El deseo que pedimos al mar #2

28

Hartley

Cuando el barco llega a tierra firme, apenas y puedo mantener en secreto lo que hago. Nunca tuve problema antes con eso mismo, pero ahora es diferente.

Las cosas que ocultaba antes de subirme a un barco eran respecto a mí, nada más.

Ahora no es exactamente lo mismo.

Sólo una parte de la tripulación me acompaña, pero no es nadie con quien suela estar a menudo. La única a la que conozco es Ezlynn, pero desde que llegué de vuelta no hemos hablado en absoluto. Tendrá sus razones, como que hemos evitado hablar sobre que ambos trabajábamos para Dastan. Supongo que desistió de esos planes, porque ahora es más leal que nunca a la tripulación. No tengo idea de cómo lo sé.

Es extraño viajar solo. Ya me estaba acostumbrando bastante a tener con quien hablar por el camino, y mucho más lo es volver a Valkrety.

Jay cree que estoy en Zeltrev. No podría haberle contado otra cosa, de todos modos.

Todos llevamos capas oscuras por el frío, pero no uso la capucha. Seré quien se encargue de esto, que no será un secreto al menos para quien incluya. Pronto llegamos al lugar de la dirección, y soy el único que toca al timbre. Los demás se dispersan por la calle.

La persona que me abre me reconoce al instante, a juzgar por la mirada de la chica.

—Sherwood —murmura Linz, la joven al servicio de esta familia. No abre del todo la puerta, confundida—. ¿A qué viene usted?

—Pensé pasar por aquí ya que estaba en un viaje de negocios.

—¿Viene por la señorita?

Me quedo en silencio unos instantes, hasta que asiento.

—Sí, vine por ella.

—Adelante. Su madre está de viaje, no me pregunte en dónde —Linz me tiende la puerta, y sólo una vez que la sigo por el pasillo entiendo del todo lo que estoy haciendo.

Cuando me quedo solo en el recibidor, miro los cuadros, las paredes ornamentadas en dorado, cada alfombra en el piso.

Estoy en este lugar otra vez. Estoy en la casa de los Fenton por mi voluntad, nadie más me dijo que viniera. Pero estoy aquí.

Para ver a mi prometida.

—Puede subir —murmura Linz, bajando las escaleras—. Ella está al tanto. Les llevaré algo de beber en un momento.

—No, no te molestes… no creo tardar demasiado.

Ella asiente, pero va hacia la cocina de todos modos. Linz. Claro que me acuerdo de ti, estar aquí sólo me recuerda la cantidad de veces que fui un imbécil desde que me comprometí con Zyra.

Subo las escaleras, y recorro el pasillo hasta esa habitación casi al fondo. La recuerdo perfectamente.

Toco aunque la puerta esté entreabierta, pero no dudé.

Ella está ahí dentro, arreglándose frente al espejo. No sé qué decir de mí, porque recuerdo la primera vez que nos vimos gracias a esa imagen.

Garner y yo éramos demasiado amigos. Él no tocaba ningún instrumento, al menos no como una obligación. Cuando nos conocimos a los diecisiete asistió a uno de mis conciertos con su familia, la misma noche del día en que me enteré de los planes de ambas familias. Esa tarde me dijeron que Zyra era la indicada para que yo la desposara.

No estaba seguro de qué significaría eso para mí, pero no protesté. Nunca protestaba si era por mis padres, no era lo correcto. Así que, supuse que, si no sentía nada por ella, no pasaría nada si nos casáramos, igualmente podríamos habernos separado en algún momento como si nunca hubiera pasado nada.

Garner y yo nos hicimos amigos durante las reuniones. Él, Leith y yo éramos de las personas más unidas que conocía, porque nunca era bien visto que nadie de la academia tuviera distracciones. Pero no supuso un problema. Seguía tocando el violín igual de bien que siempre, así que mis padres estaban de acuerdo con que saliera con ellos de vez en cuando.

Recuerdo que ni siquiera presté tanta atención a Zyra cuando la conocí en ese concierto. Ella era guapa, pero nunca tuve la necesidad de decírselo.

Me divertía con ella y ella se divertía conmigo. Pero de una manera extraña ambos nos resignamos a que nos casaríamos sin amor. Yo no creía en eso. Ni siquiera me importaba, siempre era ella la que lo recalcaba. Pero cuando pasó un año más, dejó de importarme el compromiso por completo.

Entendí que mi vida se ataría a la suya cuando llegara el día en que nos casemos. Entendí que no quería que pasara. Entendí que casarse era para quienes no eran felices, porque tenía amigos mayores casados. Ellos no estuvieron de acuerdo, y vi mi vida en la que llevaban ellos.

No quería que pasara.

Zyra se levanta del tocador cuando llamo con los nudillos una segunda vez, me observa desde su sitio.

Cuando no parece tener intención de moverse hacia ningún sitio, me adelanto al interior, cerrando la puerta detrás de mí.

—¡Hartley! —solloza ella, rodeándome el cuello con los brazos.

No le devuelvo el abrazo. Nunca me gustó que me tocara.

Nunca me gustó que fuera falsa.

—¿En dónde has estado? —pregunta sin dejar de mirarme, confundida—. ¡¿En dónde te metiste?!

—Deja de jugar, porque sabes exactamente en dónde estuve.

Su mirada cambia, resignada. Pero sus lágrimas no valen para mí. No vine para esto.

—¿Te vas un año y… así es como me tratas al volver?

—No volví por ti —replico, comenzando a molestarme—. Y estoy más que seguro de que fuiste la persona más feliz cuando desaparecí.

Niega, mirándose el vestido mientras piensa lo que dirá. Porque no es sincera.

—Cuando te fuiste… —sigue, herida—. Cuando te fuiste sentí que me moría. No fue lo mismo, yo sólo quería…

—Tus sentimientos no pudieron haber cambiado. Tú ni siquiera me mirabas antes de eso, te divertías bastante con cualquiera que no fuera yo.

—¡Pero no fue así! —suelta con voz entrecortada. Niega, y una lágrima se le resbala por el gesto—. Yo hice mal. Hice mal por nosotros, hice mal al buscar lo que ya tenía contigo con otras personas, pero lo entendí, Hartley. Cuando te fuiste me dolió muchísimo pensar que nada te hubiera pasado, sólo quería saber si estabas bien…




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