La nieve caía lentamente sobre las empalizadas de Zulkadim cuando Aeline abandonó la aldea al amanecer.
Las enormes puertas de madera reforzada permanecían abiertas junto al río parcialmente congelado que descendía desde las montañas del norte, y el humo de las forjas comenzaba a elevarse entre los grandes tejados inclinados de piedra y madera. A esa hora, varios Infrik ya trabajaban descargando mercancías junto a los almacenes cercanos al paso sur, mientras algunos cazadores regresaban desde el bosque cubiertos de nieve hasta las rodillas.
Zulkadim despertaba lentamente.
Y aun así, aquella mañana algo se sentía distinto.
Las miradas seguían persiguiendo a Silver.
El Zurine avanzaba junto al carruaje con la misma calma silenciosa de siempre, indiferente a los murmullos de los aldeanos y al respeto incómodo que parecía despertar a cada paso. Las runas azuladas de su cuerpo brillaban tenuemente bajo la neblina del amanecer, reflejándose sobre el hielo del camino como fragmentos de luna.
Aeline acomodó las riendas de Kelyn mientras observaba por última vez la aldea.
Shinmar seguía junto a la entrada principal.
Inmóvil.
La joven todavía no sabía qué pensar de la conversación de la noche anterior.
Su padre le había contado más sobre los elfos de Svartal que sobre su propia madre. Sobre lagos sagrados, ciudades vivientes y guardianes antiguos. Sobre una mujer de cabellos plateados que parecía pertenecer a un mundo demasiado lejano para alguien como él.
Pero incluso entonces…
Shinmar seguía ocultando cosas.
Aeline podía sentirlo.
El enorme Infrik sostuvo su mirada desde la distancia antes de levantar apenas una mano a modo de despedida.
No hubo más palabras.
Quizá porque ambos sabían que ninguna serviría ya.
Kelyn comenzó a avanzar lentamente y el carruaje abandonó Zulkadim bajo la nieve.
El sendero descendía primero junto al río, atravesando enormes bosques de pinos cubiertos de escarcha azulada. Algunas zonas todavía conservaban restos de antiguos puestos Infrik semienterrados bajo el hielo: torres de vigilancia abandonadas, puentes de madera parcialmente derruidos y viejos tótems cubiertos de runas erosionadas por el tiempo.
Aeline observaba el paisaje en silencio.
Hasta hacía pocos días, aquellos caminos eran simplemente parte de su vida cotidiana. Rutas comerciales hacia las minas orientales. Senderos de caza. Viejas historias contadas junto al fuego.
Ahora todo parecía diferente.
Como si hubiera comenzado a ver algo oculto bajo la superficie de Fvergur.
Silver aminoró ligeramente el paso mientras atravesaban una zona donde el bosque se volvía más denso.
Las enormes ramas cubrían parte del camino y el viento apenas lograba atravesar aquella oscuridad silenciosa. Aeline sintió un leve escalofrío.
Todavía no conseguía olvidar lo ocurrido en el bosque.
Las criaturas corruptas.
Los Custodios.
Las voces.
Tarion.
Su mente regresaba constantemente a él.
La joven frunció ligeramente el ceño mientras ajustaba la capa sobre sus hombros.
No sabía casi nada sobre aquel guerrero, y aun así sentía que muchas respuestas estaban ligadas a él. Demasiadas veces había reaccionado como alguien que conocía secretos antiguos. Como alguien que llevaba años luchando contra cosas que el resto de Fvergur apenas recordaba en leyendas.
Y, sin embargo, también parecía cansado.
No como un héroe de las historias.
Sino como alguien que llevaba demasiado tiempo sobreviviendo.
—¿Los Zurines lo conocían? —preguntó de pronto.
Silver giró apenas la cabeza hacia ella.
—Hace mucho tiempo.
—¿Era parte de la Guardia Plateada?
El silencio se prolongó varios segundos.
—Los caminos de Tarion se alejaron del norte hace años.
Aquella respuesta solo consiguió aumentar sus dudas.
Aeline suspiró resignada.
Empezaba a sospechar que todas las criaturas antiguas disfrutaban respondiendo de la manera más confusa posible.
El bosque comenzó a desaparecer lentamente a medida que avanzaban hacia el interior de Fvergur.
Las montañas se elevaban ahora alrededor del camino formando enormes murallas naturales cubiertas de nieve y hielo azul. Entre las grietas de roca aparecían antiguas ruinas semienterradas: columnas partidas, arcos de piedra agrietados y restos de caminos mucho más antiguos que cualquier asentamiento Infrik.
El viento soplaba con más fuerza allí arriba.
Aeline descendió un momento del carruaje para observar una de las estructuras derruidas junto al sendero. Parte de la piedra estaba cubierta de símbolos apenas visibles bajo la escarcha.
—¿Quién construyó todo esto?
Silver se detuvo algunos metros más adelante.
—Fvergur era distinto antes de la Era de la Locura.
La joven recorrió las ruinas con la mirada.
Le costaba imaginar aquellas montañas llenas de ciudades o fortalezas antiguas. Ahora el reino parecía dominado únicamente por hielo, tormentas y silencio.
—¿La corrupción empezó aquí?
El Zurine permaneció quieto varios segundos antes de responder.
—Comenzó donde el Gikae dejó de ser equilibrio… y se convirtió en ambición.
El viento rugió entre las montañas.
Aeline sintió cierta incomodidad en aquella respuesta.
Porque no hablaba como una leyenda.
Hablaba como un recuerdo.
Continuaron avanzando durante buena parte del día.
A veces el sendero desaparecía bajo capas de nieve y roca, obligándolos a rodear barrancos o atravesar antiguos pasos excavados entre las montañas. En varias ocasiones encontraron restos de campamentos abandonados y pequeñas torres de vigilancia consumidas por el hielo.
Vestigios de un norte que alguna vez estuvo mucho más habitado.
Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las cordilleras, el paisaje volvió a cambiar.
El aire se volvió más frío.
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Editado: 20.05.2026