El deseo que pedimos al mar #2

22

Jaylynn

Para cuando entramos a la tienda de telas, estoy más que agotada. Pero es ese agotamiento parecido a la resaca.

Quiero seguir con esto, estamos cada vez más cerca.

No podría decir lo mismo de Hartley, que observa con expresión contrariada el lugar con una mano en el hombro, recuperando el aire. No le pedí seguirme, pero aquí estamos ambos. Me rio cuando nuestras miradas se cruzan, pero se limita a mirarme como si lo hubiera golpeado.

—Buenas tardes —nos saluda la chica alegre tras el mostrador lleno de cajones a su espalda—. ¿En qué puedo ayudarlos?

—¿Tendrán sogas, de casualidad? —empieza Hartley, adelantándose—. O unas esposas, da lo mismo…

—Qué gracioso eres, cariño mío. No. Eh, buenas tardes —comienzo de nuevo, acercándome al mostrador. Este lugar es de primera calidad, y eso puedo asegurarlo—. ¿Se encuentra Dina? Es imperioso hablar con ella, soy Jaylynn Rosewell, proveedora temporal de seda.

—Oh, claro —la rubia se acomoda las gafas antes de sonreír. Abre con una llave la salida tras la vitrina y se dispone a subir las escaleras.

Este lugar es hermoso. Lleno de tubos de tela, botones en la vitrina, está lleno de detalle. No hubiera invertido en menos mi dinero.

—¿Proveedora? —repite Hartley después de un rato solos. Está igual que yo, estudiando el lugar—. Eres toda una mujer de negocios, ¿no?

—¿Ves el ornamentado? —digo, señalándolo apenas con la cabeza. Los trazos en plata se ven en todas las columnas del lugar—. Yo pagué por él, por eso conocen tanto este sitio. Se ve incluso por fuera.

—En mi casa teníamos uno parecido —murmura, parándose a mi lado—. No me gustaba tanto.

—Vaya, muchas gracias.

—En mi casa no se veía bien, pero aquí sí lo hace —replica, divertido. Suspira después de un rato—. Deberías contarle al resto.

—¿Contar qué?

—Que querías ser diseñadora. ¿O crees que no estás siendo obvia?

La sonrisa es difícil de ocultar mientras observo todas las telas a mi alcance, demasiado distintas de otras como para confundirse por los colores. En colores pálidos, a causa de la cultura en este lugar.

—El otro sitio en Poregrath hace vestidos —admito, mirando una tela plateada—. Hay como dos en el escaparate que yo dibujé.

—¿No te gustaría trabajar en esto? Como tu trabajo en general, es decir.

Entreabro los labios para responder, pero agradezco que la chica rubia regrese con nosotros. No quería hablar de eso.

—La señorita Dina no se encuentra en estos instantes, me comunica su esposo —dice, mirándonos con algo de culpa—. Ni siquiera noté cuando salió.

—No te preocupes por eso, pero ¿sabes de casualidad si ha estado recibiendo pedidos de pedrería además de los míos?

Lo piensa un poco antes de volver al mostrador y señalar unas cajas abiertas en la vitrina. Varios broches y botones con pedrería.

—¿Quién trajo el pedido? —murmura Hartley, observando de más un botón que tiene aspecto de diamante.

—Fue hoy por la mañana, Costa coral —responde ella, atenta a nuestra pregunta—. Es algo nuevo operando, pero el barco es de una amiga de la señorita. Así como ustedes dos.

Sí, yo no tengo amigos en los negocios, pero no tengo ganas de decirle eso. Una amiga. Tiene sentido.

—¿Cómo se llama la dueña?

—Zyra Fenton. Es bastante simpática, deberían intentar hacer negocios las tres.

—Ni soñando, pero gracias —no digo nada más antes de dirigirme a la puerta. Escucho las disculpas de Hartley antes de que se apresure a seguirme.

Así que he estado invirtiendo mi dinero en el mismo sitio que ella. Qué humillante.

Debo pensar. Ella trae estos cargamentos, Costa coral estaba en la hoja de desembarques regulares que revisó Hartley. Si el pedido llegó hoy, ellos están aquí.

—Deberíamos volver —lo escucho decir a mi espalda, algo intranquilo—. Irán a la subasta.

—No irán a la subasta —miento, porque en realidad lo que no quiero es encontrarme con ellos—. Las direcciones…

—Quizá lo hagan. Nadie te impide empacar mal un cargamento, ¿no lo crees? Es ese tipo de persona.

—No puedo creer que estuvo aquí. Es una…

No. No, yo no hago estas cosas. Me trago los insultos mientras comenzamos a andar de regreso a la cantina en que se quedaron los demás. Cuando encuentre a esa chica la haré pagar.

—Además, sin importar lo que hayan dicho —continúa, siguiéndome el paso—, recuerda que sus padres invertían en la torre de joyería sin que yo supiera.

—¿Eso cuándo lo descubriste? —me detengo de golpe.

—Dexter nos vio a ambos en la bodega, no tendría acceso a ese lugar sin importar las líneas de seguridad que hubiera enviado para despejar el paso—murmura, y al pensar en ello descubro algo de pesar en su voz—. Estoy casi seguro de que tenía negocios con mi padre, ¿por qué más querría encontrarme?

Eso no lo había pensado. Pero si tuvo negocios con su padre, quiere decir que la posibilidad anterior de que él estuviera involucrado se abre de nuevo. Claro que están involucrados si hicieron tratos con Dexter.

—Entonces será mejor que pensemos en una distracción, porque volveremos a la bodega a investigar —digo con molestia, subiendo los escalones hasta el local. El resto está dentro en una de las mesas.

Sin embargo, él me detiene a un lado de la puerta antes de hablar en voz baja.

—En algún sitio leí que la mejor forma de que te escuchen es hacer todo el ruido posible, y eso pasará si nos adelantamos. Deberíamos medir la situación, medirlos a ellos. Tenemos todo lo que queríamos saber, sólo es cuestión de elegir el momento correcto.

Y el momento correcto no sería en la subasta de mañana. Porque si actuáramos para entonces y en serio tienen un plan, podría desatarse otra masacre como la del año pasado. Eso es lo que trata de decirme.

Pero los grandes planes tienen consecuencias.

Sin importar cuántas veces lo piense, no tiene sentido por ningún lado que haya estado haciendo negocios en el mismo lugar que un Fenton.




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