Capítulo 38: El Mundo de los Dos Cielos
La luz del portal se deshizo en partículas doradas que danzaron a su alrededor antes de disolverse en el aire. Kaito sintió que sus pies tocaban suelo firme, pero era una firmeza extraña, como caminar sobre la superficie de un líquido espeso que cedía apenas lo suficiente para sostener el peso. Abrió los ojos y lo que vio lo dejó sin aliento.
Estaban en una playa, pero no una playa como las que conocía. La arena era de un blanco cegador, casi luminiscente, y frente a ellos se extendía un océano de aguas tan cristalinas que podían ver el fondo a cientos de metros de profundidad. Pero lo más extraordinario era el cielo: no uno, sino dos cielos se superponían en una danza imposible. Arriba, un firmamento azul con un sol radiante. Pero a través de él, como un fantasma translúcido, se veía otro cielo negro salpicado de estrellas y una luna gigantesca. Ambos existían en el mismo espacio, sin mezclarse, como dos pinturas en el mismo lienzo.
«Es hermoso,» susurró Elara, apretando su mano. Sus marcas plateadas brillaban con una intensidad que reflejaba su asombro.
«Y desconcertante,» añadió Kaito. A través de su sentido—aquel eco del Fragmento que aún residía en él—percibía algo extraño. Era como si el mundo estuviera partido en dos, dos frecuencias que vibraban en el mismo espacio sin tocarse, pero que comenzaban a mostrar signos de interferencia.
El vínculo con Elara pulsó, y ella asintió. «Lo siento también. Es como si hubiera dos realidades superpuestas. No chocan, pero... se rozan. Y esos roces crean tensiones.»
Comenzaron a caminar por la playa, intentando orientarse. La vegetación que bordeaba la costa era igualmente extraña: árboles con hojas de color azul profundo, flores que cambiaban de forma al mirarlas, y pequeñas criaturas que parecían hechas de luz y que se desplazaban en enjambres armoniosos.
Tras media hora de caminata, encontraron el primer signo de vida inteligente.
Era una aldea, construida sobre pilotes en la orilla del océano. Las casas eran de madera clara y conchas marinas, y estaban conectadas por puentes colgantes que se mecían suavemente con la brisa. Pero lo más notable eran sus habitantes: seres humanoides de piel tornasolada y ojos grandes y oscuros, vestidos con túnicas tejidas de algas y fibras vegetales.
Cuando los vieron, los aldeanos se detuvieron en seco. Durante un largo momento, nadie se movió. Luego, una mujer—de aspecto anciano pero con una vitalidad que desmentía su edad—se adelantó y habló en un idioma que Kaito no entendía.
Pero el vínculo con Elara, y quizás la bendición de los Primordiales, hizo su trabajo. Las palabras se tradujeron en su mente, no como lenguaje, sino como significado puro.
«Forasteros,» dijo la anciana. «Hace mil años que ningún forastero pisa estas playas. ¿Quiénes sois y de dónde venís?»
Kaito dio un paso adelante, mostrando las manos vacías en señal de paz. «Venimos de muy lejos. De otro mundo. Y hemos sido enviados para ayudar.»
Los aldeanos murmuraron entre sí. La anciana los estudió largamente, sus ojos profundos escudriñando sus rostros, sus ropas, sus auras.
«Ayudar,» repitió. «¿Y qué sabéis vosotros de nuestras necesidades, forasteros? ¿Qué sabéis de la Grieta?»
«La Grieta,» repitió Elara. «¿A qué os referís?»
La anciana señaló el cielo, donde los dos firmamentos se superponían. «El mundo está roto, forasteros. Desde tiempos inmemoriales, hemos vivido en nuestra realidad, la del Día Eterno. Pero hace unas generaciones, comenzamos a ver... sombras. Visiones de otro mundo que se filtra en el nuestro. Al principio eran solo sueños, después reflejos en el agua, y ahora...» Señaló hacia el horizonte, donde una zona del cielo parecía distorsionada, como un espejismo. «Ahora la Grieta se está abriendo. Pronto, los dos mundos colisionarán. Y cuando lo hagan, todo lo que conocemos será destruido.»
Kaito y Elara intercambiaron una mirada. Esto era exactamente de lo que El Observante les había hablado.
«¿El otro mundo?» preguntó Kaito. «¿Qué sabéis de él?»
Los aldeanos se miraron incómodos. La anciana respondió: «Sabemos que es la Noche Eterna. Un mundo de oscuridad perpetua, donde nuestros ancestros creen que fueron desterrados los espíritus malignos. Pero las visiones nos muestran algo diferente: seres como nosotros, pero adaptados a la noche. Con sus propias aldeas, sus propias familias, sus propias vidas. No son demonios. Son... personas. Como nosotros.»
«¿Y habéis intentado comunicaros con ellos?»
«¿Cómo? No podemos cruzar la Grieta. Quienes lo intentan, desaparecen. Y los que vienen de allá... tampoco regresan. Hay miedo, forasteros. Miedo a lo desconocido. Miedo a que el otro lado quiera destruirnos.»
Elara sintió que el vínculo pulsaba con una idea. «¿Y si os ayudamos a comunicaros? ¿Y si podemos cruzar la Grieta y hablar con ellos?»
La anciana la miró con asombro. «¿Podríais? ¿Vosotros, que venís de más allá de los mundos?»
«Podemos intentarlo,» respondió Kaito. «Para eso estamos aquí.»
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Los aldeanos los acogieron con una mezcla de esperanza y recelo. Les ofrecieron una casa en los pilotes, alimentos que sabían a mar y cielo, y respondieron a todas sus preguntas con una paciencia que hablaba de su desesperación.
Aprendieron que el mundo se llamaba Aethel—coincidencia o eco de su propio mundo—y que estaba dividido en dos realidades: el Día Eterno y la Noche Eterna. En el Día Eterno, el sol nunca se ponía, y los habitantes, los Luminios, vivían en una civilización basada en la luz, la claridad y la certidumbre. En la Noche Eterna, la luna y las estrellas eran las únicas fuentes de luz, y los Umbríos habían desarrollado una cultura de la sombra, el misterio y la intuición.
Ambos ignoraban la existencia del otro hasta que la Grieta comenzó a manifestarse. Ahora, con el debilitamiento de la barrera, las visiones se volvían más frecuentes, y el miedo crecía en ambos lados.