Las luces azules flotaban entre los árboles como estrellas atrapadas en la niebla.
Aeline no podía apartar la mirada de ellas.
Sentía algo extraño en el pecho. Una sensación cálida y lejana, como un recuerdo enterrado intentando despertar.
Tarion dio un paso frente a ella.
—No las mires demasiado tiempo.
La voz del guerrero rompió el hechizo.
Aeline parpadeó varias veces.
—¿Qué son?
—Naar’Fyel.
El nombre recorrió el bosque como un susurro antiguo.
Tarion mantuvo la vista fija sobre las luces.
—Aparecen donde el velo entre el mundo espiritual y el nuestro se debilita.
—¿Espíritus?
—No exactamente.
Las llamas azules comenzaron a girar lentamente entre la niebla.
—Algunos creen que son recuerdos. Otros dicen que son fragmentos de almas perdidas durante la antigua corrupción.
Una de las luces descendió frente a Aeline.
Y por un instante escuchó una voz.
—Aeline…
La joven retrocedió sobresaltada.
Tarion la sujetó del brazo y la apartó.
—¡No las escuches!
La pequeña llama azul tembló antes de alejarse.
—Dijo mi nombre…
Tarion endureció la expresión.
—Entonces esto es peor de lo que pensaba.
—¿Qué significa eso?
El guerrero dudó unos segundos.
Por primera vez parecía debatirse entre hablar… o callar.
—Significa que algo en este bosque reaccionó a ti.
Aeline sintió la frustración crecer lentamente.
—Toda mi vida la gente habla como si yo fuera distinta.
Tarion la observó directamente.
—Porque probablemente lo eres.
El silencio cayó entre ambos.
Pero esta vez Aeline no respondió con rabia.
Solo cansancio.
—Entonces explícame de una vez qué está pasando.
Tarion apartó la mirada hacia la niebla.
—Shinmar intentó mantenerte lejos de todo esto.
—¿De qué exactamente?
El joven guerrero respiró hondo antes de responder.
—De algo que lleva demasiado tiempo dormido.
El rugido atravesó las montañas segundos después.
Profundo. Antiguo.
Kelyn retrocedió nervioso mientras la niebla comenzaba a moverse entre los árboles.
Tarion tensó la mano alrededor de su espada.
—Nos encontraron demasiado rápido.
Las primeras siluetas aparecieron entre la ventisca.
Criaturas deformadas. Cuerpos atravesados por grietas negras. Ojos vacíos.
Aeline sintió el miedo cerrándose alrededor de su pecho.
Había demasiadas.
Tarion dio un paso adelante.
—Cuando empiece a moverme, corre hacia el bosque del este.
—¿Qué?
—No discutas.
—¡No voy a dejarte aquí!
Por primera vez Tarion mostró una leve expresión de incredulidad.
Casi una sonrisa cansada.
—Créeme. Eso no me preocupa.
Las criaturas rugieron al unísono.
Y el bosque entero se lanzó sobre ellos.
El combate convirtió el claro en un caos de hielo y oscuridad.
Tarion se movía con precisión brutal, atravesando criaturas corruptas mientras las runas de su espada dejaban destellos azulados en medio de la tormenta.
Aeline disparaba desde atrás.
Respira. Escucha. Observa.
Las enseñanzas de Shinmar inundaron su mente.
Entonces vio los núcleos.
Pequeños destellos negros latiendo dentro de las grietas corruptas.
Disparó.
La criatura explotó en ceniza oscura.
—¡Así! —gritó Tarion.
Pero el bosque rugió otra vez.
Algo enorme descendió desde los árboles.
El impacto hizo temblar el suelo.
La criatura medía más de cuatro metros. Una mezcla imposible entre oso y alce, cubierta de cristal negro.
Tarion maldijo en voz baja.
—Un Devorador…
El monstruo cargó.
La colisión entre ambos sacudió el bosque.
Tarion bloqueó el golpe con dificultad.
La fuerza del impacto lo obligó a retroceder varios pasos sobre la nieve.
Aeline abrió los ojos sorprendida.
Hasta ese momento el guerrero había parecido invencible.
Ahora podía ver el agotamiento en su respiración.
La tensión en sus movimientos.
La forma en que apretaba la mandíbula para ignorar el dolor.
Era fuerte.
Extraordinariamente fuerte.
Pero seguía siendo humano.
Entonces las luces azules regresaron.
Decenas. Quizá cientos.
Los Naar’Fyel comenzaron a girar alrededor de Aeline.
Las voces regresaron.
—Despierta…
El tiempo pareció detenerse.
La nieve quedó suspendida en el aire.
Los ojos de Aeline comenzaron a brillar con un tenue resplandor dorado.
Tarion la vio.
Y por primera vez desde que apareció… perdió completamente la compostura.
La figura hecha de luz azul descendió lentamente frente a ella.
Alta. Elegante. Con rasgos cubiertos por un velo luminoso.
Aeline sintió un vacío en el pecho.
Porque aquella presencia le resultaba familiar.
La figura extendió lentamente una mano.
—Aethra…
El nombre atravesó la mente de Aeline como un eco olvidado.
Imágenes fragmentadas inundaron sus pensamientos.
Torres cubiertas de hielo. Auroras azules. Una mujer de ojos dorados sosteniéndola cuando era niña.
—¿Quién eres…?
La figura no respondió.
Tarion gritó desde el otro extremo del claro:
—¡NO LA TOQUES!
El tiempo volvió de golpe.
El Devorador rugió.
Las criaturas se movieron nuevamente.
Y Aeline cayó de rodillas jadeando.
La llegada del Zurine cambió el bosque entero.
El gigantesco Zurine descendió desde la tormenta envuelto en viento y escarcha.
Las criaturas corruptas retrocedieron.
Incluso el Devorador dudó.
Aeline apenas podía respirar.
Había escuchado historias sobre los Zurines desde niña.
Guardianes antiguos de Fvergur. Criaturas nacidas del hielo y el viento.
Pero jamás había imaginado algo así.
El Zurine era inmenso. Majestuoso. Y aterrador.
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Editado: 20.05.2026