

Tuve miedo porque no sabía qué hacer, porque no era cuestión de calmarme a mí misma, que suele ser más sencillo.

Me separo de su pecho y al levantar un poco la mirada me encuentro con la suya. Es vacía, al completo.

—No voy a resolver nada más allá afuera —digo con calma, llamando su atención. Sus ojos tristes se centran en mí—. Nos quedaremos aquí, ¿quieres eso?

No responde, pero su agarre se tensa en mi cintura.

—Está bien si quieres quedarte —sigo, apartándole unos mechones castaños de la frente con cuidado—. Haremos como que esto nunca pasó, porque eso quieres, ¿no?

Silencio. Esta vez asiente apenas con la cabeza. Asiento también, sintiendo un peso menos en el pecho.

Inhalo despacio, guiándonos a ambos hasta la orilla de la cama.

No lo soporto. Tengo que hacer algo.

—Dave no te contó qué me pasó hoy hace años, ¿o sí?

¿Qué tan desesperada por distraerlo tendría que estar para hablar sobre esto? Hacerlo es la respuesta.

No responde, y sé que está evaluando las consecuencias de las dos alternativas. No puedo evitar reírme, aunque sea para aliviar un poco la tensión.

—Está bien si te lo dijo, ya todos lo saben —murmuro, mirando nuestros nudillos entrelazados. Miro los postes de la cama, las cosas en mi tocador, cualquier cosa que me dé algo de valor en la voz que voy a impostar—. Un día como hoy traía puesto un vestido de novia.

No me vuelvo a ver su reacción, sólo esbozo una sonrisa triste. Ya no es por mí. Ni por asomo me tengo lástima a mí hoy.

—¿Te he contado cómo fue? —continúo, mirando mis botas bajo el ruedo de la falda—. No hablemos de él, creo que tampoco quieres eso. Pero yo… yo de verdad estaba enamorada.

Lo digo con irritación, sólo un poco. Es el rencor que me tengo por ello.

—Sí, ya lo sé. Jaylynn, suena muy raro. Pero sí, así fue. En realidad, él no me quería —pienso en ello, de verdad que sí—. Quería un trato con Nerván, por eso casi nos casamos. Pero fue… raro, ¿sabes? Incluso el día de la boda, era todo muy bueno para ser real y lo creí. Absolutamente todo.

Miro mis manos antes de suspirar.

—Pero sí, lo creía. En algún momento de mi vida creí en esas cosas. En todo eso de que tienes una familia, una propia… Ahora ya no es lo mismo, claro, pero tengo una familia aquí. Apenas descubrí que tengo a Rosalie, que después de todo a mi madre no le soy tan indiferente…

No digo nada, pero la caricia en mi nudillo me hace volverme hacia él. Sonrío al verlo.

—No sientas lástima —murmuro, regresando al punto—. Como sea, ese vestido era hermoso. En serio. A mí me gustan mucho los vestidos de encaje, y ese con el velo… Era simplemente hermoso —recuerdo con una media sonrisa antes de negar—. Yo, por otro lado, no era ni la mitad de lo que soy hoy. Sí, me gustaba disparar, pasaba en este barco los días, pero no era tan… No lo sé. Te aseguro que fue un alivio darme cuenta de que podía escapar de mi boda el mismo día, quizá tú hubieras hecho lo mismo de casarte con esa chica, ¿no?

Hartley se ríe, es apenas un sonido quedo. Pero está escuchándome.

Me alegra ver que no sufra. Porque lo quiero. Ya no está a discusión.

Por eso no puede doler menos la distancia. Quiero que se termine.

—¿Por qué me mentiste? —la pregunta me sale sin permiso al mirarlo, quizá incluso con un poco de rencor—. ¿Por qué lo hiciste, Hartley?

—Les mentí al principio porque no sabía qué hacer con mi vida —responde, mirándome también—. Quería hacerlo todo, en serio. Pero lo que pasó con Dastan… no lo sé. Sólo me ofreció trabajar con él.




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