Jaylynn
Todavía siento en las manos el vidrio cuando me doy cuenta de que lo estrellé contra la mesa.
Me quedo contemplando el desastre unos segundos antes de volverme hacia Hartley.
Lo lastimé.
No, no, no.
—Quise decir que no necesitaba tu ayuda —explico rápido cuando noto el dolor en sus ojos—. Era sólo eso.
Niega, dando un paso atrás.
—No me necesitas —repite en voz baja.
—Sabes que no quise decir eso, Hartley…
El corazón se me rompe un poco cuando se da la vuelta. ¿Qué estoy haciendo?
—No te vayas. No me hagas salir así —digo cuando por fin se detiene. Ni siquiera yo reconozco mi propia voz.
¿Cómo pude decirle eso? ¿Por qué le dije una mentira tan grande?
Niego, acercándome a él para verlo cara a cara.
—Perdóname —murmuro al sostenerle la mirada con nerviosismo—. No quise decirlo así.
—Es justo lo que dije hace un momento y tú no me creíste.
—Era diferente, lo prometo.
Se queda en silencio, uno que no me veo capaz de soportar.
Sólo vuelvo a respirar con normalidad cuando se acerca a abrazarme. Me dejo envolver por él cuando se inclina hacia mí, aunque todavía no siento del todo la calma.
—¿Me perdonas? —repito en voz baja.
Asiente contra mi hombro después de un momento y por fin llega la paz.
—Perdóname también por lo de antes —dice, sin separarse de mí—. Jamás diría eso sobre ti.
—Ya lo sé. Ya lo sé, lo sé.
Y sé que no voy a decirle eso otra vez.
…
Incluso durante el desayuno en el salón principal, no logro librarme de la sensación de que estoy haciendo algo malo. Tenía demasiado tiempo sin pedir perdón a nadie, en especial por algo nada insignificante. ¿Será eso por lo que todavía siento algo raro?
—¡Jay!
Me vuelvo hacia Rosalie, que me observa con una sonrisa que se desvanece en cuanto intercambiamos miradas.
Me pregunta algo sobre el cargamento a revisar y contesto sin más, algo confundida.
Todos estamos aquí, pero Hartley y yo fuimos los últimos en bajar. Él todavía no llega. Cuando me fui de su habitación prometió bajar cuando yo tocara a su puerta, pero no tuve el valor de hacerlo hasta un buen rato después.
Me siento culpable.
—¿Qué te pasa? —Leonie llama mi atención, frente a mí en la mesa redonda—. ¿Estás bien?
Creo que no me había sentido peor en meses.
—No me pasa nada —replico, moviendo con una cuchara el café.
—Fue una suerte que supieran qué hacer hace rato —Ruel habla en voz alta esta vez, llamando la atención de toda la mesa—. No tuve idea de qué pasaba, ni siquiera los vi venir.
Leonie se queda mirándome un rato más sin estar convencida cuando no respondo nada, y por eso sé que no me libraré de esto ni siquiera porque el resto discuta lo que sucedió.
Tampoco puedo mentir.
—Ahí estás —saluda Dave a Hartley cuando al fin llega hacia nosotros.
La mirada que intercambia conmigo es rápida antes de que ocupe la silla vacía a mi lado. Tampoco se me escapa la forma en que saca la silla de su sitio, es la misma en que lo hago yo, con la punta de la bota.
En otro momento bromearía al respecto, pero ahora sentados al lado del otro me provoca una rara sensación de vacío en el pecho.
El resto sigue comiendo como si nada hasta pasados unos minutos, entonces el silencio se reanuda.
Hartley ni siquiera me saludó. Tampoco es que lo esperara, pero no por eso molesta menos.
No digo nada, trato de no pensar en eso. Pero ¿cómo no hacerlo?
—¿Qué les pasa a ambos? —Rosalie corta el silencio, mirándonos a uno y otro.
—No pasa nada —contestamos a la vez, quizá demasiado rápido.
Observo el perfil de Hartley cuando se centra de nuevo en la taza que tiene en las manos, igual que yo. No sé qué hacer.
Pero tampoco decimos nada. Se siente extraño.
—De todos modos, no tengo mucha hambre —murmura Hartley, a punto de ponerse en pie. Sin embargo, en el intento de decirle que detenga esto se me caen unas gotas de café en la mano.
Tal vez demasiado calientes.
—¿Estás bien? —Hartley se vuelve hacia mí al escuchar cómo reprimí el respingo, observa mi mano después de tomarla entre las suyas.
No. Claro que no estoy bien y es molesto, denigrante, y todo lo que tenga que ver con él lo es.
—Estoy bien —asiento, tratando de restarle importancia cuando me limpio con la servilleta. Todavía siento que me observa.
Nadie dice nada de nuevo.
—Ah, ya sé qué les pasa —Rosalie se cruza de brazos con media sonrisa y la mirada que intercambia con Ruel no me pasa desapercibida. Aunque él no se ve tan bromista como siempre. Ella asiente, divertida—. Claro que lo sé. Ruel dice que estaban juntos, ¿no?
—No es un secreto —replica Dave, moviendo su ensalada sin muchas ganas.
—En la misma habitación —lo corrige Rosalie, llamando la atención de todos—. ¡Ambos se sonrojaron! —se ríe, tratando que el resto haga lo mismo. Nadie lo hace. Termina por callarse, algo cabizbaja cuando Ruel se aclara la voz. Al menos alguien entendió el mensaje.
—Deberíamos ir a ver lo del cargamento para esta noche, así prepararemos pronto las ofertas —Dave se pone de pie, haciéndole una seña a Hartley y Rosalie—. Vamos, ustedes me ayudarán. Después de todo fue tu trabajo, ¿no?
—Así es —asiente Rosalie, emocionada ante la perspectiva de ver joyas. Aunque tanto ella como Dave me dedican una mirada de disculpa.
Podría adivinar quién ni siquiera se vuelve una última vez.
Los tres van hacia la puerta del salón para salir y sólo entonces Leonie los sigue, quizá demasiado asustada de dejarle algo tan importante que hacer a Dave. También me inquietaba un poco.
—Pasó algo cuando los dejé solos, ¿verdad? —Ruel rompe el silencio después de un rato.
—¿Por qué le contaste a Rosalie? —replico, quizá más molesta de lo que eso me hace sentir.
—Es… otra historia. Casi me meto en problemas.