El Despertar

Capitulo 5

El Eco de la Grietam

La salida del Bosque Cantor fue una operación de sigilo y tensión punzante. Morana, fría y eficiente, había activado un protocolo de contingencia. En lugar del portal, que ahora podría estar monitoreado, partieron a caballo—corceles élficos de pelaje gris y pezuñas silenciosas—a través de senderos secundarios conocidos solo por los cazadores de sombras del Culto.

Kaito cabalgaba en silencio, el libro prohibido ardiendo como un carbón contra su pecho. Cada sombra entre los árboles le parecía un centinela, cada canto del bosque una acusación. Su Sentido del Deseo, aguzado por la adrenalina, captaba ahora las corrientes de éter a su alrededor. Sentía la vigilancia: no una presencia física cercana, sino una atención difusa y poderosa, como la luz de la luna filtrándose a través de las hojas, buscando una forma específica. La atención del Archidruida.

Valeris, que los escoltaba junto a dos agentes encapuchados, cabalgaba a la vanguardia con los sentidos alerta. "El velo se deshilacha," murmuró en un momento en que se detuvieron a dejar beber a los caballos en un arroyo de aguas plateadas. "Lo siento como un olor a podrido en el viento. Llegaremos al Límite Lóbrego antes del anochecer. Allí, su mirada no podrá seguirnos."

El Límite Lóbrego era la frontera mágica donde la influencia del Bosque Cantor y la Cúpula de la Pureza comenzaba a desvanecerse, dando paso a las Tierras Grises, un territorio neutral y salvaje plagado de bestias mágicas y restos de antiguas guerras.

Fue justo cuando el dosel comenzó a aclararse, mostrando un cielo crepuscular de tonos morados y naranjas, que la atención difusa se volvió un foco.

El aire se solidificó frente a ellos. La luz del atardecer se dobló y tejio, formando la figura translúcida y gigantesca de un elfo anciano, con túnica de corteza viva y una corona de astas entrelazadas con luz. No estaba realmente allí; era una proyección astral, pero su presencia aplastaba la mente.

El Archidruida Thalorian.

Sus ojos, del color de la savia bajo el sol, no tenían pupilas. Eran pozos de conocimiento y furia fría. La proyección no miró a Morana ni a Valeris. Miró directamente a Kaito.

"Interloper." La voz no era un sonido, era una vibración en los huesos, en las raíces bajo sus pies. "Manchas el viento con tu hollín espiritual. Deja lo que has robado."

Kaito sintió que el velo de sombra en su pecho se encogía, quemándose como papel ante una llama. Un dolor agudo le perforó el esternón. Se sujetó a la silla de montar, la visión nublándose.

Morana se interpuso, literalmente, cabalgando su corcel entre Kaito y la proyección. "Gran Thalorian," dijo, su voz impregnada de una magia sombría que hacía que las palabras resonaran como campanas rotas. "Atacas a un invitado de tu propio hijo, Silvanis. ¿Es esa la hospitalidad del Bosque Cantor?"

"Mi hospitalidad no se extiende a los carroñeros de la Sombra Eterna," retumbó la proyección. "Conozco vuestro hedor, sacerdotisa. Y conozco el vuestro, abominación." El último epíteto iba dirigido a Kaito. "El libro. O la desharé aquí mismo y esparciré tu esencia corrupta a los cuatro vientos."

Kaito sabía que era un farol. El Archidruida podía dañarlo, quizás incluso destruir su cuerpo actual a través de la proyección, pero el libro era un objeto físico, fuera de su alcance directo. Pero también sabía que resistir podría significar su muerte. Tragó saliva, su mente buscando frenéticamente una salida.

Fue entonces cuando el libro en su pecho palpitó.

No era calor, era un latido rítmico, sincronizado de repente con el suyo propio. Y con él, una oleada de imágenes, de sensaciones, no suyas: el olor a tinta vieja y lágrimas en pergamino; la vista de una mano élfica joven (¿la de Elara?) escribiendo a la luz de una vela, robando momentos a la noche; una sensación abrumadora de nostalgia por algo nunca conocido.

El libro no era solo un objeto. Era un foco, sí, pero también un eco emocional de su creador. Y en ese momento de extrema presión, respondió.

Kaito, actuando por instinto, no sacó el libro. Puso su mano sobre el lugar donde descansaba, y empujó hacia dentro, no con magia de sombra, sino con el toque psíquico que Lyra le había enseñado, tejiendo la emoción que el libro le transmitía: la nostalgia, la curiosidad, el anhelo puro (aunque prohibido) por un conocimiento perdido.

"No he robado nada, Archidruida," dijo Kaito, forzando las palabras a través del dolor. "Me fue entregado. Como se entrega una llave. ¿Castigas a quien recibe una llave, o a quien forja la cerradura que puede abrirse con ella?"

La proyección de Thalorian vaciló. Los ojos de savia se estrecharon. Había sentido algo—el eco emocional del libro, imbuido con la esencia reconocible de su propia hija. La furia en su expresión se mezcló con algo más terrible: un dolor paternal dándose cuenta de una verdad amarga.

"Elara..." El nombre fue un susurro cargado de decepción y temor.

Esa vacilación fue todo lo que Valeris necesitó. Con un grito gutural, lanzó un dardo hecho de oscuridad pura—no hacia la proyección, que era intangible, sino hacia el nodo de energía en el aire desde el que se sostenía. Al mismo tiempo, uno de los agentes arrojó una esfera humeante al suelo. Una niebla negra y espesa, que olía a hongos podridos y sal quemada, estalló alrededor de ellos, cortando toda visión y atenuando las conexiones mágicas.

"¡Cabalgad!" rugió Valeris.

Kaito espoleó su montura, agarrándose a la crin mientras el caballo se lanzaba a ciegas a través de la niebla y hacia el bosque cada vez más escaso. El dolor en su pecho era insoportable; el velo se había desintegrado por completo. Sentía su naturaleza de sombra expuesta, cruda y chillona como una herida abierta ante el mundo mágico.

Cabalgaban durante lo que pareció horas, hasta que los árboles dieron paso a matorrales retorcidos y un cielo eternamente nublado. Las Tierras Grises. El agente que quedaba encendió una linterna de cristal que emitía un brillo apagado y enfermizo. Valeris frenó, jadeando.




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