El Despertar

Capitulo 28

Capítulo 28: El Vástago de la Oscuridad

La revelación de que Valdris, el aprendiz que Morana creyó muerto durante dos siglos, era el líder de los Hijos del Vacío, sacudió los cimientos emocionales de la antigua Suma Sacerdotisa. Durante tres días, permaneció en su choza, negándose a ver a nadie excepto a Lyra, que entraba y salía con alimentos que rara vez eran tocados.

Kaito respetó su necesidad de aislamiento, pero a través del vínculo con Elara, compartía la preocupación que crecía en toda la comunidad. Morana había cambiado, sí, pero el pasado tenía garras afiladas, y Valdris era una de las más filosas.

«Cuéntame de él,» pidió Kaito a Lyra al atardecer del tercer día. Estaban sentados junto al Eje, observando cómo el fruto dorado absorbía los últimos rayos de sol.

Lyra suspiró, sus ojos perdidos en recuerdos que preferiría olvidar. «Valdris era... especial. De todos los aprendices que Morana tuvo en su larga vida, él era el más talentoso. El más dedicado. El más... hambriento.»

«¿Hambriento?»

«De poder. De conocimiento. De aprobación.» Lyra negó con la cabeza. «Morana lo veía como un hijo, en cierto modo. Le enseñó todo lo que sabía. Pero Valdris siempre quería más. Siempre empujaba los límites. Cuando el Culto prohibió ciertos rituales, él los estudiaba en secreto. Cuando le dijeron que ciertos caminos eran demasiado peligrosos, él los exploraba por su cuenta.»

«¿Y Morana no lo detuvo?»

«Lo intentó. Pero Valdris era... encantador. Siempre tenía una explicación, una justificación. Y Morana, cegada por su afecto, eligió creerle.» Lyra hizo una pausa. «Hasta que fue demasiado tarde. Descubrimos que había estado realizando experimentos con almas vivientes, creando criaturas como los Devoradores, pero versiones primitivas, inestables. Cuando Morana confrontó a Valdris, él... se rebeló. Hubo una batalla. Al final, Morana lo hirió de muerte. O eso creímos.»

«Y él usó ilusiones para fingir su muerte.»

«Sí. Valdris siempre fue un maestro del engaño. Aprendió de la mejor.» Lyra sonrió con tristeza. «De mí. Le enseñé a tejer sueños, a crear realidades alternas. Y usó ese conocimiento para desaparecer, para ocultarse, para alimentar su odio durante doscientos años.»

El silencio que siguió fue roto por pasos lentos. Morana emergió de su choza, pálida pero con una determinación nueva en sus ojos amatista.

«Tienes que contarle el resto, Lyra,» dijo, acercándose. «Lo que no le has contado. Lo que hace que esto sea mi culpa más allá de cualquier duda.»

Lyra dudó, pero Morana insistió con la mirada.

«Valdris no nació en el Culto,» continuó Lyra, con esfuerzo. «Fue... tomado. De niño. De una aldea humana que el Culto decidió "reclutar". Morana lo encontró entre los prisioneros, y vio algo en él. Un potencial. Una chispa.»

«Yo lo elegí,» dijo Morana, su voz quebrada. «Lo saqué de esa celda y lo puse en mi propia ala de entrenamiento. Lo alimenté, lo vestí, lo enseñé. Y en el proceso, me convencí de que le estaba dando una vida mejor. Que lo estaba salvando.» Una lágrima rodó por su mejilla. «Pero lo que realmente hice fue arrancarlo de todo lo que conocía, convertirlo en un arma, y luego sorprenderme cuando se volvió un monstruo. Su odio... su vacío... yo lo creé. Yo fui su primera herida.»

Kaito guardó silencio, procesando la magnitud de lo que acababa de escuchar. No era una excusa para lo que Valdris había hecho, pero era un contexto. Una explicación. Y también, una advertencia.

«No viniste aquí a buscar redención fácil,» dijo finalmente. «Viniste a enfrentar las consecuencias. Y eso es exactamente lo que vas a hacer ahora.»

Morana lo miró con gratitud. «¿Cómo puedes ser tan... comprensivo? Después de todo lo que te hice...»

«Porque aprendí,» respondió Kaito. «Aprendí que la gente no es solo sus peores momentos. Que el cambio es posible. Que el perdón, aunque difícil, es la única manera de seguir adelante.» Señaló el Eje. «Este lugar no se construyó juzgando. Se construyó aceptando. Y tú eres parte de él ahora. No importa cómo empezaste. Importa qué eliges ser de ahora en adelante.»

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El consejo se reunió esa misma noche. Además de los líderes habituales, se unieron representantes de todos los grupos que habían llegado al Refugio. Laeron por los elfos, Grim por los enanos, una mujer orca llamada Tharga por los suyos, y varios humanos que habían demostrado valentía durante el ataque de los Devoradores.

Morana expuso lo que sabía sobre Valdris y los Hijos del Vacío. No ocultó nada: su relación con él, sus errores, la amenaza que representaba. Cuando terminó, el silencio fue pesado.

«¿Dónde está?» preguntó Tharga, con su voz profunda y práctica.

«En las Tierras Grises,» respondió Morana. «En una región llamada el Abismo de los Suspiros. Es un lugar peligroso, lleno de restos de magia antigua y criaturas que nunca debieron existir. Pero Valdris lo eligió porque allí puede ocultarse y alimentar su poder sin ser molestado.»

«¿Y cuántos son?» preguntó Grim.

«No lo sabemos con certeza. Pero según los sueños de Lyra y los informes del Bosque Cantor, al menos un centenar. Muchos de ellos, como los Devoradores, son víctimas transformadas, apenas conscientes. Pero los líderes... los líderes son como Valdris: magos oscuros que han dedicado siglos a perfeccionar su odio.»

Otro silencio. Cien enemigos, con magia oscura y sin escrúpulos, contra una comunidad de trescientos habitantes, la mayoría no combatientes.

«No podemos enfrentarlos solos,» dijo Caedmon, con su habitual pragmatismo. «Necesitamos aliados.»

«¿Qué aliados?» preguntó Laeron. «El Bosque Cantor aún se está recuperando de la muerte de Thalorian. El Concilio de la Pureza está en desbandada. Las Montañas Humeantes están divididas entre los que apoyan a Borin y los que quieren volver al aislamiento.»

«Entonces tendremos que ser creativos,» dijo Kaito. «No todos los aliados necesitan ser ejércitos. Algunos pueden ser individuos. Pequeños grupos. Gente que, como nosotros, tiene razones para odiar a los Hijos del Vacío.»




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