El deseo que pedimos al mar #2

20

Jaylynn

—Leonie tiene razón —la voz de Hartley me llega algo consternada cuando le doy la espalda para recuperar el aire. Incluso me sostengo con discreción a la borda—. Tenemos que comenzar a pelear de verdad o no estaremos haciendo un solo cambio.

La luz de la luna ilumina la cubierta vacía a estas horas de la madrugada.

—Dijo que no se te da lo de los golpes letales —murmuro, girándome para mirarlo. Aunque la sombra de la intranquilidad no ha abandonado al completo su semblante en días, hoy estuvo con ánimos suficientes para entrenar—. Quizá sea bueno trabajar en eso.

Le lanzo un puñetazo que detiene con una mano, y aunque parece divertido conmigo sabe que no llegaría a golpearlo.

El sentimiento es mutuo.

—Sé cómo tirarlos —replica, esquivando otro golpe apenas—. El problema es cuando elijo dejarlos inconscientes.

—¿Por qué es un problema? Basta con que sí sepas, ya es cuestión de elegir.

Esta vez es quien me lanza un puñetazo a la clavícula, así que lo tomo por la muñeca para inmovilizarle el brazo tras la espalda.

—Para volver letales este tipo de golpes hace falta esta postura y…

—No me vas a demostrar conmigo, ¿verdad? —su voz apenas contiene la risa, pero sí está nervioso—. Preferiría la parte teórica.

—Sólo tienes que mantenerte así —sigo, riendo también. Aligero la presión en su brazo y llevo el otro sobre su hombro, cerrando el nudillo—. Si tuvieras una daga darías un puñetazo directo al corazón con esta mano.

El sonido de su risa me tranquiliza de una manera que no debería. Me alegra cuando es él mismo, sin dolor.

Mira sobre el hombro para encontrarse conmigo y compartimos el silencio.

—Deja de mirarme, tengo una daga en la mano —le recuerdo, moviendo el objeto invisible sin dejar de reírme.

Sin embargo, pronto suspiro, intentando alejarme. Pero me sorprende la rapidez con la que consigue invertir nuestras posiciones. Claro. No le estoy enseñando nada. Más bien, él me enseña otras formas de combate en el otro barco en que estuvo.

Su presión es algo más firme que la mía, y de alguna manera no me molesta porque no llega a lastimarme. Es como si me advirtiera.

—Tienes una daga contra el cuello —dice en voz baja al inclinarse hacia mí. Tiene mi brazo inmovilizado contra mi espalda—. ¿Qué harás, Rosewell?

—Y ahora un niño me está coqueteando —digo con una risa, apenas mirándole el perfil—. ¿Es lo que faltaba en tu lista de conquistas?

Siento su risa contra la espalda, un sonido al que me he acostumbrado.

—Soy un hombre, Rosewell. Se te olvida a tu conveniencia.

Retira el nudillo cerca de mi cuello despacio, así que técnicamente no tengo un arma contra él. Nunca la tuve, pero es parte de nuestro combate creer que sí.

Su mano sólo cambia de sitio. Me aprisiona la cintura por el frente, pegándome a él.

—¿Me enterraste la daga? —pregunto sobre el hombro, sin entender del todo cómo se relaciona esto con la simulación.

—Cada vez que ocultas tu brillante inteligencia como ahora tú me entierras una —replica en voz baja, inclinándose hacia mí cuando nuestros ojos se encuentran.

No puedo con ese descaro que me fascina.

—¡Jaylynn!

Rosalie llega corriendo desde el camarote principal y casi se tropieza antes de pararse ante nosotros. Reprimo el impulso de llevarme una mano al pecho por el sobresalto, pero no fue un grito de pánico. Está entusiasmada.

—Estaban en medio de algo —murmura, ocultando la sonrisa ahora que está aquí—. Sí, ¿verdad?

—¿Qué haces despierta a esta hora? —Hartley arrastra las palabras, como si fuera una ofensa preguntar—. ¿No tienes sueño?

—Tenía que darle esto a Jay —replica ella, tendiéndome una hoja desgastada. Tiene un dibujo en la parte de adelante—. Es lo que se subastará en Krelkrith, y si no es de precisión culpa a mamá.

Tomo la hoja, y así descubro un collar de perlas casi idéntico al que tengo en mi habitación.

—Se parece mucho al mío —digo sin poder evitarlo.

—Sí, se parece mucho —asiente Hartley, pero por su tono me vuelvo a girarlo. Sonríe—. Puedes proponer mejores ofertas por el tuyo antes que ese, así caerán más rápido. Tenemos ventaja y sabemos usarla.

Rosalie sonríe, incrédula.

—Sabemos pensar —murmuro en catalán, algo sorprendida antes de volver a nuestro idioma—. ¿Desde cuándo sabes atar cabos tan rápido?

—Aprendí de los mejores.

Asiento, volteando el papel. Está desgastado. Entonces, eso quiere decir que no es reciente. ¿Cómo pueden predecir lo que se subastará?

—Hiciste mal el recorrido —me cuenta Rosalie, señalando la escritura en catalán, clara obra de Elara—. La buscaste en la mansión, pero ella estaba en Krelkrith. Era quien te seguía el paso en realidad. Como sea, quiero estar ahí cuando lleguemos a la subasta. No puedo esperar a ver todo ese dinero junto.

No digo nada, aunque de algún modo lo pensaba. Rosalie se aleja hacia su habitación con el papel cuando se lo devuelvo, demasiado confundida para responder más.

—Ella nos esperaba a ambas —digo en voz baja cuando de nuevo estamos solos—. A Rosalie y a mí. Y a Ezlynn, supongo.

—¿Ezlynn? —repite, desconcertado. De repente parece recordar algo. Asiente, divertido—. Porque ella es tu hermana, ¿no? ¿Cómo estuvo aquí todo este tiempo sin que supiéramos?

—Porque quizá no lo sea —murmuro, aferrándome a la borda para mirar las olas—. Sé que no lo es, de alguna manera.

—Pero tiene tu apellido.

—Existen personas con el mismo apellido que no son familia. De verdad pensé que era ella, pero Elara ni siquiera reaccionó cuando la apunté con una espada.

—La conoces bien —Hartley me coloca ambas manos en los hombros, traza círculos con el pulgar con calma sobre la tela de mi blusa—. No haría un espectáculo incluso si se tratara de ti.

—Vaya, gracias —repito, volteando a verlo con media sonrisa sarcástica—. No sabía que no le importaba en nada, ahora lo recuerdo.




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