La noche en el valle de Oakhaven no era simplemente oscuridad; era un lienzo de terciopelo profundo, una presencia física que envolvía los árboles centenarios como un manto protector. Arriba, el cielo estaba salpicado por el brillo de diamantes distantes, astros fríos que parecían observar el mundo con una curiosidad gélida, ajenos a los latidos apresurados de los mortales que caminaban bajo su guardia.
Alba caminaba enlazada del brazo de Louis, sintiendo el crujido rítmico de las hojas secas bajo sus botas. Podía percibir el calor de su cuerpo atravesando la pesada lana de su abrigo, un contraste reconfortante contra la brisa nocturna que empezaba a arreciar, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda y libertad. Para Alba, que siempre había percibido el mundo a través de vibraciones y susurros que otros ignoraban, ese paseo era una melodía privada, un secreto que solo ellos dos compartían en la quietud del bosque.
Louis se detuvo bajo el arco de un sauce cuyas ramas rozaban el suelo como dedos suplicantes. Se giró hacia ella, y la luz de la luna llena se filtró entre las hojas, dibujando sombras y luces sobre su rostro, resaltando la mandíbula firme y la ternura en sus ojos color café.
—¿En qué piensas, Alba? —preguntó él, con esa voz grave que siempre lograba anclarla a la tierra cuando ella sentía que su mente empezaba a derivar hacia lugares que no recordaba.
Él extendió la mano para apartarle un mechón de cabello plateado que el viento había despeinado. Su tacto era suave, cargado de una devoción que a Alba le robaba el aliento. En los ojos de Louis, ella no era un misterio por resolver ni una reliquia que proteger; era simplemente la mujer que amaba.
—Eres una poesía viviente —susurró él, acercándose lo suficiente para que ella pudiera oler el aroma a madera de sándalo y café que siempre lo acompañaba—. Eres la musa de cada uno de mis poemas y la melodía que llena mis silencios cuando la vida se vuelve demasiado ruidosa. ¿Quién nace realmente preparado para el destino, mi vida? Si el mío es amarte en esta vida y en las que vengan, entonces he practicado para ello desde que abrí los ojos por primera vez.
Alba sonrió, refugiándose en su pecho. Se sentía segura, convencida de que Louis la protegería incluso de las sombras que a veces veía por el rabillo del ojo. Sin embargo, en el fondo de su alma, una vibración extraña y gélida comenzó a agitarse. Era un eco lejano, una llamada de su verdadera naturaleza que amenazaba con romper el frágil y hermoso cascarón de su tranquila existencia mortal.