El Despertar

Capitulo 40

Capítulo 40: El Observador en la Sombra

El regreso al Umbral de los Mundos fue más suave que la primera vez. La luz del portal los depositó en el mismo claro de cristal donde habían conocido a El Observante, pero algo había cambiado. El cielo púrpura parecía más oscuro, las montañas de cristal vibraban con una frecuencia diferente, y en el aire flotaba una tensión que no estaba antes.

Kaito sintió que el vínculo con Elara pulsaba con una alerta sutil. No era peligro inminente, pero era... presencia. Algo los observaba, como la figura en la distorsión del Mundo de los Dos Cielos.

«Lo sentiste también, ¿verdad?» preguntó Elara, sus marcas plateadas brillando con un tono más defensivo de lo habitual.

«Sí. Algo nos sigue. O nos espera.»

La voz de El Observante resonó antes de que pudieran decir más, pero esta vez no era la misma calma de antes. Había urgencia en sus palabras, un filo de preocupación que no esperaban.

«Heraldos. Habéis hecho bien en regresar. El Mundo de los Dos Cielos está en camino hacia el equilibrio. Pero hay asuntos más urgentes que requieren vuestra atención.»

La figura de luz líquida emergió entre dos pilares de cristal, pero su forma era menos definida, más agitada. Las ondas de su superficie se movían erráticamente, como un mar en tormenta.

«¿Qué ocurre?» preguntó Kaito, con el cuerpo ya en alerta.

«Algo que creíamos contenido ha comenzado a despertar. Algo anterior incluso a nosotros, los Primordiales. Algo que no debería existir en ningún mundo equilibrado.»

El Observante hizo un gesto, y el espacio a su alrededor se llenó de imágenes. Eran mundos—docenas, cientos—y en cada uno, una sombra se extendía. No era la Sombra que conocían, la fuerza opuesta a la Luz. Era algo más profundo, más antiguo. Era el Vacío antes de que existiera algo que llenarlo.

«¿Qué es eso?» susurró Elara.

«El Observador. No tiene nombre en ningún idioma que los mortales puedan pronunciar. Es la conciencia que quedó cuando el primer universo colapsó sobre sí mismo, la memoria de lo que existía antes de que existiera algo. Durante eones, ha dormido en los pliegues de la realidad, observando, esperando. Pero ahora... ahora está despertando.»

Las imágenes cambiaron, mostrando la figura que habían visto en la Grieta. Pero ahora era más clara, más definida. No tenía forma fija, pero su presencia era inconfundible: un agujero en la realidad, un lugar donde el color se desvanecía, donde la luz se doblaba, donde la esperanza misma parecía filtrarse como arena entre los dedos.

«¿Y qué quiere?» preguntó Kaito.

«Completar lo que empezó. Colapsar todas las realidades en una sola, en el Vacío primordial. No por maldad, como entenderíais vosotros. Es su naturaleza. Como el fuego quema y el agua fluye, él observa y, al observar, consume. Cada realidad que contempla se debilita. Cada mundo que visita comienza a desmoronarse. Y ha estado observando muchos mundos. Durante mucho tiempo.»

Elara apretó la mano de Kaito, y a través del vínculo, compartieron el peso de lo que estaban escuchando. No era una batalla entre Luz y Sombra. Era algo más grande. Algo que amenazaba no solo un mundo, sino todos los mundos.

«¿Por qué nos mostraste el Mundo de los Dos Cielos?» preguntó Kaito. «¿Fue solo para probarnos?»

«Fue para prepararos. Y también porque ese mundo, por su propia naturaleza dividida, era el más vulnerable. El Observador había comenzado a mirarlo. Vuestra presencia allí, vuestra ayuda para sanar la Grieta, lo alejó. Pero no lo detuvo. Solo lo redirigió.»

«¿Hacia dónde?»

El Observante dudó, y en esa duda, Kaito vio algo que no esperaba: miedo. Un ser que había existido desde el principio de los tiempos, temblaba ante lo que iba a decir.

«Hacia vuestro mundo. Hacia Aethelgard. Hacia el Refugio.»

El impacto de esas palabras fue como un puñetazo en el pecho. Kaito sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Elara palideció, sus marcas plateadas titilando erráticamente.

«No,» susurró ella. «No puede ser. Hicimos todo para protegerlo. Construimos un equilibrio. Sembramos semillas por todo Aethelgard...»

«Y por eso es ahora el objetivo. El Observador no ataca el desequilibrio, Heralda. Ataca el equilibrio mismo. Porque el equilibrio es orden, es vida, es posibilidad. Y el Vacío solo puede existir donde no hay nada. Por eso necesita destruir lo que habéis construido.»

Kaito sintió que la marca en su pecho—el eco del Fragmento—ardía con una intensidad que no había sentido desde la batalla contra Valdris. No era dolor, era urgencia. Era la tierra misma llamándolos de regreso.

«Tenemos que volver,» dijo, sin dudar. «Ahora.»

«No será fácil. El Observador ha comenzado a distorsionar los caminos entre mundos. Los portales que usáis pueden llevaros a lugares equivocados, tiempos equivocados. Pero hay una ventana. Un momento en que su atención se desvía. Si partís ahora, podréis llegar antes de que su influencia sea total.»

«Entonces vamos,» dijo Elara, con una determinación que recordaba a la que tuvo cuando decidió huir del Bosque Cantor. «No vamos a dejar que destruya lo que construimos.»

El Observante activó el portal, pero esta vez la luz era diferente. Más tenue, más vacilante. A su alrededor, el Umbral de los Mundos temblaba, como si también él sintiera la presencia del Observador.

«Llevad esto,» dijo El Observante, y de su pecho de luz líquida emergió un pequeño cristal, púrpura y plateado, que flotó hacia Kaito. «Es un fragmento de nuestra esencia. Os ayudará a resistir la influencia del Vacío. Y recordad: el Observador no puede ser destruido. Es parte del tejido de la realidad, tanto como nosotros. Pero puede ser... distraído. Puede ser... contenido. Buscad su punto ciego. Su única debilidad.»

«¿Cuál es?» preguntó Elara.

«Él observa. Pero no puede observar todo a la vez. Y hay algo que nunca ha visto. Algo que no existía antes de que vosotros lo crearais.»




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