El Despertar

Capitulo 41

Capítulo 41: La Última Raíz

La luz que brotaba del cráter no era como ninguna que Kaito hubiera visto antes. Era suave y feroz a la vez, cálida como un abrazo y fría como el vacío interestelar. En su centro, algo se movía, algo que crecía con una rapidez que desafiaba toda lógica vegetal. Una raíz. Delgada, casi transparente, pero innegablemente viva, emergía de la tierra yerma donde el Eje había estado.

El Observador se detuvo. Por primera vez desde que apareciera, su forma fluctuó, como si algo lo hubiera sorprendido.

«¿Qué es esto?» Su voz, antes segura, ahora tenía un matiz de algo que podría ser... ¿incertidumbre? «El Eje fue consumido. Lo observé. Lo sentí desmoronarse. No debería quedar nada.»

Elara apretó la mano de Kaito. A través del vínculo, sintió lo mismo que él: esa raíz no era solo una superviviente. Era algo nuevo. Algo que no existía antes de que el Observador intentara consumir el Eje.

«El equilibrio no es algo que puedas consumir,» dijo Elara, y su voz tenía una seguridad que parecía crecer con cada palabra. «Es un proceso. Una elección. Una red de relaciones. Puedes destruir un árbol, pero no la semilla que ya ha germinado en otros lugares. Puedes matar a una persona, pero no el amor que sembró en quienes la conocieron.»

Kaito entendió entonces. Las semillas. Las siete semillas que habían enviado por todo Aethelgard. El Eje en el Refugio había sido el primero, el más grande, el más visible. Pero no era el único. Los nuevos Ejes que crecían en el Bosque Cantor, en las Montañas Humeantes, en las Llanuras Sangrientas... todos estaban conectados. Todos eran parte de lo mismo.

«Redes,» murmuró el Observador, y por primera vez, su voz sonó menos como un juicio y más como un pensamiento en voz alta. «Construisteis una red. No un punto, no una fortaleza. Una red que se extiende por todo vuestro mundo. Invisible, pero presente.»

La raíz crecía ahora con más rapidez. De su extremo brotó un tallo, y del tallo, una pequeña hoja plateada que brillaba con la luz de mil estrellas.

Kaito sintió que el cristal que El Observante le había dado pulsaba con una frecuencia que resonaba con esa hoja. No era magia, no era poder. Era... reconocimiento. El Umbral de los Mundos reconocía en este nuevo brote algo que no había visto desde el principio de los tiempos.

«No es solo una red,» dijo Kaito, avanzando hacia la raíz. El Observador no se movió para detenerlo; parecía hipnotizado por lo que veía. «Es un nuevo tipo de tejido. Luz y sombra, sí. Pero también memoria. Elección. Amor. Cosas que no se pueden observar desde fuera. Cosas que solo existen cuando se viven desde dentro.»

«Y tú crees que eso puede detenerme.» No era una pregunta.

«No. Creo que puede darte algo que nunca has tenido.»

El Observador fluctuó, su forma de vacío expandiéndose y contrayéndose como un pulso cardiaco.

«¿Y qué es lo que me falta? ¿Qué podría tener el Vacío que no tenga ya?»

Elara se acercó a Kaito, sus marcas plateadas brillando en sincronía con la nueva raíz. Juntos, frente al ser que había observado el nacimiento y la muerte de incontables universos, respondieron:

«Un lugar al que pertenecer.»

El silencio que siguió fue tan profundo que Kaito podía oír el latido de su propio corazón. El Observador no se movía, no hablaba, pero algo en su ausencia había cambiado. Como si la pregunta hubiera tocado una fibra que ni él mismo sabía que tenía.

«Pertenecer,» repitió, y la palabra sonó extraña en su voz de vacío. «Los seres como yo no pertenecemos. Somos lo que queda cuando nada pertenece. El eco de lo que fue antes de que existiera el concepto mismo de pertenencia.»

«Entonces aprende,» dijo Kaito. «Así como nosotros aprendimos. Como Morana aprendió. Como Valdris aprendió. Como todo el Refugio aprendió. Nadie nace sabiendo pertenecer. Se aprende. Se elige. Se construye.»

La raíz había crecido hasta alcanzar la altura de su cintura. Ahora tenía varias hojas, y en su centro, un pequeño brote que prometía ser una flor. No era el Eje original, pero era algo. Algo que no existía antes.

El Observador se inclinó sobre la planta, su forma de vacío rozando las hojas sin consumirlas. Por primera vez desde que llegó, su presencia no era destructiva. Era... contemplativa.

«He observado millones de mundos,» dijo lentamente. «He visto nacer y morir civilizaciones. He presenciado el amor, el odio, la creación, la destrucción. Siempre desde fuera. Siempre observando. Nunca... participando.»

«Esa es tu prisión,» dijo Elara. «La que tú mismo construiste. Pero no tienes por qué quedarte en ella.»

«¿Y qué me ofrecéis? ¿Un lugar en vuestro pequeño mundo de equilibrios frágiles?»

«Te ofrecemos una opción,» respondió Kaito. «La misma que nos ofrecieron a nosotros cuando nada más teníamos. La opción de ser parte de algo. De elegir, en lugar de solo observar. De sentir, en lugar de solo consumir.»

El Observador se enderezó, su forma fluctuando lentamente. Kaito no podía leer expresiones en ese rostro de ausencia, pero algo en la tensión de su presencia le decía que estaban en el filo de algo. Algo que podía salvar el Refugio... o destruirlo para siempre.

«Y si elijo no aceptar. Si elijo seguir mi naturaleza. ¿Qué haréis entonces?»

Kaito sintió que el vínculo con Elara pulsaba con una certeza que no necesitaba palabras. No era miedo. No era desafío. Era algo más.

«Entonces nos resistiremos. No con odio, no con violencia. Con esto.» Señaló la raíz que crecía, los nuevos Ejes que se extendían por todo Aethelgard, la red de elecciones y afectos que habían tejido. «Cada vez que consumas algo, brotará algo nuevo. Cada vez que destruyas un equilibrio, otro crecerá en su lugar. Porque el equilibrio no es una cosa. Es un proceso. Y los procesos no pueden ser consumidos. Solo... ignorados.»

«¿Me ignoraríais?» El Observador sonó casi ofendido.

«Te ofreceríamos otra cosa,» dijo Elara. «Un lugar en la red. Un lugar donde observar no sea consumir, sino aprender. Donde tu presencia no sea una amenaza, sino una oportunidad. Donde puedas, por primera vez, no solo ver, sino ser visto.»




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