El Despertar Bajo el Hielo

Capítulo VIII — El Eco de las Profundidades

Las campanas del Valle de Ficer continuaron resonando durante buena parte de la noche.

Su eco descendía entre las montañas como un lamento antiguo, perdiéndose entre la nieve y las grietas heladas del valle mientras los guardianes recorrían las pasarelas de piedra y escarcha bajo la tormenta creciente.

Aeline apenas había logrado regresar a su estancia.

El ambiente tranquilo que había sentido al llegar al santuario había desaparecido por completo. Ahora, incluso el viento parecía distinto. Más pesado. Más frío. Como si las propias montañas hubieran despertado junto con las alarmas del valle.

Silver permanecía inmóvil cerca de la entrada.

El Zurine mantenía las orejas erguidas y la mirada fija hacia las profundidades del santuario, atento a algo que ella todavía no conseguía percibir.

Aeline se sentó lentamente junto a la pequeña abertura excavada en la roca desde donde podía verse parte del valle iluminado por antorchas azuladas.

No conseguía dejar de pensar en la visión.

La inmensidad blanca bajo el hielo.

Las voces.

Aquella presencia moviéndose lentamente en la oscuridad.

Y ahora el robo del fragmento de la Lágrima de Ficer.

La joven dejó escapar el aire lentamente.

Cada vez entendía menos lo que estaba ocurriendo en Fvergur.

Pero empezaba a comprender algo mucho peor.

Todo parecía conectado desde hacía mucho tiempo.

Los bosques corruptos.

Los sepulcros.

Las criaturas deformadas por el Gikae.

Las antiguas ruinas enterradas bajo las montañas.

Y aquella sensación constante de que algo llevaba siglos aguardando el momento adecuado para despertar.

Unos pasos se aproximaron por el pasillo exterior.

Seralyth apareció poco después en la entrada de la estancia, todavía cubierta por restos de nieve.

La custodia parecía más cansada que antes.

—Los accesos inferiores han sido sellados —dijo finalmente—. Nadie abandonará el santuario hasta que sepamos qué ha ocurrido.

Aeline levantó la mirada.

—¿Creéis que quien robó el fragmento sigue aquí?

Seralyth guardó silencio unos segundos antes de responder.

—No lo sabemos.

La mujer avanzó lentamente hasta observar el valle junto a ella.

—Pero quien lo hizo conocía las galerías antiguas. Nadie habría podido llegar tan lejos sin saber cómo evitar los sellos.

Eso bastó para que el mal presentimiento regresara inmediatamente al pecho de Aeline.

Alguien del santuario.

O alguien que había estado allí antes.

El viento golpeó la abertura de piedra haciendo bailar la nieve en el exterior.

Silver soltó un leve gruñido.

Seralyth observó al Zurine unos instantes.

—Los guardianes están inquietos. Muchos creen que el robo tiene relación con los antiguos sepulcros del norte.

—¿Y tú qué crees?

La custodia tardó en responder.

—Creo que alguien lleva demasiado tiempo buscando reliquias que jamás debieron tocarse.

Aeline frunció ligeramente el ceño.

—¿La Lágrima de Ficer es realmente tan importante?

Seralyth asintió lentamente.

—La reliquia principal permanece sellada en las cámaras profundas desde hace siglos. Lo que han robado no es la Lágrima completa… solo uno de los fragmentos desprendidos durante las antiguas guerras del norte.

La joven sintió un pequeño alivio.

—Entonces la reliquia sigue protegida.

—Sí.

Pero el tono de Seralyth no transmitía tranquilidad alguna.

—Y precisamente por eso esto resulta todavía más preocupante.

Aeline la observó confundida.

La custodia apartó lentamente la mirada hacia las profundidades oscuras del valle.

—Nadie arriesgaría entrar en las cámaras selladas únicamente por un fragmento… salvo alguien que supiera exactamente lo que necesitaba.

El silencio cayó entre ambas.

La nieve continuaba descendiendo lentamente sobre el santuario.

Aeline recordó las historias que Shinmar le contaba durante los inviernos más largos.

Relatos sobre reliquias antiguas.

Sobre guardianes elementales.

Y sobre hombres que perdían el juicio intentando dominar poderes nacidos del Gikae.

—¿Qué puede hacerse con un fragmento así? —preguntó finalmente.

Seralyth no respondió de inmediato.

—Depende de quién lo posea.

Aquella respuesta no ayudó demasiado.

La custodia terminó incorporándose lentamente.

—Descansa mientras puedas. Al amanecer descenderemos a las galerías inferiores.

Aeline abrió ligeramente los ojos.

—¿Por qué yo?

Seralyth observó brevemente a Silver.

—Porque el hielo reaccionó a ti.

Y sin añadir nada más, abandonó la estancia.

Aeline permaneció inmóvil varios segundos.

Luego volvió lentamente la mirada hacia la tormenta.

Por alguna razón, tenía la sensación de que el Valle de Ficer llevaba mucho tiempo esperando su llegada.

El amanecer nunca llegó realmente al valle.

Solo una claridad grisácea atravesó la tormenta sobre las montañas mientras los guardianes continuaban patrullando las pasarelas exteriores.

El santuario entero parecía contener la respiración.

Aeline apenas había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos regresaban las voces.

Susurros lejanos moviéndose bajo el hielo.

Silver tampoco descansó.

El Zurine permaneció alerta durante toda la noche, observando constantemente las galerías inferiores.

Cuando abandonaron la estancia, el ambiente del valle seguía cargado de tensión.

Grupos de custodios recorrían los corredores de piedra portando lámparas de Gikae azul, mientras varios guardianes reforzaban antiguos sellos grabados sobre las entradas inferiores del santuario.

Aeline percibió miedo en muchos rostros.

No un miedo inmediato.

Peor.

El miedo de quienes comienzan a reconocer señales de algo que creían enterrado desde hacía siglos.

Seralyth los esperaba junto a una amplia escalinata excavada directamente en la montaña.




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