Capítulo 13: La Transición Onírica
«Opción 2. ¡Ahora!»
Kaito no pronunció las palabras. Las gritó a través del vínculo, no con voz, sino con la urgencia desesperada de quien no tiene nada que perder salvo lo que ya ha perdido. El Fragmento respondió como un animal acorralado, liberando una oleada de energía primordial que no fue hacia afuera—hacia los guardias, hacia la torre—sino hacia adentro, hacia el delgado hilo plateado que lo unía a Elara.
Ella, inconsciente en sus brazos, arqueó la espalda. Sus ojos no se abrieron, pero sus labios se separaron en un grito silencioso. El libro en la bolsa de Kaito estalló en calor, tan intenso que quemó la tela. Las páginas, sin abrirse, comenzaron a brillar con la misma luz verde profunda que ahora emanaba del Fragmento.
Al otro lado del puente, Lyra sintió el llamado. No era un comando. Era un ancla. Sus manos, que hasta ese momento tejían ilusiones frágiles para contener a los guardias, se detuvieron. Sus ojos azules encontraron los de Kaito a través del caos de luz y acero. Y en ellos, por primera vez desde que lo había conocido, no vio cálculo, ni miedo, ni el peso de mil años de sueños frustrados.
Vio decisión.
«¡Sujétala fuerte!» gritó Lyra, y su voz no era el susurro etéreo de la Tejedora de Ensueños. Era un rugido, el grito de guerra de alguien que ha decidido, al fin, qué clase de sueño quiere habitar.
Sus dedos, ensangrentados por el esfuerzo de sostener el velo, comenzaron a moverse en un patrón que Kaito nunca había visto. No era magia de sombra. No era magia élfica. Era algo más antiguo, más instintivo: el tejido mismo de la realidad de los sueños, la urdimbre y la trama que separan lo que es de lo que podría ser.
Los hilos de luz azul que brotaban de sus dedos no volaron hacia Kaito. Se enroscaron alrededor de él y de Elara juntos, como un capullo. Los guardias, que habían estado a punto de cruzar el umbral de la torre, se detuvieron, confundidos. La luz de la Fuente Primaria parpadeó. El tiempo mismo pareció ralentizarse.
Y entonces, Lyra tiró.
El mundo se desgarró.
Kaito no sintió dolor. Sintió desplazamiento. Era como si cada átomo de su cuerpo fuera estirado a lo largo de una cuerda infinita y luego reensamblado en un lugar que no estaba en ningún mapa. Las sensaciones se superpusieron en una cacofonía imposible: el frío del cristal de la torre, el calor del cuerpo inerte de Elara contra el suyo, el olor a tierra húmeda de las raíces del mundo, el sabor a ceniza de sueños rotos, el sonido de mil árboles cantando una nota de alarma que se alejaba, se alejaba, se alejaba...
Y luego, silencio.
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El primer sentido en regresar fue el tacto. Kaito yacía sobre algo blando, húmedo y frío. Musgo. El olor era a humedad antigua, a hongos y a agua estancada. El aire era pesado, sin la presión de la Cúpula ni el canto del bosque.
Abrió los ojos.
Estaba en una cueva. No una caverna majestuosa como las de Khazad-Mor, sino una grieta húmeda y baja, el techo tan cercano que casi podía tocarlo estirando el brazo. La única luz provenía de su propio Fragmento, que ahora emitía un brillo tenue, verde plateado, como un faro agotado. Y de otra fuente, más tenue aún: el libro de Elara, que había caído de su bolsa rota y yacía abierto en el suelo de musgo, sus páginas iluminadas por una luz propia, apagada pero constante.
Elara estaba a su lado, inmóvil. Su rostro, antes bañado por la luz fría de la purificación, ahora estaba pálido, humano, vulnerable. Los hilos de luz que la conectaban a la Fuente habían desaparecido, pero en su lugar, una fina red de venas plateadas recorría sus sienes y el dorso de sus manos, como raíces bajo la piel. Respiraba. Débilmente, pero respiraba.
«Elara...» Su voz sonó como grava molida. No hubo respuesta.
Un gemido a su izquierda lo hizo girar. Lyra estaba encogida contra la pared de la cueva, envuelta en su capa quemada y humeante. Su rostro, siempre etéreo, estaba demacrado, casi esquelético. La sangre—de un azul pálido, el color de la savia élfica—manaba de su nariz y de las comisuras de sus ojos. Sus manos, los instrumentos de su arte, colgaban inertes, los dedos amoratados y rotos.
«Lyra...» Kaito se arrastró hacia ella, ignorando el dolor punzante en su propio pecho.
Ella parpadeó, enfocando con dificultad. «¿Dónde...?» Su voz era un susurro roto.
«No lo sé. Una cueva. ¿Funcionó? ¿Escapamos?»
Una sonrisa débil, casi infantil, se dibujó en sus labios agrietados. «Funcionó,» murmuró. «Transición Onírica... nunca lo había intentado... con tres almas... con un vínculo tan... inestable...» Tosió, y un hilillo de sangre azul escurrió por su barbilla. «El bosque está... muy lejos. No sé dónde estamos. Pero... estamos enteros. Casi.»
Kaito miró sus manos. «Casi.»
«No me arrepiento,» dijo Lyra, y sus ojos, aunque doloridos, brillaban con una claridad que no había tenido antes. «Fue mi elección. Mi sueño. No el de Morana. El mío.» Hizo una pausa, luchando por cada palabra. «La niña... ¿vive?»
«Sí. Está inconsciente, pero vive.»
«Bien.» Cerró los ojos. «Entonces... ahora eres tú quien tiene que... tejer el resto del tapiz. Yo solo puedo... sostener los hilos... un poco más.»
Kaito sintió un nudo en la garganta. «No voy a dejarte morir aquí. No después de esto.»
«No voy a morir,» dijo Lyra, y había un atisbo de su antigua serenidad en su voz. «Los elfos no morimos tan fácilmente. Pero necesitaré... tiempo. Mucho tiempo. Y un lugar seguro donde... soñar sin que me encuentren.» Abrió los ojos y lo miró directamente. «Prométeme que construirás ese lugar. Ese vacío entre la Luz y la Sombra. Para ella.» Su mirada se desvió hacia Elara. «Y para lo que venga después.»
Kaito asintió, sin palabras. La promesa se asentó en su pecho, junto al Fragmento y al eco de Elara, como una nueva capa de responsabilidad.
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Las horas siguientes fueron una lucha contra la fragilidad. Kaito, usando el poco éter que le quedaba y guiado por los débiles impulsos del Fragmento, exploró los alrededores de la cueva. Estaban en un sistema de cavernas poco profundas, cerca de la superficie. El aire, aunque húmedo, tenía un tenue olor a vegetación. No era el Bosque Cantor, ni las Montañas Humeantes. Era un lugar intermedio, olvidado.