El Despertar

Capitulo 29

Capítulo 29: La Herida Original

El viaje hacia las Tierras Fronterizas fue una travesía a través de paisajes que cambiaban constantemente, como si el mundo mismo no pudiera decidir qué quería ser. Las Colinas Susurrantes dieron paso a llanuras pedregosas, y éstas a bosques bajos y retorcidos que parecían encogerse bajo un cielo permanentemente gris. El aire tenía un sabor metálico, y el viento arrastraba susurros que podían ser palabras o solo imaginación de viajeros cansados.

Kaito caminaba en silencio, su sentido—aquel eco del Fragmento que aún residía en él—extendido como una red invisible, detectando las emociones de los seres vivos a su alrededor. Había pocos. Algunos animales pequeños, aves esquivas, y de vez en cuando, la presencia tenue de algún vagabundo solitario que se apartaba de su camino al sentir su aproximación.

Morana iba al frente, marcando el rumbo con una seguridad que nacía de siglos de experiencia. Pero su expresión era grave, sus ojos amatista perdidos en recuerdos que preferiría olvidar. Desde que había revelado la historia de Valdris, una sombra nueva se había instalado en ella, más profunda que cualquier culpa anterior.

«¿Cómo sabes que su hermana sigue viva?» preguntó Caedmon, rompiendo el silencio mientras cruzaban un arroyo de aguas turbias.

«No lo sé,» admitió Morana. «Pero durante años, después de que Valdris "muriera", mantuve un seguimiento de ella. No por lealtad, sino por... precaución. Quería asegurarme de que no representara una amenaza. Con el tiempo, perdí su rastro. Pero la última información que tuve indicaba que se había establecido en un pequeño pueblo fronterizo, casada con un granjero, con hijos y nietos.»

«¿Y crees que recordará algo útil después de tantos años?»

«Los traumas no se olvidan, Caedmon. Se entierran, pero no desaparecen. Y ella fue testigo de algo que ningún niño debería ver: la masacre de su aldea, el secuestro de su hermano. Esa clase de marcas duran para siempre.»

Elara, que caminaba junto a Kaito, apretó su mano. A través del vínculo, sintió que las palabras de Morana resonaban en ella de una manera particular. Ella también había sido testigo de cosas terribles, aunque de otro tipo. La rigidez de la Pureza, la frialdad de su padre, la soledad de siglos sin amor genuino. No había sangre en sus recuerdos, pero sí un vacío que había tardado en reconocer.

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El pueblo, cuando finalmente lo encontraron, era un lugar modesto pero próspero. Casas de madera con techos de paja, campos cultivados que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y un pequeño mercado donde los campesinos intercambiaban sus productos. La gente los miró con curiosidad pero sin miedo; los viajeros no eran tan raros en esas tierras, y el grupo de cuatro—dos elfos, un humano y una mujer de aspecto severo pero no amenazante—no parecía especialmente peligroso.

Morana se dirigió a una anciana que vendía verduras en el mercado. Con una cortesía que Kaito nunca le había visto, preguntó por la mujer que buscaban.

«¿Elda?» respondió la anciana, entrecerrando los ojos. «Sí, claro que la conozco. Vive en la última casa del camino norte, junto al molino. Pero...» Dudó. «No sé si querrá verlos. Desde que su esposo murió, hace unos años, se ha vuelto muy retraída. Casi no sale de su casa, excepto para ir al templo los domingos.»

Morana agradeció la información y se encaminaron hacia el norte. La casa, cuando la encontraron, era pequeña pero bien cuidada, rodeada de un jardín de flores silvestres que alguien mantenía con esmero. Una figura encorvada trabajaba en el huerto, arrancando malas hierbas con movimientos lentos pero precisos.

«¿Elda?» llamó Morana suavemente, deteniéndose a varios metros de distancia.

La figura se irguió con dificultad y se volvió hacia ellos. Era una mujer humana, entrada en años, con el rostro surcado de arrugas y el cabello completamente blanco. Pero sus ojos—grises, profundos, inteligentes—miraron a Morana con una intensidad que heló la sangre de la antigua Suma Sacerdotisa.

«Tú,» dijo Elda, y su voz era un susurro que contenía siglos de dolor. «Te recuerdo. Aunque era solo una niña, te recuerdo. Fuiste tú quien se llevó a mi hermano.»

Morana palideció. «Elda, yo...»

«No,» la interrumpió la anciana, con una firmeza sorprendente. «No vengas con excusas. He tenido ochenta años para pensar en lo que pasó aquella noche. He tenido ochenta años para preguntarme por qué. Y ahora apareces tú, después de todo este tiempo, y esperas... ¿qué? ¿Perdón? ¿Comprensión?»

Kaito dio un paso adelante, interponiéndose entre ambas. «Señora Elda, entiendo su dolor. Pero no venimos a pedir perdón. Venimos a advertirla. Su hermano... Valdris... sigue vivo. Y se ha convertido en una amenaza para miles de personas.»

El impacto de esas palabras fue físico. Elda se tambaleó, y Elara, rápida, la sostuvo antes de que cayera. Durante un largo momento, nadie dijo nada. Solo el viento y el canto lejano de los pájaros rompían el silencio.

«¿Vivo?» murmuró Elda finalmente. «¿Después de ochenta años? ¿Cómo es posible?»

«La magia,» respondió Morana, con la voz quebrada. «Lo que le hice... lo que le enseñé... le permitió sobrevivir mucho más allá de lo natural. Pero lo que creció en él no fue vida. Fue odio. Vacío. Y ahora quiere destruir todo lo que se parece a lo que perdió.»

Elda las miró a todas, una por una. Luego, lentamente, asintió. «Entren. Esto no es algo que deba discutirse en la puerta, como si fuera el precio de las verduras.»

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El interior de la casa era modesto pero acogedor. Una chimenea crepitaba en una esquina, y las paredes estaban cubiertas de objetos sencillos: herramientas de cocina, un pequeño altar con velas, y una única pintura al óleo que mostraba a un hombre joven y una mujer sonriente.

«Mi esposo,» explicó Elda, siguiendo la mirada de Kaito. «Murió hace cinco años. Desde entonces, vivo sola. Los hijos se fueron a la ciudad, buscando una vida mejor.» Sirvió té en tazas de barro y se sentó frente a ellos. «Ahora, cuéntenme todo. Sin mentiras. Sin medias verdades.»




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