El Despertar

Capitulo 12

Capítulo 12: El Fantasma entre los Árboles

La bodega de raíces era un útero de madera viva y sombras húmedas. El aire, cargado del dulce olor a savia y tierra, era tan denso que cada respiración de Kaito sonaba como un fuelle en la quietud. El velo onírico de Lyra funcionaba, amortiguando su presencia, pero el Fragmento en su pecho era un latido rebelde, un tambor sordo que marcaba la proximidad de Elara. Arriba. Cerca. Apurándose hacia la nada.

Lyra le hizo una seña con la mano, sus ojos azules ampliados en la penumbra. Sin una palabra, comenzó a ascender por la escalera de caracol tallada en el corazón del árbol. Kaito la siguió, cada paso calculado para no hacer crujir la madera viva, cada sentido alerta.

Salieron a un pasillo bañado por la luz de la luna etérea, que se filtraba a través de paredes de celosía hechas de enredaderas vivas. Era un lugar de una belleza sobrenatural que hacía daño. Todo estaba en un equilibrio perfecto, impecable, y sin vida. No había una mota de polvo fuera de lugar, ni una hoja marchita. La armonía era tan absoluta que resultaba opresiva.

El «sueño errante» que Lyra había tejido alrededor de Kaito parecía funcionar. Un elfo guardia pasó por el extremo del pasillo, su armadura de cuero y hojas brillando suavemente. Sus ojos, del verde profundo del bosque, se deslizaron sobre ellos sin detenerse, como si mirara a través de una ligera neblina. El guardia frunció levemente el ceño, como si recordara un sueño fugaz, y continuó su patrulla.

Funciona, pensó Kaito, pero la tensión no cejaba. El velo era frágil. Cualquier emoción fuerte, cualquier uso de poder, lo rasgaría.

Lyra, moviéndose con la gracia fluida de quien había nacido en lugares así pero había olvidado cómo pertenecer a ellos, los guió a través de un laberinto de pasarelas aéreas entre los árboles. Bosque Cantor no era un conjunto de edificios, era un organismo arquitectónico. Puentes de cristal que cantaban al pisarlos, habitaciones que eran capullos de flores gigantes cerradas de noche, fuentes donde el agua era savia luminosa.

Finalmente, se detuvieron al borde de un claro elevado. Al otro lado, conectado por un puente de cristal puro que parecía hecho de lágrimas solidificadas, se alzaba la Torre de la Purificación. No era de piedra ni de madera. Parecía hecha de luz solidificada, un cristal lechoso y perfecto que absorbía la luz de la luna y la devolvía como un brillo interior opalescente. En su corazón, visible a través de las paredes traslúcidas como un insecto atrapado en ámbar, ardía un núcleo de sol: la Fuente Primaria de la Cúpula. Y suspendida ante ella, en el ojo mismo del huracán lumínico, estaba la figura translúcida y frágil de Elara.

Kaito contuvo el aliento. Aún a esta distancia, podía ver la expresión de paz absoluta en su rostro. Una paz que no era natural, sino impuesta, el vaciado de un vaso antes de llenarlo con otra cosa. El Fragmento en su pecho dio un tirón tan violento que tuvo que agarrarse a la barandilla del puente aéreo para no caer. Un dolor agudo, como de huesos resquebrajandose por dentro, le recorrió el costado.

«El séptimo alineamiento no ha comenzado aún,» susurró Lyra, su voz tensa. «Pero el proceso de disolución es gradual. Ella ya está… desconectándose. Su individualidad se está diluyendo en ese mar de luz. Tenemos horas, tal vez menos.»

«¿Cómo entramos?» La voz de Kaito sonó áspera, extraña para sus propios oídos.

«El puente es la única entrada. Estará vigilado, pero no fuertemente. Nadie espera un ataque aquí. La arrogancia de la Luz es su punto ciego.» Lyra estudió la torre. «Pero hay un problema. La torre misma es un cristal de amplificación. Cualquier magia de sombra, cualquier emoción cruda que entre, será detectada y amplificada, sonando como una campana de alarma. Tu Fragmento… es primordial, no sombra pura. Es nuestra única esperanza. Debes sintonizarlo completamente con ella, Kaito. Tan perfectamente que la torre te lea no como una intrusión, sino como… una extensión natural de ella. Una parte de su esencia que regresa.»

Era un riesgo monumental. Si fallaba, no solo los atraparían; la retroalimentación de energía podría vaporizarlos o acelerar la disolución de Elara.

«Necesito acercarme más,» dijo Kaito. «Necesito sentirla sin filtros.»

Lyra asintió. «Hay un mirador, allí, donde ese árbol se curva hacia la torre. Está a medio camino del puente. Es lo más cerca que podemos llegar sin cruzar.»

Se deslizaron hacia el mirador, una plataforma natural formada por una gruesa rama que se arqueaba como un brazo hacia la torre de cristal. Apenas a treinta metros de distancia, Kaito podía ver ahora los detalles: los finos hilos de luz que conectaban cada parte del cuerpo de Elara con la Fuente Primaria, los fragmentos de su antigua celda orbitando lentamente a su alrededor como satélites funerarios.

Se sentó en la plataforma, cruzó las piernas y cerró los ojos. Dejó que el mundo exterior se desvaneciera. Respiró hondo, y en lugar de aferrarse al libro, se aferró a la memoria del libro, a la sensación que le había transmitido. La curiosidad, la melancolía, la valentía de cuestionar. Luego, dirigió esa sensación hacia el Fragmento, no como un comando, sino como una invitación.

Al principio, la reacción fue caótica. El Fragmento, tan cerca de la inmensa fuente de energía opuesta, se agitó como una bestia asustada. Kaito sintió que su boca sabía a polvo de roca y hierro, sus oídos zumbaban con el sonido de montañas naciendo. No. No eso. A ella. Sintonízate con ella.

Con un esfuerzo que le hizo brotar sangre de la nariz, forzó la imagen de Elara no como la visión actual, sino como la elfa que le había dado el libro. La que susurraba poemas en la oscuridad. La que anhelaba la raíz.

Lentamente, con una resistencia que parecía física, el Fragmento comenzó a cambiar. Su pulso caótico se suavizó, adoptando un ritmo más lento, más profundo. El cristal opaco en su centro ya no brilló con colores terrenales, sino con un pálido plateado verde, el color de los ojos de Elara a la luz de la luna. El dolor se mitigó, reemplazado por una profunda y resonante tristeza, un eco del pesar que debía estar sintiendo Elara en algún nivel subconsciente ante su inminente desaparición.




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