El Despertar

Capitulo 6

Las Raíces de la Montaña

El viaje a las Montañas Humeantes fue una lección de geografía dolorosa y perspectivas cambiantes. Donde el Bosque Cantor era verticalidad luminosa y aire diáfano, las montañas eran una presión opresiva, un mundo vuelto del revés, excavado hacia las entrañas de la tierra. El aire olía a azufre, metal caliente, piedra pulverizada y el sudor denso de innumerables generaciones de enanos. Kaito, cuyo nuevo cuerpo era una amalgama de carne y sombra, sentía el peso de la roca sobre sí como una presencia física, un mudo recordatorio de que aquí, la luz del sol era un rumor, un recuerdo lejano.

Su guía era un acólito enano del Culto, un tipo taciturno llamado Gronn, cuya lealtad parecía estar más comprada por el oro y la promesa de forjar armas prohibidas que por cualquier convicción ideológica. “Khazad-Mor no es una ciudad, es una herida en la montaña,” gruñó mientras descendían por un camino tallado en la roca viva, iluminado por hongos fosforescentes de un naranja enfermizo. “Y el Purificador es el hierro candente que quieren clavar en ella.”

La Ciudad-Forja de Khazad-Mor era, ante todo, un estruendo. El sonido era lo primero que te golpeaba: el martilleo rítmico y eterno de mil yunques, el silbido del vapor escapando de conductos gigantes, el chirrido de las poleas que transportaban mineral, el estruendo sordo de las detonaciones de búsqueda en las minas profundas. Era una cacofonía organizada que vibraba en los huesos y ahogaba el pensamiento.

La arquitectura era brutal y funcional. Pilares colosales, tallados con runas de poder y escenas de hazañas ancestrales, sostenían bóvedas tan altas que se perdían en el humo y la penumbra. Casas, tabernas y talleres no estaban construidas, sino excavadas en las paredes de las cavernas, sus puertas y ventanas enmarcadas en hierro bruñido. Y en el centro de todo, el Corazón de la Forja: un lago de magma contenido por diques de piedra rúnica, cuya luz sangrienta e intermitente era el sol y la luna de aquel inframundo.

El ambiente, sin embargo, estaba enrarecido. Kaito, con su Sentido del Deseo activado de manera discreta, percibía la avaricia habitual de los enanos—por el metal, por la calidad del trabajo, por el estatus—pero teñida de algo nuevo: una nerviosa excitación, un apetito por lo novedoso, lo prohibido. Susurros en las tabernas hablaban de “juguetes de Borin”, de “sensaciones extrañas”, de “un brillo que no es de este mundo”. Era el terreno fértil que las joyas de Borin habían preparado.

Borin lo esperaba en su nuevo taller, un espacio mucho más grande y mejor equipado que la celda donde Kaito lo había conocido. El enano había cambiado. Vestía ropas más finas, de cuero oscuro y brocados sutiles, y en sus ojos, antes llenos de desesperación resignada, ardía ahora una chispa febril de creatividad y posesión. Pero también había sombras bajo esos ojos, y una tensión en sus manos, que no paraban de moverse, acariciando herramientas o ajustando engranajes invisibles.

“Heraldro,” dijo Borin, sin levantar la vista de un mecanismo complejo que tenía sobre su mesa de trabajo. Era un pájaro de latón y cristal oscuro, con ojos que parecían seguir la luz. “Tu… regalo, ha sido una bendición y una maldición.”

“Vi tus creaciones,” dijo Kaito, observando el taller. Estatuillas que se movían con una fluidez inquietante, relojes que marcaban no las horas, sino estados de ánimo, collares cuyas gemas pulsaban al unísono con el latido del portador. Todo imbuido de un tenue rastro de sombra, como un perfume caro y peligroso. “Son extraordinarias.”

“¡Son adictivas!” estalló Borin, golpeando la mesa con un puño. El pájaro de latón emitió un gorjeo mecánico y triste. “Los señores del clan las compran para sus consortes, los mercaderes para venderlas en la superficie, los guerreros… dicen que les dan valentía en la oscuridad de las minas profundas. Pero el Concilio ha olido el humo. El Purificador llegó ayer. Un humano. Brother Caedmon. Huele a… a vacío perfumado. A frío limpio.”

“¿Qué ha hecho?”

“Por ahora, pregunta. Observa. Sus ojos… no parpadean. Mira las forjas como si estuvieran infectadas. Hoy interrogará a los Maestros Forjadores. Mañana, quién sabe.” Borin bajó la voz. “Algunos clanes menores, los que han prosperado más con mis piezas, murmuran. Hablan de que el Concilio quiere robarles su nueva ventaja, de que la ‘Pureza’ es solo otra palabra para el control. Pero son susurros. Miedo a la autoridad, al hierro caliente del Cielo, como ellos le llaman.”

Kaito asintió. El escenario era claro. El Purificador era el martillo. Los clanes resentidos, el yunque. Y él, la chispa que debía encender el fuego de la forja de la rebelión. Pero no podía ser una chispa obvia. No podía llegar predicando la Sombra Eterna a unos enanos cuyo dios era la roca y el fuego.

“Necesito una razón para estar aquí, Borin. Una que no despierte sospechas.”

El enano sonrió, una sonrisa astuta que transformó su rostro. “Ya la tienes. Eres mi mecenas. El excéntrico erudito humano que financió mi investigación en ‘mecánica de resonancia emocional’. Un coleccionista rico y discreto, interesado en los efectos de los metales preciosos en el estado de ánimo. Una tontería lo suficientemente plausible para un humano, y lo suficientemente lucrativa para que los clanes miren hacia otro lado.”

Era un buen disfraz. Le daba movilidad y una excusa para hablar con los poderosos. “¿Y el Purificador? ¿Comprará la historia?”

“Caedmon no ‘compra’ historias. Las disecciona buscando la herejía. Tendrás que ser convincente. Y tener cuidado.” Borin lo miró directamente. “El aire a tu alrededor… zumba de una manera diferente ahora. Antes era sutil. Ahora es como el eco de una campana rota. ¿Qué te pasó en el bosque?”

“El velo que me cubría se rasgó,” admitió Kaito. “Mi naturaleza está más expuesta.”

“Pues no la expongas aquí,” gruñó Borin. “El hierro de las montañas puede sostenerse contra la magia, pero el tipo de luz que trae ese Purificador… quema lo diferente.”




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