El Despertar Bajo el Hielo

Capítulo IV — Sombras del Pasado

La noche cayó sobre las montañas mucho antes de que Aeline emprendiera el regreso desde las minas orientales.

El viento descendía desde las cumbres arrastrando nieve y niebla entre los senderos helados mientras el carruaje avanzaba lentamente cargado de Fitdril. A ambos lados del camino, enormes paredes de roca oscura se alzaban cubiertas de escarcha azulada, y más allá de ellas podían distinguirse los interminables bosques de pinos que dominaban el oeste de Fvergur.

Silver caminaba junto al sendero en silencio.

Incluso después de horas, Aeline seguía mirándolo de vez en cuando, incapaz de acostumbrarse del todo a su presencia. El Zurine parecía formar parte del propio invierno; majestuoso bajo la tormenta, con las antiguas runas azuladas recorriendo lentamente partes de su cuerpo y reflejándose sobre la nieve.

Los mineros todavía observaban desde las murallas de las minas cuando ella se marchó.

Algunos con temor.

Otros con auténtica reverencia.

Porque aunque los Zurines pertenecían a las viejas leyendas de Fvergur, los Infrik aún recordaban sus historias.

Guardianes del norte.

Compañeros de los jinetes de la Guardia de la Noche Plateada.

Criaturas nacidas del hielo y el Gikae.

Aeline soltó lentamente el aire mientras acomodaba las mantas sobre el cargamento de Fitdril.

Por primera vez desde el bosque, estaba sola.

O al menos tan sola como podía sentirse alguien acompañada por una criatura legendaria.

Sus pensamientos regresaron inevitablemente a Tarion.

Todavía le costaba entender quién era realmente.

No parecía un mercenario.
Ni un simple viajero.

Había demasiadas cosas en él que no encajaban.

La forma en que reaccionó al verla.
Cómo reconoció a los Custodios.
Las cosas que sabía sobre la corrupción.

Y sobre todo…

la expresión de su rostro cuando escuchó despertar al Sepulcro.

Aeline frunció ligeramente el ceño.

Tarion ocultaba mucho más de lo que decía.

Pero por alguna razón, no sentía que quisiera hacerle daño.

Kelyn resopló avanzando entre la nieve endurecida.

El sendero comenzó a descender lentamente hacia el bosque occidental. Los árboles se volvieron más densos, enormes pinos cubiertos por capas de nieve que apenas dejaban pasar la luz de la luna.

El silencio regresó poco a poco.

Aunque esta vez no resultaba tan amenazante como en el bosque donde conoció a Tarion.

O quizá simplemente empezaba a acostumbrarse.

Silver levantó lentamente la cabeza.

Aeline notó el cambio de inmediato.

El Zurine observaba fijamente la oscuridad entre los árboles.

—¿Qué ocurre?

Silver soltó un gruñido grave.

No agresivo.

Inquieto.

Aeline tensó ligeramente el cuerpo y tomó el arco que descansaba junto al asiento del carruaje.

El viento sopló entre los pinos.

Entonces escuchó voces.

Leves.

Distantes.

Susurros arrastrados por la nieve.

La joven descendió lentamente del carruaje.

—¿Hay alguien ahí?

No obtuvo respuesta.

Solo el bosque moviéndose bajo la tormenta.

Pero los susurros continuaron.

Incomprensibles.

Demasiado cerca.

Aeline tragó saliva mientras el frío le recorría la espalda.

Durante un instante volvió a sentir la misma presión extraña del bosque corrupto. Esa sensación insoportable de que algo invisible la observaba desde la niebla.

Silver avanzó inmediatamente colocándose frente a ella.

Las runas sobre su cuello comenzaron a emitir un tenue resplandor azul.

El aire vibró apenas.

Y los susurros desaparecieron.

De golpe.

El silencio volvió a envolver el bosque.

Aeline permaneció quieta unos segundos antes de bajar lentamente el arco.

—Empiezo a odiar los silencios raros de Fvergur…

Silver giró apenas la cabeza hacia ella.

Y por primera vez, Aeline creyó percibir algo parecido a diversión en los ojos del Zurine.

La joven terminó soltando una pequeña risa cansada.

—No me mires así. Hace dos días mi mayor preocupación era entregar Fitdril sin romper una rueda.

El Zurine soltó un leve resoplido.

Después continuaron avanzando entre los árboles.

Las primeras luces de Zulkadim aparecieron avanzada la noche entre los enormes pinos cubiertos de nieve.

La aldea Infrik se extendía al oeste de las montañas de Fvergur, protegida por una gigantesca empalizada de troncos ennegrecidos y torres de vigilancia levantadas sobre roca helada. Antorchas azuladas ardían entre las murallas mientras columnas de humo escapaban desde los tejados inclinados de madera y piedra.

A diferencia de los asentamientos excavados en las montañas orientales, Zulkadim había crecido entre el bosque.

Las enormes viviendas Infrik parecían formar parte de los propios árboles, unidas mediante pasarelas de madera y plataformas reforzadas capaces de soportar el peso de los semigigantes del norte. Tótems antiguos cubiertos de runas protegían algunos caminos interiores, y el eco lejano de las forjas aún resonaba bajo la tormenta.

El corazón de Zulkadim nunca descansaba del todo.

Aeline sintió una punzada de alivio al verla aparecer entre la nieve.

Hogar.

Aunque después de lo ocurrido en el bosque… algo dentro de ella ya no se sentía igual.

Los vigías sobre la empalizada detectaron rápidamente la silueta de Silver avanzando junto al carruaje.

Varias voces resonaron desde las murallas.

—Esperad…

—¿Eso es…?

Uno de los guardias descendió lentamente la lanza.

La sorpresa terminó extendiéndose entre todos.

—Un Zurine…

Los murmullos crecieron entre las torres de vigilancia mientras algunos Infrik abandonaban sus puestos para observar mejor a la criatura.

Incluso entre los clanes del norte, pocos podían afirmar haber visto un Zurine con sus propios ojos.




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