La tormenta arreció sobre Zulkadim durante buena parte de la noche.
El viento descendía desde las montañas orientales golpeando las empalizadas de madera y haciendo crujir las enormes estructuras construidas entre los pinos nevados. Desde las torres de vigilancia, las antorchas azuladas oscilaban bajo las ráfagas mientras la nieve comenzaba a cubrir lentamente los caminos principales de la aldea.
Aeline permanecía en silencio junto al fuego de la herrería.
El calor del horno apenas lograba disipar el frío que llevaba clavado en el pecho desde el bosque.
Shinmar trabajaba frente al yunque sin decir demasiado. El enorme Infrik golpeaba una barra de metal incandescente con movimientos lentos y precisos, dejando que el eco del martillo llenara el taller entre largos silencios.
CLANG.
CLANG.
CLANG.
Aquellos sonidos le resultaban familiares desde niña.
Reconfortantes.
Fuera, el viento rugía entre los árboles de Fvergur. Dentro de la herrería, todo parecía mantenerse igual que siempre.
Y aun así… ya nada lo era.
Aeline observó de reojo a Silver descansando cerca de la entrada abierta del taller. El Zurine permanecía tumbado sobre la nieve como una criatura nacida del propio invierno. Algunos niños Infrik seguían observándolo desde lejos con mezcla de fascinación y temor, escondidos tras barriles y pilares de madera.
Silver ignoraba completamente las miradas.
Parecía acostumbrado.
—Los vigías no han dejado de hablar de él desde que llegaste —murmuró Shinmar finalmente.
Aeline esbozó una leve sonrisa cansada.
—Creo que media aldea piensa que traje un espíritu del bosque.
—La otra mitad piensa que anuncias problemas.
Eso borró parte de su sonrisa.
Shinmar dejó el martillo sobre el yunque y observó el fuego unos instantes antes de continuar.
—Y probablemente tengan razón.
Aeline bajó lentamente la mirada.
Durante varios segundos solo se escuchó el crepitar de las brasas.
Quería preguntar demasiadas cosas.
Sobre Tarion.
Sobre los Custodios.
Sobre el Sepulcro.
Sobre su madre.
Pero cada vez que intentaba ordenar sus pensamientos, todo terminaba mezclándose en su cabeza como un sueño extraño del que todavía no lograba despertar.
—Padre… —murmuró al final—. ¿Qué está ocurriendo realmente?
Shinmar tardó en responder.
Tomó una pieza de Fitdril del horno y el resplandor azulado del mineral iluminó parte de las cicatrices de sus brazos.
—No lo sé del todo.
Aeline frunció ligeramente el ceño.
—Pero sabes más de lo que dices.
El enorme Infrik soltó un resoplido grave.
—Sé lo suficiente como para entender que algo antiguo se está moviendo otra vez en Fvergur.
Golpeó el metal una sola vez.
CLANG.
—Y eso nunca trae nada bueno.
Aeline observó el brillo del Fitdril mientras recordaba las voces del bosque.
La figura luminosa.
La montaña rugiendo bajo el hielo.
Todavía podía sentir aquella llamada extraña latiendo en algún rincón de su mente.
Como si algo distante intentara alcanzarla.
—Tarion dijo que el Sepulcro despertó —susurró—. ¿Sabes qué es?
Shinmar permaneció en silencio demasiado tiempo.
Eso bastó para inquietarla más.
—Hace muchos años —dijo finalmente— los ancianos del norte hablaban de ciudades enterradas bajo el hielo. Lugares sellados después de la Era de la Locura.
Aeline levantó lentamente la mirada.
—¿La Era de la Locura fue real?
Shinmar soltó una pequeña risa seca.
—Claro que fue real. Los Infrik no inventamos historias sobre corrupción porque sí.
El herrero volvió a trabajar el metal antes de continuar.
—Hubo un tiempo en que gran parte del norte cayó. Bosques enteros se pudrieron. Las montañas se abrieron. Criaturas corruptas descendieron desde las profundidades del hielo y arrasaron aldeas enteras.
Las llamas del horno reflejaron algo extraño en sus ojos.
Un recuerdo.
—Muchos reinos lucharon juntos durante aquella época.
Aeline guardó silencio.
Sabía hacia dónde iba aquella conversación.
—¿Svartal también?
Shinmar asintió lentamente.
—Los elfos enviaron sanadores, arqueros y guardianes del bosque. Tu madre llegó a Fvergur durante esos años.
La voz del enorme Infrik sonó más distante.
Menos dura de lo habitual.
—Nunca había visto a alguien como ella.
Aeline sintió un leve nudo en el pecho.
Desde niña había intentado imaginar a Elithanial cientos de veces.
Pero Shinmar rara vez hablaba de ella.
Y cuando lo hacía… siempre parecía escoger cuidadosamente cada palabra.
—¿Cómo era realmente?
El herrero permaneció varios segundos observando el fuego.
—Demasiado distinta a este lugar.
La respuesta hizo que Aeline sonriera apenas.
—Eso no explica nada.
Shinmar terminó soltando un leve resoplido.
—Supongo que no.
Dejó finalmente el martillo a un lado y tomó asiento cerca del horno.
—Los elfos de Svartal no son como los humanos describen a los elfos en las historias del sur. No viven obsesionados con guerras o riquezas. Su reino parece… vivo.
Aeline escuchaba en silencio.
—Recuerdo los bosques de Eirdranil extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Árboles más grandes que fortalezas. Ríos tan claros que podías ver el fondo incluso bajo la lluvia.
Por un instante, Shinmar pareció perderse en el recuerdo.
—Y Doradiël…
Su voz se apagó apenas.
—Jamás vi una ciudad igual.
El fuego crepitó suavemente entre ambos.
—Las casas crecían entre árboles colosales como si hubiesen nacido allí. Los puentes brillaban durante la noche con luz azul y verde. Todo olía a lluvia, hojas húmedas y flores extrañas.
Aeline escuchaba fascinada.
Aquello sonaba más cercano a un sueño que a una ciudad real.
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alta fantasia, fantasía épica y oscura, mundo extenso / worldbuilding
Editado: 20.05.2026