La forja rugía como el corazón ardiente de Zulkadim.
El eco del metal golpeado retumbaba entre las gruesas paredes de piedra mientras columnas de humo ascendían lentamente hacia las aberturas del techo. Las llamas del horno teñían el taller de tonos anaranjados y azulados, y el aire estaba cargado con el olor del hierro fundido, carbón y Fitdril caliente.
CLANG.
El martillo descendió con demasiada fuerza.
La hoja incandescente se deformó sobre el yunque.
—Otra vez.
La voz grave de Shinmar llenó la herrería.
Aeline apretó los dientes mientras apartaba un mechón de cabello plateado de su rostro sudoroso. El calor del horno hacía arder su piel pese al frío brutal que reinaba en el exterior.
Volvió a levantar el martillo.
Las chispas saltaron sobre el yunque como diminutas estrellas.
Pero el metal volvió a doblarse mal.
Shinmar soltó un resoplido cansado.
—Estás intentando dominar el metal.
El enorme Infrik avanzó lentamente hasta colocarse junto a ella. Era alto incluso para los de su raza; ancho de hombros, marcado por cicatrices antiguas y años enteros trabajando en las forjas de Fvergur. Su piel azul grisácea reflejaba la luz del horno como roca helada bajo el amanecer.
Tomó el martillo de las manos de Aeline y golpeó el Fitdril una sola vez.
CLANG.
El sonido fue distinto.
Más limpio.
Más profundo.
Casi musical.
—El hierro se fuerza —dijo—. El Fitdril se escucha.
Aeline observó la hoja con frustración.
El metal helado seguía emitiendo un tenue brillo azul incluso dentro del horno. Era uno de los minerales más valiosos de Fvergur, utilizado desde generaciones antiguas para forjar armas capaces de resistir el hielo corrupto.
Pero trabajar el Fitdril requería paciencia.
Y la paciencia empezaba a agotársele.
—Lo intento, padre.
Shinmar la observó en silencio durante unos segundos antes de devolverle el martillo.
—No golpees con rabia. Golpea con intención.
Aeline respiró lentamente.
Escuchó el fuego. El viento colándose por las grietas de piedra. El crujido del metal enfriándose.
Entonces golpeó.
CLANG.
Esta vez el Fitdril cedió correctamente.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Shinmar.
—Mejor.
Aquella única palabra bastó para llenar el pecho de Aeline de orgullo.
Desde niña había amado la herrería más que cualquier otro lugar de Zulkadim. Allí el fuego protegía del invierno eterno de Fvergur. Allí las historias se contaban entre martillos y brasas, mientras los ancianos hablaban de guardianes antiguos y espíritus que caminaban bajo las auroras.
Shinmar rara vez participaba en aquellas historias.
Mucho menos hablaba del pasado.
Por eso la sorprendió cuando preguntó:
—¿Otra vez pensando demasiado?
Aeline bajó ligeramente la mirada.
—Solo me preguntaba cómo era ella.
El enorme Infrik ajustó el carbón del horno antes de responder.
—Tu madre odiaba el frío de Fvergur. Decía que incluso la nieve aquí parecía observarte.
Aeline sonrió apenas.
—¿Y cómo era?
El silencio se prolongó demasiado.
—Como el viento antes de una tormenta.
Aquella respuesta dejó más preguntas que respuestas.
Como siempre.
Aeline observó su reflejo sobre una pieza pulida de metal.
Ojos dorados. Cabello plateado. Rasgos distintos a los de cualquier Infrik.
En Zulkadim todos sabían que era mestiza, aunque pocos se atrevían a decirlo directamente.
Y a veces, en los momentos de mayor silencio, sentía que algo dentro de ella pertenecía a otro lugar.
Horas después, la nieve cubría completamente las calles de piedra de Zulkadim.
El viento soplaba entre las estructuras excavadas en la montaña mientras grupos de guerreros regresaban de las rutas heladas montados sobre enormes bestias adaptadas al frío extremo. Las chimeneas iluminaban el poblado con destellos cálidos que contrastaban contra la inmensidad blanca de Fvergur.
Aeline ajustó las últimas correas de su carruaje con satisfacción.
Había tardado años en construirlo.
Ligero. Flexible. Capaz de soportar caminos imposibles.
Incluso Shinmar había admitido que era un diseño brillante.
Kelyn, su corcel blanco, golpeó la nieve con impaciencia.
—Ya lo sé —dijo ella acariciándole el cuello—. Tú también quieres salir de Zulkadim.
El viaje hacia las minas orientales sería su primera travesía completamente sola.
Intentaba aparentar calma.
Pero en realidad estaba nerviosa.
La puerta de la herrería se abrió detrás de ella.
Shinmar apareció envuelto en humo cálido y luz anaranjada. Llevaba un arco de madera oscura en una mano y una espada corta de Fitdril en la otra.
—Por si el bosque decide probarte.
Aeline tomó ambas armas lentamente.
—No voy a cruzar media Fvergur.
—No necesitas hacerlo para encontrar problemas.
Aquella respuesta borró parte de su sonrisa.
Shinmar colocó una enorme mano sobre su hombro.
—Escucha el viento. Observa las huellas. Y nunca ignores el silencio del bosque.
Aeline asintió.
Entonces varios Cuervos Azoado comenzaron a volar sobre Zulkadim lanzando chillidos agudos.
Shinmar levantó la vista de inmediato.
Su expresión cambió.
Los Cuervos Azoado rara vez descendían cerca de asentamientos Infrik.
Solo lo hacían antes de grandes tormentas.
O cuando algo perturbaba los bosques de Fvergur.
—Quédate en los caminos principales —dijo finalmente.
—Padre…
—Promételo.
Aeline dudó unos segundos antes de asentir.
—Lo prometo.
Pero incluso después de escucharla, Shinmar siguió observando el cielo como si esperara algo peor que una tormenta.
El bosque estaba demasiado callado.
Las ruedas del carruaje crujían sobre la nieve endurecida mientras la niebla descendía entre los árboles en corrientes plateadas. No había aves. Ni movimiento entre las ramas. Ni siquiera el lejano aullido de los Lobos Hieloglifo.
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Editado: 20.05.2026