El Despertar

Capitulo 37 segundo arco

Capítulo 37: El Umbral de los Mundos

Inicio del Segundo Arco: "Los Heraldos del Equilibrio"

La luz los envolvió como un abrazo líquido, cálido y frío a la vez, y durante un instante que pudo haber sido un segundo o una eternidad, Kaito perdió toda noción de sí mismo. No había cuerpo, no había pensamiento, solo una conciencia pura flotando en un océano de posibilidades. A través del vínculo, sentía a Elara junto a él, su presencia como un faro en la infinita niebla del tránsito.

«No resistan,» susurró una voz que no era una voz, sino un conocimiento que brotaba directamente en su mente. «Déjense llevar. El umbral los guiará.»

Y entonces, con una sacudida que fue como nacer de nuevo, la realidad se solidificó a su alrededor.

El primer impacto fue el color. No era como los tonos de Aethelgard, ni siquiera como los de su mundo original. Era... más. Como si cada matiz hubiera sido intensificado, llevado al límite de lo concebible. El cielo era de un púrpura profundo salpicado de estrellas que parecían más cercanas, más vivas. El suelo bajo sus pies era una especie de cristal translúcido que dejaba ver capas de luz moviéndose en las profundidades. Y el aire... el aire olía a electricidad y a flores desconocidas, y cada inhalación enviaba pequeñas descargas por sus pulmones.

Kaito cayó de rodillas, aturdido. A su lado, Elara hacía lo mismo, sus marcas plateadas brillando con una intensidad que nunca había mostrado. El vínculo entre ellos pulsaba erráticamente, como si estuviera recalibrándose, adaptándose a las nuevas condiciones.

«¿Dónde...?» comenzó Elara, pero su voz se perdió en el asombro.

A su alrededor, el paisaje era un sueño de geología imposible. Montañas de cristal se elevaban hacia el cielo púrpura, sus cimas perforando nubes que parecían hechas de luz sólida. Ríos de algo que no era agua serpenteaban por valles de arena dorada, y en la distancia, estructuras que podían ser ciudades o formaciones naturales se alzaban con una geometría que desafiaba la lógica.

«No es Aethelgard,» dijo Kaito, poniéndose de pie con dificultad. «Ni mi mundo. Es... otra cosa.»

«Bienvenidos, Heraldos del Equilibrio.»

La voz resonó a su alrededor, pero esta vez no venía de dentro, sino de fuera. Una figura emergió de la luz entre dos montañas de cristal, y cuando se acercó lo suficiente para ser visible, ambos contuvieron el aliento.

Era un ser de una belleza tan extrema que dolía mirarlo. Su forma era vagamente humanoide, pero cambiaba constantemente, como si estuviera hecha de luz líquida. Sus ojos—si es que podían llamarse ojos—eran pozos de conocimiento infinito, y su sonrisa era a la vez maternal y terrible.

«Soy una de las voces que llamaron,» dijo el ser. «En vuestro mundo, nos llamáis Primordiales. Aquí, en este lugar, tenemos muchos nombres. Pero el que importa ahora es este: somos los Guardianes del Equilibrio Interdimensional.»

Kaito sintió que la marca en su pecho—aquel eco del Fragmento—palpitaba con una frecuencia que reconocía. Este ser era de la misma esencia que el Corazón Primordial, aunque diferente, más... consciente.

«¿Por qué nos trajeron aquí?» preguntó Elara, recuperando la compostura. «¿Qué quieren de nosotros?»

El ser sonrió, y su sonrisa contenía eones de paciencia. «No los trajimos. Ustedes eligieron venir. Aceptaron la invitación. Eso ya los distingue de todos los demás que hemos observado a lo largo de los milenios.»

Flotó más cerca, y a su alrededor, el paisaje pareció reconfigurarse, creando un espacio más íntimo, más adecuado para la conversación.

«En vuestro mundo, lograron algo que pocos han conseguido en la historia de esta realidad: establecieron un equilibrio duradero entre fuerzas opuestas. No lo hicieron mediante la fuerza, ni mediante la imposición, sino mediante la elección consciente de cada individuo. Eso es raro. Eso es valioso.»

«¿Y ahora qué?» preguntó Kaito. «¿Nos quedamos aquí? ¿Nos convierten en algo?»

El ser rió, un sonido que era como campanadas de cristal. «No, querido Heraldro. No los convertiremos en nada que no sean ya. Lo que haremos es ofrecerles una misión. La más importante que jamás hayan recibido.»

Una pausa. El paisaje a su alrededor cambió, mostrando imágenes de otros mundos, otras realidades, otras guerras entre fuerzas que no podían comprender.

«Existen infinitas realidades,» continuó el ser. «En cada una de ellas, la Luz y la Sombra luchan por el control. En algunas, la Luz ha triunfado y el mundo es una prisión de pureza estéril. En otras, la Sombra ha vencido y solo queda vacío y desesperación. En muy pocas, como la vuestra, se ha alcanzado un equilibrio. Pero esos equilibrios son frágiles, y necesitan ser protegidos, alimentados, extendidos.»

Las imágenes cambiaron, mostrando ahora mundos en llamas, civilizaciones enteras colapsando, seres sufriendo bajo tiranías de luz o sombra.

«Nosotros, los Guardianes, no podemos intervenir directamente. Nuestra naturaleza nos lo impide. Pero podemos enviar emisarios. Personas que han demostrado su capacidad para construir puentes, para sanar heridas, para elegir el amor sobre el odio.» El ser los miró directamente. «Ustedes son nuestros nuevos emisarios. Los Heraldos del Equilibrio.»

El silencio que siguió fue pesado, cargado de implicaciones que apenas comenzaban a procesar.

«¿Viajar de mundo en mundo?» preguntó Elara. «¿Dejando todo atrás?»

«No todo,» respondió el ser. «Siempre podrán regresar a vuestro hogar. El Refugio, el Eje, vuestros amigos... todo eso seguirá existiendo, y podrán volver cuando lo necesiten. Pero su misión los llevará a lugares lejanos, a realidades donde el equilibrio aún no ha nacido. Serán sembradores de esperanza en tierras yermas.»

Kaito sintió que el vínculo con Elara pulsaba con una mezcla de miedo y emoción. Era una oportunidad increíble, pero también una responsabilidad abrumadora.

«¿Y si fracasamos?» preguntó. «¿Si no podemos ayudar?»




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