El Despertar Bajo el Hielo

Capítulo III — Cenizas Bajo la Nieve

La tormenta comenzó a calmarse poco después de que los Custodios desaparecieran entre la niebla.

El bosque recuperó lentamente sus sonidos: el crujido de las ramas cubiertas de hielo, el viento atravesando los pinos y la respiración agitada de Kelyn junto al carruaje volcado.

Aeline seguía inmóvil sobre la nieve.

Tenía las manos temblando.

No por el frío.

Todo había ocurrido demasiado rápido.

Las criaturas. Las voces. La luz azul en las montañas.

Y aquella mujer.

Cerró los ojos con fuerza intentando apartar la imagen de su mente, pero seguía allí: el cabello plateado moviéndose bajo una luz helada y aquellos ojos dorados idénticos a los suyos.

—Aeline.

La voz de Tarion la obligó a volver al presente.

El guerrero estaba recogiendo lentamente su espada de la nieve. La corrupción seguía extendiéndose por parte de su brazo izquierdo, aunque ahora las venas negras parecían haberse detenido cerca del hombro.

Aun así, el esfuerzo comenzaba a notarse en su rostro.

Aeline observó la herida unos segundos antes de hablar.

—Necesitas descansar.

—He estado peor.

—Eso no responde nada.

Tarion soltó una leve exhalación, casi parecida a una risa cansada.

Después se apoyó un momento contra un árbol cubierto de escarcha.

El silencio entre ambos se volvió incómodo.

Aeline no sabía qué decir.

Ni siquiera entendía qué debía sentir.

Parte de ella quería hacer preguntas hasta obtener respuestas.

Otra parte solo quería volver a Zulkadim y fingir que aquella noche nunca había ocurrido.

El Zurine permanecía echado cerca del límite del bosque.

Ahora que el combate había terminado parecía distinto. Más tranquilo. Menos aterrador que durante la batalla.

Las enormes escamas azul plateadas reflejaban la luz tenue de la nieve, y pequeñas corrientes de vapor escapaban lentamente de su hocico cada vez que respiraba.

Aeline lo observó con cautela.

—¿Se quedará aquí?

Tarion siguió su mirada.

—Supongo.

—¿Supongo?

—Los Zurines hacen lo que quieren.

La respuesta la habría irritado en otro momento, pero estaba demasiado agotada para discutir.

Se acercó lentamente a la criatura.

El enorme guardián levantó apenas la cabeza al verla aproximarse.

Sus ojos azules permanecieron fijos en ella.

Aeline tragó saliva.

De cerca era todavía más grande de lo que había imaginado.

Podía ver marcas antiguas recorriendo parte de su cuerpo, como cicatrices ocultas bajo las escamas. Algunas parecían naturales. Otras recordaban símbolos grabados hace muchísimo tiempo.

Extendió una mano con cuidado.

El Zurine no se movió.

Cuando sus dedos tocaron las escamas del cuello, una extraña sensación cálida recorrió su brazo.

No era desagradable.

Era… calma.

Por primera vez desde el ataque, el temblor de sus manos comenzó a desaparecer.

—Tus escamas parecen plata bajo la nieve —murmuró casi sin pensar.

El Zurine cerró lentamente los ojos.

Aeline sonrió apenas.

—Silver.

Tarion levantó una ceja desde el otro lado del claro.

—¿Acabas de ponerle nombre a un guardián ancestral?

—No parece molestarle.

El guerrero observó cómo la criatura volvía a acomodarse sobre la nieve.

—Eso es lo preocupante.

Aquello arrancó la primera risa genuina de Aeline desde el ataque.

Pequeña y breve.

Pero real.

Tarion la observó unos segundos en silencio antes de apartar la mirada.

Después comenzó a revisar el carruaje dañado.

La rueda izquierda estaba parcialmente rota y uno de los laterales había quedado destrozado por el impacto de la criatura corrupta.

Aeline se acercó inmediatamente.

—Espera, puedo arreglarlo.

—Deberías descansar.

—Si dejo de moverme voy a empezar a pensar demasiado.

Tarion no discutió eso.

Trabajaron varios minutos en silencio. Aeline ajustaba las piezas de madera mientras Tarion levantaba el eje dañado con una fuerza que claramente ya no debería tener.

El viento soplaba con suavidad entre los árboles.

Mucho más tranquilo que antes.

Aunque cada cierto tiempo Aeline seguía mirando de reojo hacia las montañas del norte.

La luz azul continuaba allí.

Lejana.

Pero visible.

—¿Qué viste realmente? —preguntó de pronto.

Tarion tardó unos segundos en responder.

—¿Durante qué parte?

—Durante todo esto.

El guerrero ajustó una correa del carruaje antes de hablar.

—Criaturas corruptas.

—No me refiero a eso.

Silencio otra vez.

Aeline dejó las herramientas sobre la nieve.

—Todos hablan como si supieran algo sobre mí.

Tarion mantuvo la vista fija en el carruaje.

—No sé tanto como crees.

—Pero sabes algo.

La mandíbula del guerrero se tensó ligeramente.

—Hace años escuché historias. Nada más.

—¿Historias sobre qué?

Tarion dudó.

—Sobre gente capaz de escuchar ciertas cosas.

—¿Como las voces?

Él asintió una sola vez.

—Y la mujer que vi…

Tarion levantó finalmente la mirada hacia ella.

Por primera vez desde que lo conocía parecía genuinamente inseguro.

—Eso no debería haber ocurrido.

Aquella respuesta solo aumentó su frustración.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque es la verdad.

Aeline apartó la mirada con irritación.

No quería seguir presionándolo.

Y sospechaba que, aunque lo hiciera, Tarion seguiría ocultando la mitad de las respuestas.

Kelyn resopló cerca del camino ya más calmado, y Silver levantó ligeramente la cabeza al escuchar el sonido.

El Zurine observó al corcel unos segundos antes de volver a acomodarse sobre la nieve como un enorme animal descansando junto al bosque.

Aeline sonrió apenas.

Todavía le costaba creer que una criatura de leyenda estuviera allí.




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