El Despertar Bajo el Hielo

Capítulo VII — La Lágrima de Hielo

La mañana llegó lentamente al Valle de Ficer.

No hubo amanecer dorado ni cielos despejados sobre las montañas del norte. La luz apareció amortiguada tras gruesas nubes grises, extendiéndose sobre el santuario como un reflejo pálido atrapado bajo la tormenta.

Aeline despertó antes del alba.

Durante unos segundos permaneció inmóvil sobre la cama de piedra y madera, observando la nieve caer al otro lado de la abertura que hacía de ventana. El viento recorría las galerías exteriores del santuario produciendo un murmullo constante entre las estructuras de hielo azul.

El valle entero parecía respirar.

Lento.

Antiguo.

Vivo.

La joven terminó incorporándose con un leve suspiro mientras se frotaba las manos para entrar en calor. Había dormido más de lo que esperaba, aunque el cansancio seguía acumulado en el cuerpo como si los últimos días pesaran semanas enteras.

Silver estaba tumbado junto a la entrada de la estancia.

El Zurine abrió apenas los ojos dorados al verla moverse.

—Empiezo a pensar que nunca duermes de verdad —murmuró ella.

Silver soltó un leve resoplido.

Aeline sonrió apenas.

Todavía le resultaba extraño hablarle como si realmente pudiera entenderla.

Aunque, en el fondo, empezaba a sospechar que sí lo hacía.

Tomó la capa de invierno y salió al exterior.

El frío golpeó inmediatamente su rostro.

La actividad dentro del santuario ya había comenzado. Guardianes y habitantes del valle recorrían las pasarelas cubiertas de nieve mientras las primeras luces azuladas se encendían entre las galerías excavadas bajo la montaña.

Aeline avanzó despacio observando todo a su alrededor.

A diferencia de Zulkadim, donde siempre había ruido de forjas, madera y voces resonando entre las calles, el Valle de Ficer se movía en silencio. Incluso los entrenamientos parecían desarrollarse con una calma extraña, como si cada persona comprendiera instintivamente que aquel lugar exigía respeto.

Silver caminaba detrás de ella con absoluta tranquilidad.

Las miradas no tardaron en aparecer.

Algunos guardianes inclinaban apenas la cabeza al cruzarse con el Zurine.

Otros simplemente observaban en silencio.

La criatura seguía provocando el mismo efecto en casi todos:
admiración mezclada con inquietud.

Aeline terminó deteniéndose junto a uno de los balcones naturales del valle.

Desde allí podía verse gran parte del santuario extendiéndose entre las montañas: puentes suspendidos sobre grietas heladas, columnas cubiertas de runas antiguas y enormes estructuras de piedra integradas directamente en el hielo.

Más allá, ocultas entre la tormenta, se alzaban las cumbres de Fvergur.

Inmensas.

Blancas.

Casi infinitas.

—Empieza a entenderse por qué los extranjeros creen que este reino está maldito.

La voz apareció detrás de ella.

Aeline giró ligeramente la cabeza.

Seralyth avanzaba hacia el balcón cubierta por su larga capa gris azulada. La nieve se acumulaba sobre sus hombros sin que pareciera darle importancia.

—En Zetmogaus creen que aquí solo viven monstruos y locos —continuó la custodia mientras se detenía a su lado.

—Después de lo que he visto estos días… quizá no estén del todo equivocados.

Eso arrancó una leve sonrisa en la mujer.

Seralyth observó entonces a Silver.

—Parece haberse adaptado rápido al valle.

El Zurine permaneció inmóvil junto al borde del balcón mientras el viento agitaba lentamente el pelaje helado de su cuello.

—Creo que le gusta este lugar —dijo Aeline.

—No me sorprende. Los Zurines pertenecieron a estas montañas mucho antes que nosotros.

Aeline bajó lentamente la mirada hacia las grietas azules que recorrían el valle.

—¿De verdad existieron tantos como cuentan las historias?

—Hace siglos sí.

Seralyth apoyó una mano sobre la barandilla cubierta de escarcha.

—La Guardia de la Noche Plateada recorría todo Fvergur. Los antiguos jinetes y los Zurines protegían los pasos del norte, las rutas de montaña y los sepulcros sellados bajo el hielo.

La palabra volvió a provocarle aquella sensación incómoda.

Sepulcros.

Todo terminaba regresando a ellos.

—¿Qué ocurrió?

La expresión de la custodia se volvió más seria.

—La corrupción.

El viento sopló entre ambas.

—Muchos Zurines murieron durante la Era de la Locura. Otros desaparecieron junto a sus jinetes cuando los antiguos reinos del norte cayeron bajo el hielo.

Aeline observó a Silver.

Por primera vez intentó imaginar aquellas montañas llenas de criaturas como él.

Guardianes recorriendo la nieve.

Luces azules atravesando tormentas eternas.

Ahora apenas quedaban leyendas.

Y ruinas.

Seralyth terminó separándose de la barandilla.

—Ven. Hoy comenzaremos con algo importante.

La joven frunció ligeramente el ceño.

—¿Entrenamiento?

—Todavía no.

La custodia comenzó a avanzar por una de las pasarelas del santuario.

—Antes necesitas comprender el vínculo con Silver.

Atravesaron varias galerías excavadas bajo la montaña hasta alcanzar una zona más apartada del valle. Allí el hielo parecía más antiguo. Grandes pilares cristalinos emergían directamente de la roca mientras runas azuladas recorrían las paredes como raíces luminosas.

Aeline sintió inmediatamente el cambio en el ambiente.

El Gikae era más intenso allí.

No agresivo.

Pero sí profundo.

Como una corriente invisible recorriendo el interior del santuario.

Finalmente llegaron a una cámara circular abierta hacia el exterior mediante enormes arcos de piedra.

En el centro descansaban varias estructuras de madera, cuero y metal parcialmente desmontadas.

Aeline parpadeó confundida.

—¿Qué es esto?

—Las antiguas monturas de los guardianes.

Silver avanzó lentamente hacia la sala.




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