El Último Aliento Terrenal
El aire en la habitación del hospital tenía ese olor particular a antiséptico y desesperanza que solo conocen quienes han pasado demasiado tiempo entre paredes blancas. Los tubos serpentaban alrededor del cuerpo demacrado de Kaito, treinta y dos años, cuya vida se había reducido a monitores que emitían sonidos rítmicos y una ventana por la que nunca salía el sol. El cáncer pancreático en etapa cuatro no perdona, ni siquiera a alguien que había sido un prometedor ingeniero de software con toda una vida por delante.
Kaito cerró los ojos, no por dolor—las bombas de morfina se encargaban de eso—sino por el peso del agotamiento existencial. Recordó fragmentos de su vida anterior: el olor de la lluvia en primavera, el sabor del ramen de la tienda cerca de su antiguo apartamento, la textura de las teclas mecánicas bajo sus dedos mientras codificaba hasta el amanecer. Todo reducido ahora a fantasmas sensoriales.
"¿Señor Tanaka?" La voz de la enfermera era suave como la seda, pero no podía esconder la piedad. "Su visitante está aquí."
Kaito asintió débilmente, sin abrir los ojos. Sabía quién era. Akemi, la única persona que había permanecido cuando todos los demás se habían desvanecido como niebla matutina. Su exnovia, cuyo corazón era demasiado bondadoso para abandonar a alguien en su lecho de muerte, a pesar de que él había terminado su relación dos años antes, precisamente cuando comenzaron los primeros síntomas.
"Kaito." Su voz era un susurro cargado de emociones contenidas. Tomó su mano, la que aún tenía una vía intravenosa funcional. "Te traje algo."
Abrió los ojos entonces. Akemi sostenía una laptop vieja, la misma que él usaba en la universidad. "Pensé... quizás querrías ver algunos de tus viejos proyectos. O jugar algo."
Una sonrisa débil se dibujó en sus labios agrietados. "¿El 'Sword Art Fantasy'?" Era un MMORPG obsoleto que ya nadie jugaba, pero que contenía miles de horas de sus recuerdos de juventud.
"Configuré un servidor privado," dijo ella, conectando la laptop. "Para que puedas... viajar un rato."
Mientras Akemi preparaba todo, Kaito notó cómo sus manos temblaban ligeramente. El esfuerzo por mantener la compostura era evidente en la tensión de su mandíbula, en la forma en que parpadeaba más rápido de lo normal. Él quiso decir algo, agradecerle, disculparse por todo, pero las palabras se atascaron en su garganta, pesadas como plomo.
La pantalla se encendió, mostrando el mundo pixelado de Aethelgard, con sus bosques eternos y montañas que perforaban nubes digitales. Su personaje, un hechicero élfico llamado Elyon, permanecía inmóvil en la plaza central de la capital. Kaito extendió una mano temblorosa hacia el trackpad, pero su fuerza falló.
"Permíteme," murmuró Akemi, tomando control. Hizo clic en el personaje, iniciando la animación de hechizo predeterminada.
En ese preciso instante, el monitor cardiaco emitió un sonido plano y continuo.
Kaito no sintió dolor, solo una expansión repentina, como si su conciencia se derramara más allá de los límites de su cuerpo. Los últimos sonidos que escuchó fueron las alarmas de los monitores y el grito ahogado de Akemi, antes de que todo se volviera oscuridad.
Pero no fue el fin.
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