La luz de la luna pareció concentrarse en un solo punto: Alba. Su cuerpo fue envuelto en un resplandor plateado que hacía que el bosque pareciera estar bajo el agua. Su cabellera creció de golpe, tornándose brillante como hilos de luz lunar, y sus ojos se aclararon hasta alcanzar un gris eléctrico, llenos de una sabiduría ancestral que ella misma no comprendía del todo.
Alba ya no era solo una mujer asustada en el bosque; era una guerrera del linaje de los Espíritus del Viento, una fuerza de la naturaleza despertada por el amor y el dolor.
—Louis, levántate —dijo ella, y su voz no era solo suya, sino que resonaba con el eco de miles de antepasados—. No permitiré que te toque de nuevo.
Louis, aún recuperando el aliento, se puso en pie con dificultad, apoyándose en el tronco de un árbol. Miraba a Alba con asombro, pero no con miedo. En medio de su transformación, ella seguía siendo su Alba.
—Para esto fuiste creado, Adoniram —sentenció ella, mientras el viento empezaba a girar en un torbellino a su alrededor—. Para ser la sombra que la luz finalmente disipa. No soy tu trofeo, ni tu inversión. Soy el fin de tu ambición.
Adoniram, aunque sorprendido por la magnitud del despertar, no retrocedió. Sus ojos brillaron con una codicia renovada. Desenvainó una espada de oro negro, un metal que parecía absorber la luz a su alrededor.
—Entonces pelea, pequeña diosa —desafió el villano—. Veamos si tu amor es más fuerte que mi acero.