El deseo que pedimos al mar #2

31

Hartley

Bajo las escaleras corriendo después de repeler varias estocadas en mis intentos de cambiar el rumbo del timón. Lo logré, y por eso ahora parte de nuestros soldados cuidan ese piso mientras busco por la cubierta.

Alguien en particular no aparece por ninguna parte, raro tomando en cuenta que fue quien puso al barco en nuestra contra. Parece que todavía debo aprender a fingir un poco más.

—Así que son todos aliados —digo apenas con aliento cuando esquivo un ataque a las costillas. Lo repelo con el metal de mi espada, aunque creo que estoy terminando con esto de la peor manera.

Fue difícil convencer a esta gente, así que estamos en bandos. Más o menos la mitad está de nuestra parte, lo que no limita la posibilidad de que el dueño quiera despedazarme.

Esperaba terminar con esto antes de acercarnos a las costas.

—Tener aliados en todas partes no siempre es la respuesta —replica Kairo, tratando de alcanzar su pistola. Le hago un corte en la muñeca que lo hace soltarla, se le cae hacia la madera.

Cuando se agacha por ella, le apunto directo al cuello después de hacer volar su espada por la cubierta.

—¿Qué quieren de nosotros? —pregunto en voz baja, sin dejar de observarlo—. No es sólo por tu dinero, ¿no es así? No es lo único que quieres proteger.

—A mí sólo me importa eso —espeta, divertido—. Si Jaylynn se volvía mi esposa, accedía a la fortuna que se está creando. Si Alizeh se casaba con Leith, accederíamos a su fortuna.

Me pregunto qué nivel de improperios alcanzarían a decir si supieran que Leith siempre fue de una familia conocida como los nuevos ricos. Quizá no le importen las apariencias tanto como pensaba.

—Cuando termines de serme útil, Sherwood, entonces sí terminaré contigo.

—¿Qué culpa tenía mi hermana? —replico, sin poder evitar que la voz me tiemble—. ¡¿Qué te hizo pensar que podías ser así con ella?!

—¡Ella me despreció! ¡Ella, siempre ella!

Llevo la punta hasta su garganta, presiono hasta que comienzo a ver sangre.

—No fue así —murmuro, obviando una de mis aversiones más constantes—. No fue así, ella nunca te hubiera rechazado, pero me da gusto. Aunque no fue una mujer del más puro corazón al menos tuvo la inteligencia de alejarse de alguien como tú —la mirada de odio que me dedica me insta a enterrar la espada, pero sigo—. Murió como quien te humilló, ¿no? Así está perfecto.

—¡Tu familia es un montón de lastres, arruinó a la mía! —grita, furioso mientras trata de alcanzar su espada. La presiono contra mi bota, así no puede tomarla—. ¡Es culpa de tu padre! ¡Todo lo es!

Me quiero divertir un poco.

—¿Cómo podría ser su culpa que tú seas tan imbécil? —replico, y apenas noto un movimiento a mi costado. Un hombre se acercaba corriendo hacia mí, deduzco la intención. Dave dijo que no mirara al hacer esto porque ellos no mirarían a la inversa. Así que, sin despegar la vista de Kairo, cambio de mano la espada y con la otra le disparo sin piedad antes de dejar el arma en mi cinturón con calma.

El tronar del metal contra la madera me indica que quien quería atacarme llevaba una espada.

En algún otro momento me habría girado a mirar. Esta vez algo me hace actuar sin pensarlo, aunque sé que no es correcto.

—Parece que incluso el más mediocre sabe cómo mostrar las garras —murmura Kairo, divertido mientras me centro en él de nuevo—. Nadie que pertenezca a tu familia puede ser malo en eso.

—Eso parece —asiento, apenas conteniendo la sonrisa antes de enterrar más el metal en su piel—. ¿Qué tiene que ver mi padre contigo?

Rie con sorna mientras los gritos de la batalla nos llegan por toda la cubierta, trata de levantarse sin éxito. No se irá. Tengo que saberlo.

—Igual me matarás, Sherwood ¿Qué cambio hay en esto?

—Podríamos discutir con qué lentitud sucedería —cuestiono, haciendo una línea roja con el metal—. Es tu decisión.

—De no ser por tu madre esa herencia sería mía —replica con voz ahogada—. ¡Sólo mía! Pero claro. Tuvo que ser imprudente. Igual que toda su familia, al parecer. Leith no mentía cuando dijo que eran un montón de escoria.

No digo nada, sólo cuando nos acercamos al barco, que por cierto sigo sin creer que será nuestro al terminar, desenfundo de nuevo la pistola para dar dos tiros hacia el cielo nublado.

Si no nos ve por la neblina, al menos así sabrá que se trata de mí.

No tarda en tratar de alcanzarme con una estocada, así que el corte que se hace en el cuello es inevitable.

—Sabes de qué hablo —Kairo observa la sangre, se lleva una mano a la garganta, histérico—. ¡Tú también lo sabes!

No respondo.

—Si tu madre no hubiera hecho renombre a su vulgaridad, mi herencia sería toda para mí.

De nuevo, no digo nada. Pero no es porque no lo entienda. Entendí lo que significaba desde hace unos minutos, pero me niego a responder.

El sonido de cañones. Desde este barco se lanzan, los traidores toman el mando por el momento, incluso a la lejanía se escucha la presencia de otra nave.

Pero el barco frente a mí está intacto. Están atacando El canto del mar y la sirena.

Desde ahí también lanzan cañones para el barco más lejano, pero algo está mal.

Si Jay hubiera notado que disparaban hacia nuestro barco habría sido la primera en desatar fuego. ¿Qué está haciendo?

Una tos desesperada me devuelve al presente.

—Tú habrás tenido unos quince años, doce —murmura Kairo, riendo mientras apenas respira por la sangre que pierde—. Quizá incluso viste cuando sucedió, ¿no llevó a mi padre a tu casa? En la misma cama en que tus padres…

Saco la pistola de mi cinturón, tirando lejos la espada. Lo tomo por la camisa con una furia que me hace temblar los puños.

—¿Sabes por qué tú y yo nos conocimos, Hartley? —dice con media sonrisa, luchando por tomar aire cuando lo obligo a ponerse de pie—. ¡¿Lo sabes o no?!

La respiración me falla, la cabeza me da vueltas mientras le sostengo la mirada enloquecida. No tarda en hablar de nuevo.




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