El Despertar Bajo el Hielo

Capítulo IX — Antes del Amanecer

El viento seguía rugiendo sobre el Valle de Ficer cuando el mensajero fue conducido al interior del santuario.

Aeline lo vio aparecer entre los guardianes apenas unos minutos después de la batalla.

El hombre apenas podía mantenerse en pie.

La mitad de su capa estaba desgarrada y cubierta de sangre congelada. Tenía profundas marcas oscuras recorriéndole el cuello y uno de los brazos, como si algo hubiese intentado arrastrarlo hacia la corrupción antes de lograr escapar.

Uno de los custodios lo sostenía por debajo del hombro mientras avanzaban entre las terrazas heladas.

Varias personas se apartaron al verlo.

El miedo se extendió rápidamente por el valle.

Porque todos reconocieron el emblema bordado sobre los restos de su capa.

Zulkadim.

Aeline descendió inmediatamente las escaleras cubiertas de nieve.

—¿Qué ha ocurrido?

El hombre levantó apenas la cabeza.

Sus ojos estaban agotados.

Aterrados.

—La aldea… —consiguió murmurar—. Las montañas del sur… se abrieron…

Se desplomó de rodillas antes de terminar la frase.

Los custodios acudieron rápidamente a ayudarlo mientras Seralyth ordenaba despejar la zona.

—Llevadlo al salón interior. Ahora.

Pero Aeline ya no podía detenerse.

El corazón le golpeaba con fuerza dentro del pecho.

Shinmar.

La herrería.

Las murallas.

Todo cuanto conocía seguía allí abajo.

Y algo había alcanzado Zulkadim.

El gran salón del santuario permanecía envuelto en un silencio tenso mientras los custodios atendían las heridas del mensajero.

El hombre temblaba.

No solo por el frío.

Parecía alguien que había visto demasiado.

Aeline permanecía inmóvil junto a una de las columnas de piedra azul mientras Seralyth observaba al herido desde el otro extremo de la sala.

Silver aguardaba junto a la entrada.

Inquieto.

Las runas de su cuello seguían emitiendo leves pulsos azulados desde la batalla contra la corrupción.

Finalmente, el mensajero consiguió hablar.

—Las criaturas llegaron desde los bosques del este… y desde las grietas de las montañas…

Su respiración era irregular.

—Los Vigías cerraron las puertas exteriores, pero siguen llegando más… cosas…

Uno de los custodios intercambió una mirada preocupada con Seralyth.

—¿Qué clase de criaturas?

El hombre tragó saliva.

—Infrik corruptos… bestias deformadas… y sombras bajo la nieve…

Aeline sintió un escalofrío.

Las mismas criaturas del valle.

La corrupción se estaba extendiendo más rápido de lo que imaginaban.

—¿La muralla sigue resistiendo? —preguntó Seralyth.

—Sí… pero apenas…

El mensajero levantó la mirada hacia Aeline.

Y entonces ella comprendió que todavía no había dicho lo peor.

—La Guardia Plateada ha llegado para ayudar a defender Zulkadim… pero la aldea está rodeada.

Aquello hizo que varios custodios guardaran silencio.

La Guardia de la Noche Plateada rara vez intervenía directamente en aldeas fronterizas.

Si estaban allí…

la situación debía de ser mucho peor de lo imaginado.

Aeline dio un paso adelante.

—¿Shinmar sigue vivo?

El hombre tardó demasiado en responder.

—La última vez que lo vi… estaba defendiendo la muralla sur junto a los guardias.

Aquello no la tranquilizó en absoluto.

Porque conocía a Shinmar.

Y sabía perfectamente que jamás abandonaría Zulkadim mientras alguien siguiera combatiendo.

Seralyth se acercó lentamente.

—Necesitas descansar.

Aeline giró bruscamente hacia ella.

—No pienso quedarme aquí.

La tensión cayó sobre la sala.

La custodia mantuvo la calma.

—El valle acaba de sufrir una incursión de corrupción. Los accesos siguen siendo inestables y las tormentas bloquean parte del paso norte.

—Me da igual.

Su voz sonó más dura de lo que esperaba.

Pero ya no podía contenerlo.

La preocupación.

La rabia.

La sensación insoportable de estar demasiado lejos mientras su hogar ardía bajo la nieve.

—Mi gente está allí abajo.

Seralyth la observó varios segundos en silencio.

Después habló con voz más tranquila.

—Precisamente por eso debes pensar antes de actuar.

Aeline apretó los puños.

—¿Pensar?

La nieve golpeaba las ventanas superiores del salón mientras las antorchas azuladas temblaban bajo el viento.

—¡Llevo días escuchando hablar de sepulcros, reliquias y corrupción mientras todo empeora! ¡Y ahora Zulkadim está siendo atacada!

Varios custodios apartaron la mirada.

Porque ninguno podía negar aquello.

Seralyth permaneció inmóvil frente a ella.

—Y si cabalgas sola hacia una aldea sitiada morirás antes de cruzar los pasos del norte.

El silencio cayó nuevamente.

Doloroso.

Porque Aeline sabía que tenía razón.

Y eso solo conseguía enfurecerla más.

Silver soltó un leve gruñido desde la entrada.

El Zurine también estaba inquieto.

Como si percibiera la ansiedad creciendo dentro de ella.

Seralyth bajó ligeramente la voz.

—Escúchame, Aeline.

La joven no respondió.

—La corrupción no se está moviendo al azar. Alguien la está guiando. Lo ocurrido aquí y lo que sucede en Zulkadim forman parte de lo mismo.

Aeline cerró lentamente los ojos unos instantes.

Intentando contener el temblor de sus manos.

Pero las imágenes seguían regresando.

Las murallas cubiertas de nieve.

Shinmar combatiendo junto al fuego de la herrería.

Las criaturas avanzando desde el bosque.

Y ella atrapada allí arriba mientras todo se derrumbaba.

—No puedo quedarme aquí esperando.

Seralyth la observó largamente.

Después suspiró apenas.

—Lo sé.

Aquello suavizó ligeramente la tensión.

Solo un poco.

La custodia caminó entonces hacia una de las ventanas del salón desde donde podía verse el valle parcialmente destruido por la incursión.




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