El Despertar

Capitulo 24

El Peso del Perdón

Los días siguientes fueron un ejercicio constante de tensión y esperanza. La presencia de Morana en el asentamiento generó reacciones encontradas entre los habitantes. Algunos, especialmente aquellos que habían sufrido bajo el Culto, la miraban con desconfianza abierta, cruzándose de brazos cuando pasaba cerca o susurrando a sus espaldas. Otros, más jóvenes o más idealistas, sentían curiosidad por la antigua Suma Sacerdotisa, esa figura de leyenda oscura que ahora trabajaba la tierra con sus propias manos y dormía en una choza de barro como cualquier otro.

Morana soportó el escrutinio con una paciencia que Kaito nunca le había visto. No se quejaba, no exigía privilegios, no intentaba justificarse. Simplemente... trabajaba. Ayudaba en las tareas más duras, compartía su conocimiento de hierbas y magia cuando se lo pedían, y mantenía una distancia respetuosa con aquellos que no querían acercarse.

«Es extraño verla así,» comentó Lyra una tarde, mientras observaban a Morana reparar una cerca con la ayuda de un grupo de humanos. «Durante siglos, fue la mente maestra detrás de algunas de las operaciones más oscuras del Culto. Y ahora está aquí, clavando estacas en la tierra, con las manos llenas de astillas.»

«La gente puede cambiar,» dijo Kaito, repitiendo las palabras que él mismo había dicho tantas veces. «Pero el cambio duele. Y lleva tiempo.»

«¿Tú crees que es genuino?»

Kaito consideró la pregunta. A través de su sentido—ese eco del Fragmento que aún residía en él—podía percibir las emociones de Morana con más claridad que nunca. Y lo que sentía era un torbellino complejo: vergüenza, arrepentimiento, una desesperación silenciosa por redimirse, y bajo todo eso, un miedo profundo a no ser capaz de lograrlo.

«Creo que lo intenta,» respondió finalmente. «Y por ahora, eso es suficiente.»

---

Valeris, mientras tanto, había establecido un campamento en las afueras del asentamiento, junto con los otros acólitos y elfos que habían llegado con ella. No se les permitía entrar a la aldea sin escolta, pero podían moverse libremente por los alrededores, cazar para alimentarse y recolectar agua en los arroyos cercanos. Era un acuerdo incómodo, una tregua más que una alianza, pero mantenía la paz.

Caedmon se había convertido en el enlace principal con el campamento. Su pasado como Purificador le daba una perspectiva única: entendía la rigidez de los elfos, la desconfianza de los acólitos, y la necesidad de construir puentes donde antes solo había abismos. Pasaba horas cada día en el campamento, hablando con unos y otros, escuchando sus historias, explicando cómo funcionaba el asentamiento.

«Algunos de ellos están genuinamente interesados,» informó una noche, mientras cenaban junto al Eje. «Especialmente los más jóvenes. Crecieron oyendo que la otra facción era el enemigo absoluto, y ahora descubren que podemos convivir. Es... desconcertante para ellos.»

«¿Y los demás?» preguntó Elara.

«Los demás tienen miedo. Miedo a que esto sea una trampa. Miedo a que los aceptemos y luego los traicionemos. Miedo a perder su identidad.» Caedmon negó con la cabeza. «El miedo es más difícil de combatir que el odio. El odio al menos tiene un objeto claro. El miedo es difuso, irracional, se cuela por todas partes.»

---

Fue en ese contexto de tensiones latentes cuando ocurrió el incidente.

Un grupo de jóvenes del asentamiento—humanos y enanos, en su mayoría—decidió "divertirse" a costa de los acólitos acampados. Bajo la influencia del alcohol de mala calidad que habían fermentado en sus casas, se acercaron al campamento en mitad de la noche, lanzando piedras y gritando insultos.

La respuesta de los acólitos fue inmediata y violenta. Dos de ellos, entrenados desde niños en el arte del combate, respondieron con magia sombría, lanzando dardos de oscuridad que hirieron a varios de los jóvenes. En cuestión de minutos, lo que había sido una broma de mal gusto se convirtió en una batalla campal.

Kaito despertó con los gritos. A través del vínculo, sintió la alarma de Elara, que ya se levantaba a su lado. Corrieron hacia el campamento junto con Caedmon y Lyra, y lo que encontraron los heló la sangre.

Los jóvenes yacían en el suelo, algunos sangrando, otros gimiendo de dolor. Los acólitos estaban en formación defensiva, listos para seguir luchando. Y entre ambos grupos, una figura solitaria se interponía, los brazos extendidos, la voz calmada pero firme.

Morana.

«¡Basta!» gritó, y su voz, aunque sin los ecos de poder de antaño, aún tenía autoridad suficiente para detener a los acólitos en seco. «¡Miren lo que han hecho! ¡Son niños, no guerreros! ¿Esta es la forma en que defendemos nuestra causa? ¿Atacando a quienes solo tienen miedo?»

Los acólitos dudaron. Las armas sombrías en sus manos titilaron, indecisas.

«Bajen las armas,» continuó Morana, acercándose lentamente. «Confíen en mí. Yo pasé por esto. Yo sé lo que es tener miedo y convertirlo en odio. Pero ese camino no lleva a nada bueno. Créanme. Lo sé mejor que nadie.»

Uno a uno, los acólitos fueron obedeciendo. Las sombras se disiparon, las posturas se relajaron. Morana se volvió hacia los jóvenes, que la miraban con una mezcla de miedo y asombro.

«Y ustedes,» dijo, pero su voz ya no era autoritaria, sino casi maternal. «Váyanse a casa. Que les curen esas heridas. Y la próxima vez que quieran divertirse, háganlo con algo que no lastime a otros.»

Los jóvenes, avergonzados y doloridos, se levantaron como pudieron y se alejaron, algunos ayudando a otros.

Kaito observó toda la escena sin intervenir. Cuando todo terminó, Morana se volvió hacia él, y en sus ojos amatista vio algo que nunca había visto: lágrimas contenidas.

«Lo siento,» dijo ella, su voz quebrada. «Debería haber llegado antes. Debería haber...»

«Llegaste justo a tiempo,» la interrumpió Kaito. «Hiciste lo correcto.»

Ella negó con la cabeza. «No. Lo correcto habría sido evitarlo. Yo creé ese odio. Yo entrené a esos acólitos para ver a los demás como enemigos. Su violencia es mi violencia. Su miedo es mi miedo.» Se dejó caer de rodillas, agotada. «¿Cómo se deshace algo así? ¿Cómo se desaprende lo que se enseñó durante siglos?»




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.