El deseo que pedimos al mar #2

25

Jaylynn

Cierro a mi espalda la puerta de la habitación de Ruel cuando el doctor sale, hago lo mismo. Dijo que debería descansar después de que le sacaran la bala, incluso se quedó dormido con el medicamento. Tampoco quiero saber qué era, lo que bebió no se veía precisamente apetecible.

Camino por el pasillo hasta la penúltima puerta, en la habitación de Leonie y Dave. Se supone que ahí está el resto.

Cuando cierro esta puerta reprimo el impulso de salir otra vez. Nerván está aquí, Camden, Achard y Ashton. Incluso Elara, Rosalie y… y Hartley.

—¿Cómo está? —Rosalie es la primera en hablar cuando ve que no tengo intención de avanzar más. Me mira con preocupación—. ¿Va a estar bien?

Asiento sin mirarla, todavía incapaz de hablar.

—¿Es en serio lo que le contó a Dave? —la voz del capitán corta el silencio, es letal—. ¿Olvidaste tus armas?

—Técnicamente eso fue cosa de ambos —interviene Dave, tratando de calmar las aguas. Sólo se gana una mirada que lo hace callarse.

—Aunque otro no lleve el cinturón, tú siempre debes tener armas a la mano, en especial cuando te alejas sin decirnos —espeta Nerván, sin quitarme la mirada de encima. Yo se la sostengo, aunque quizá la valentía no está del todo conmigo—. La última vez estuviste a punto de no regresar, ¿y si Elara no te encontraba?

—Fue mi culpa —asiento, aceptando los reproches—. Ruel… Ruel me cubrió cuando quisieron dispararme.

—¿Al menos descubriste algo útil? —Leonie suspira, mirándome junto a Dave—. ¿O sólo estuvieron a punto de morir a lo tonto?

—Alizeh trabaja con Leith, es lo que descubrí.

Silencio total. Nerván sale de la habitación junto con Elara, esta me dedica una mirada algo inquieta al pasar por mi lado. No lo entiendo. Esto es importante.

—Fue útil —repito, mirando a quienes se quedaron—. Les prometo que jamás habríamos adivinado lo que hacen.

—¡¿Eso de qué habría servido si te morías?!

Es mi momento de callar. Hartley está apoyado en un poste de la cama, y hasta entonces no había intervenido en absoluto. El resto también guarda silencio cuando se acerca a mí.

—¿En qué hubiera ayudado? —repite, la voz le tiembla por la preocupación—. ¿Lo sabes?

—Si me disparaban moría y es todo —respondo con voz queda, sosteniéndole la mirada con enfado—. Es como funciona…

—No. No funciona así. No funciona así para mí, y lo prometiste.

Bajo la vista cuando veo cómo su mirada se empaña por lo que dijo, aunque quizá también para ocultar las lágrimas que se me resbalaron sin aviso.

El resto murmura en voz baja cuando me limpio la nariz con el nudillo, pero no es nada comparado con el silencio que se forma cuando se me escapa un sollozo.

¿Qué estoy haciendo?

Dave es el primero en tomar a Leonie de la mano para que salgan de la habitación después de mirarnos con calma, y así poco a poco todos salen. Nos quedamos solos. No sé qué es peor.

—¿Cómo dejaste que pasara? —Hartley habla con la voz rota, molesto—. ¿Cómo se te olvidó el maldito cinturón? ¡Lo tienes puesto todo el tiempo!

—Me lo quité anoche —replico con la voz temblando—. Me lo quité antes de ir a tu habitación, lo olvidé al bajar y…

—¿Y si Ruel no te hubiera cubierto? ¿Y si eras tú a quien disparaban?

—Te lo dije antes…

—¡No! ¡Deja de decir estupideces!

Cuando me toma por los brazos no me queda de otra más que mirarlo, ambos temblando.

—¡¿Qué hubiera hecho?! —grita, negando con desesperación—. ¡¿Qué hubiera pasado?! ¡No lo quiero ni pensar!

—Sabes que así son las cosas, Hartley… —la voz me sale entrecortada por el llanto, y verlo así sólo empeora las cosas—. Esta es mi vida, lo sabías…

—¡Pues no quiero! ¡No quiero!

Un sollozo se me escapa cuando niega, enfadado. Aunque eso viene de otro sitio. El que más me molesta, viene de la culpa.

—No quiero que te vayas sin mí —sigue, sosteniéndome la mirada—. No me evites así. Incluso cuando tengamos problemas, como hoy, sabes que te sigo de todas formas. Sabes que estoy ahí para ti, no sé qué más hacer, cómo decirlo…

—No quiero que te pase nada, no es que no confíe en ti…

—¡Entonces piensa en mi lugar! ¡Siento lo mismo, Jaylynn!

Me aferro a él cuando me envuelve entre sus brazos, culpable.

—No sé cómo pude olvidarlo —digo contra su hombro, apenas respirando—. ¿Cómo pude olvidarme del cinturón?

—Ya no pienses en eso —replica con voz firme, aunque las caricias que deja en mi cabello todavía son nerviosas—. Ni siquiera quiero saber cómo sucedió, no quiero saber nada.

Asiento, pero caigo en cuenta de cuánta lealtad me tiene Ruel. Es mi amigo. Ese disparo era para mí, me habría dado en el pecho de no ser por él. Ahora lo entiendo. Las cosas no pueden seguir así.

Fue un desastre, y no sé si en el que me metí con Hartley es peor.

Esa noche la pasamos juntos de nuevo, aunque esta vez en mi habitación. No protestó en absoluto cuando se lo pedí y mucho menos cuando ambos estábamos más que cansados.

Dormir con él es la única forma que conozco de relajarme por completo, la única manera en que me siento del todo tranquila.

Está dormido, pero no por eso deja de sostenerme contra él. Le importo. Le importo demasiado, apenas y puede creerse.

Miro sobre su hombro hacia el tocador y descubro ahí mi collar con el anillo. Y a un lado está el cinturón. Por supuesto que lo dejé ahí, pensé que me lo había cerrado cuando dejé el collar.

Jamás me había pasado nada parecido. ¿En dónde tenía la cabeza?

Hartley llama mi atención al acomodarse mejor sobre la almohada, ni siquiera se molesta en despertarse.

—¿Estás despierta? —pregunta en voz baja, y cualquiera pensaría que habla entre sueños.

—¿Y tú? —murmuro, pegándome más a él de ser posible.

—Te amo —susurra con los ojos cerrados, pero traza círculos en mi espalda con el pulgar.

Analizo su expresión, pero no dice nada más antes de inclinarse hacia mí, dejándome un beso suave en la frente. Apoyo la cabeza en su pecho, cerrando los ojos sin poder evitar la tranquilidad inminente. Es un verdadero problema.




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