El deseo que pedimos al mar #2

23

Hartley

Tomo el libro en la mesa a un lado de la cama, harto de dar vueltas en ella. Me hice a la idea de no poder dormir desde hace unas horas, pero es imposible pelear contra el cansancio y tratar de despertar con miedo a lo que sea que sueñe estando en este lugar.

Me prometí no regresar, pero aquí estamos, de nuevo bajo este techo.

La oscuridad era asfixiante incluso antes de leer, así que sólo tengo la cortina de tela fina sobre la ventana. La luz de la calle apenas llega, es tarde.

Pero debería reconocer mi buen trabajo al controlar mejor esas ideas cuando se me atraviesan en la cabeza. No tengo miedo a algo que no puedo ver, al menos no tanto como antes.

Escapo de mis recuerdos leyendo, al menos unas tres páginas antes de que toquen a la puerta.

—¿Estás despierto?

Jaylynn. Cuando respondo tarda unos instantes en abrir la puerta, es cuando bajo el libro. Está vestida con un camisón sin mangas bajo la bata de seda. Sólo se lo había visto una vez.

Pero no es lo que llama mi atención. Se ve nerviosa.

—Pensé que quizá no podrías dormir —dice cerca de un poste de la cama, pero observa un punto de la alfombra—. Después de todo, nadie podría estar tranquilo después de… de lo que pasó.

No respondo, pero dejo el libro a un costado en el colchón. Aparto las sábanas con una clara intención, pero a ella le tarda bastante entender. O quizá aceptar.

No importa demasiado, porque se adelanta hacia mí de todos modos. Se desata el nudo en la bata antes de dejarla en el piso, cerca de nuestros zapatos. Dentro de poco está recostada con la cabeza en mi regazo mientras sigo leyendo. Necesito distraer la cabeza si no quiero perderla.

—¿Qué estás leyendo? —pregunta, casi arrastrando las palabras.

—No estabas despierta —cuestiono, pero de todos modos le acaricio el cabello con la mano libre.

Se queda en silencio antes de apoyar una mano en la tela de mi pantalón, aguantando un bostezo. Es muy mala fingiendo cuando se trata de mí.

—Supongo que no.

—Entonces, ¿qué haces aquí? —mi tono es suave, así que adivino lo mucho que le cuesta mantenerse en calma. Es difícil entender a Jay, pero aprender algunas cosas no cuesta nada. No le gusta que le cuestionen.

—Yo solo… —empieza con cautela antes de suspirar—. Yo solo me preocupaba por ti.

Admitir las cosas es el primer paso. Pero con ella es difícil saberlo. Y sabe qué es lo que me preocupa, sospecho que quizá incluso mejor que yo.

Dejo el libro a un lado en la mesa de madera antes de levantarme a apagar la vela cerca de la ventana.

Cuando apoyo la cabeza en un codo para mirarla de costado una vez en la cama, parece culpable.

—Estoy haciendo las cosas mal, ¿no? —murmura Jay, observando la almohada en lugar de a mí.

Cuando por fin decide mirarme, le aparto el cabello negro tras la oreja con delicadeza. A la luz de la luna puedo verla con tanta claridad que no me cabe duda alguna de que exista otra belleza como esta. Las tenues pecas por su nariz, el brillo en su mirada incluso cuando está preocupada…

—Tus ojos me fascinan —confieso, jugando con otro mechón de su cabello—. Tienen el color de los diamantes, pero a quien pertenecen vale más que miles de diamantes. Es… preciosa, fascinante. No querría estar con nadie más.

Jay lleva su nudillo a mi mejilla para acariciarla, la visión que tengo de ella tan concentrada en mis rasgos es casi hipnótica.

—A mí también me gustan tus ojos —su sonrisa es apenas visible—. Cafés y preciosos. Me gustan mucho, y… y tú también.

Me cuesta respirar cuando me acaricia con más ternura de ser posible. Nadie sabría que esta es la misma pirata que conocí hace tiempo.

—Cuando dijiste lo de Kairo… —murmura con cuidado, pero en absoluto debería tenerlo—. ¿Fue de verdad?

—¿Qué dije?

Se sienta en la cama igual que yo después de unos segundos, tiene tanto miedo de esto que es extraño.

—Cuando dijiste que tenía… que tenía malicia —sigue, estudiando mi expresión. No hay una sola nota de vacilación en su voz, pero si no la conociera tan bien no sabría que en el fondo le duele—. ¿Tú… de verdad piensas eso de mí?

—Hablaba de él, acabas de decirlo —replico, acariciando su cintura apenas mis manos la tocan. No se aparta.

—No. Dijiste que pensabas que entre nosotros era posible por eso. Sé leer entre líneas.

Me quedo en silencio, sintiéndome culpable.

—No era a lo que me refería, sólo…

—Yo… —murmura, bajando la vista a las sábanas—. Sé que no soy una buena persona.

No, no. ¿De qué habla?

—No. No, no era…

—Lo era —el temblor en su voz sigue ahí, y sé cuánto le molesta cuando su atención es toda para mí de nuevo—. No soy buena persona, Hartley. Jamás me he dispuesto a fingir lo contrario. Pero lo seré contigo. Es lo que quiero.

Sus palabras me sorprenden, y no porque no lo supiera ya. Sólo que, saber que me ama, y de una forma sincera no era precisamente algo que esperara. Pero de algún modo ya lo sabía. Ambas cosas.

—No querría estar con nadie más —sigue, y el anhelo en su voz es reconfortante—. No quiero, ni en esta vida ni en miles más, sólo quiero estar contigo. Con… Con mi violinista. Pero sé que está mal. Porque tú…

—Jaylynn —empiezo, atrayéndola hacia mí. Ni siquiera tengo el valor para hablar sobre esto—, ¿tú crees que podrías llegar a quererme? ¿Aunque sea un poco?

Lleva ambas manos hacia mi pecho, puedo sentirlas incluso sobre la tela. Quiero escucharlo. Moriré de lo contrario. Bajo la mirada hacia ella, sólo entonces me deja un suave beso en los labios.

Se aparta, pero no deja de tocarme. Apenas puedo creerlo.

—Te amo, Hartley. Y te quiero con todo mi corazón, como nunca he querido a nadie. ¿Crees que eso cambiaría de la noche a la mañana?

Sus manos suben hasta el cuello de mi camisa, llevándome con ella despacio cuando se recuesta de nuevo. La atraigo hacia mí con un brazo y ella me rodea el pecho.




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