El Despertar

Capitulo 30

Capítulo 30: El Abismo de los Suspiros

El camino hacia el Abismo de los Suspiros era un descenso gradual hacia lo que parecía una herida en la tierra misma. A medida que avanzaban, el paisaje se volvía más árido, más yermo, como si la vida misma hubiera decidido abandonar esos parajes. Los árboles se volvían retorcidos y grises, la hierba desaparecía por completo, y el suelo se cubría de una ceniza fina que se levantaba con cada paso, cubriendo sus botas de un polvo que olía a quemado y a tristeza.

Kaito sentía la opresión en el aire mucho antes de ver el abismo. Su sentido—aquel eco del Fragmento que aún residía en él—vibraba con una frecuencia dolorosa, como si cada paso lo acercara a una fuente de sufrimiento inimaginable. A través del vínculo, Elara compartía esa sensación, y ambos caminaban en silencio, sosteniéndose mutuamente con la mano y con la presencia.

Morana iba al frente, su rostro una máscara de determinación mezclada con un dolor que no intentaba ocultar. El colgante de la madre de Valdris colgaba de su cuello, y de vez en cuando lo tocaba, como si buscara en él una fuerza que sus propias reservas ya no podían proporcionar.

Caedmon cerraba la marcha, su espada siempre lista, sus ojos escaneando constantemente el horizonte. Pero incluso él, el más pragmático del grupo, mostraba signos de inquietud. El vacío que emanaba del abismo era casi palpable, un hambre que no era física pero que rozaba la piel como un viento helado.

«Allí,» dijo Morana finalmente, señalando hacia adelante.

El Abismo de los Suspiros se abría ante ellos como una boca gigantesca en la tierra. Era una grieta inmensa, de varios kilómetros de longitud, cuyos bordes irregulares parecían haber sido desgarrados por una fuerza inimaginable. De su interior emanaba una luz tenue y enfermiza, y un sonido que era como mil voces susurrando a la vez, un lamento colectivo que daba nombre al lugar.

«Los suspiros de los que han caído y no pueden descansar,» murmuró Lyra, que los había acompañado hasta ese punto pero no podía continuar. Su magia onírica era demasiado sensible a las energías del abismo, y cualquier paso más allá la habría destruido. «Aquí es donde debo quedarme. Tejeré un puente de sueños para que puedan regresar, si es que logran salir.»

Kaito asintió, agradecido. «Espéranos. Volveremos.»

Lyra sonrió débilmente. «Lo sé. Y si no lo hacen, al menos sus sueños vivirán en mí para siempre.»

---

El descenso al abismo fue como adentrarse en el estómago de una bestia dormida. Las paredes de roca negra estaban cubiertas de inscripciones en lenguas olvidadas, algunas tan antiguas que incluso Morana, con sus siglos de conocimiento, no podía descifrar. El aire se volvía más denso con cada paso, y el susurro de las voces se hacía más fuerte, más insistente.

Kaito comenzó a ver formas en la penumbra: siluetas que se movían al borde de su visión, ojos que brillaban desde grietas invisibles, manos que se extendían hacia ellos desde la oscuridad. Pero cuando se volvía para mirar directamente, no había nada. Solo sombras y piedra y ese lamento eterno.

«Son los ecos,» explicó Morana. «Las almas que Valdris ha consumido para alimentar su poder. No pueden lastimarnos directamente, pero pueden... desgastarnos. Hacernos dudar. Perder el enfoque.»

Elara apretó la mano de Kaito. A través del vínculo, compartieron fuerza, recordándose mutuamente por qué estaban allí.

El fondo del abismo era una llanura de roca negra y retorcida, iluminada por una luz fantasmal que parecía provenir de todas partes y de ninguna. En el centro, una estructura se alzaba como un monumento a la desolación: un templo de piedra oscura, construido con ángulos imposibles y adornado con estatuas de criaturas retorcidas que parecían retorcerse de dolor incluso en su inmovilidad pétrea.

Ante la entrada, una figura los esperaba.

No era Valdris. Era una mujer—o lo que había sido una mujer—cuyo cuerpo había sido transformado por la exposición prolongada al vacío. Su piel era gris y translúcida, mostrando venas negras que pulsaban con una luz enfermiza. Sus ojos eran pozos de oscuridad, y de su boca escapaba un susurro constante, como si repitiera una letanía sin fin.

«La primera de sus creaciones,» susurró Morana, con un dolor profundo en la voz. «La que fue su amante, antes de que el odio lo consumiera por completo. La sacrificó para crear al primer Devorador consciente.»

La criatura—cuyo nombre había sido olvidado hacía mucho—alzó una mano descarnada y señaló hacia el interior del templo. No habló, pero su mensaje era claro: Adelante. Él los espera.

---

El interior del templo era un laberinto de pasillos y cámaras, cada una más perturbadora que la anterior. En una, vieron representaciones de la vida de Valdris antes del Culto: su aldea, su familia, su madre. Las imágenes eran hermosas, casi nostálgicas, pero estaban distorsionadas por un filtro de dolor, como si cada recuerdo feliz hubiera sido envenenado por lo que vino después.

En otra cámara, encontraron a los seguidores de Valdris. No eran monstruos, al menos no en apariencia. Eran hombres y mujeres de todas las razas, con rostros marcados por el sufrimiento pero también por una devoción casi religiosa. Cantaban en un lenguaje que Kaito no entendía, pero cuyo significado se filtraba a través de su sentido: el vacío es libertad, el vacío es paz, el vacío es el final de todo dolor.

Morana los observó con una mezcla de horror y reconocimiento. «Son como yo fui,» susurró. «Gente rota que encontró en el odio una respuesta fácil. Gente que prefiere el vacío a enfrentar su propio dolor.»

«¿Podemos ayudarlos?» preguntó Elara.

«No. Ya están demasiado lejos. Lo único que podemos hacer es detener a quien los llevó hasta aquí.»

Siguieron avanzando, dejando atrás a los cantores, hasta que finalmente llegaron al corazón del templo.

Era una cámara circular, inmensa, iluminada por una luz que parecía provenir del vacío mismo. En el centro, flotando sobre un pedestal de roca negra, había un hombre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.