La paz no se desvaneció de forma gradual; se hizo añicos como un cristal golpeado por una piedra. El aire, que hasta hacía un momento olía a pino fresco, se volvió denso y metálico en un parpadeo. Alba arrugó la nariz, sintiendo una náusea repentina. Aquel hedor lo conocía, aunque hubiera pasado años intentando enterrarlo en los rincones más oscuros de su memoria: era el aroma de la sangre oxidada mezclada con pergamino viejo y la ambición podrida de quien no conoce límites.
Louis lo sintió también. Su instinto de protección se activó de inmediato, tensando sus músculos y poniéndose delante de ella con los puños cerrados, escudriñando la penumbra del bosque.
—¿Quién está ahí? —exigió Louis, su voz resonando con una autoridad que sorprendió incluso a Alba—. ¡Muestra tu cara!
De entre las sombras de los sauces, donde la oscuridad parecía cobrar vida propia y retorcerse, emergió una figura. Caminaba con la elegancia depredadora de un lobo que entra en un redil sabiendo que no hay perro que le ladre. Su vestimenta era de una opulencia que resultaba asfixiante y fuera de lugar en medio de la naturaleza: una casaca de seda negra con bordados de oro que parecían venas vivas retorciéndose sobre su pecho.
Era Adoniram.
Sus ojos, gélidos y carentes de cualquier rastro de humanidad, no buscaron a Louis. Para él, el hombre que amaba a Alba era menos que un insecto. Su mirada se clavó en Alba con la satisfacción de un coleccionista que encuentra una pieza de museo que creía perdida en un incendio.
—Has crecido, mi pequeña Alba —dijo Adoniram, y su voz sonó como el roce de dos monedas de plata sobre una tumba—. Pero veo que sigues perdiendo el tiempo con bocetos inacabados, con vidas mediocres que no están a tu altura. He venido a reclamar mi inversión.
Alba sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies, pero su mano buscó la de Louis, apretándola con fuerza. —Vienes por lo que nunca fue tuyo, Adoniram. Mi alma no es una mercancía que puedas tasar en oro, ni una deuda que tengas derecho a cobrar. No soy la niña asustada que dejaste atrás.
Adoniram soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que hizo que los pájaros nocturnos huyeran despavoridos. —Tu linaje Aethelind es una corona, mi querida. Y una corona sin un rey que la posea es solo metal desperdiciado. Eres el diamante de mi tesoro, y no permitiré que te marchites en los brazos de un don nadie.