—Dios, ¿por dónde demonios es el maldito pasillo? —refunfuñó Anya, agitada, mientras observaba los dos corredores de piedra que se abrían ante ella como un laberinto sin salida.
Los estudiantes de primer año ya debían de estar reunidos en el gran salón para la ceremonia oficial de inicio y la asignación de uniformes, y ella seguía completamente perdida. Su primer día oficial en la Academia Aethelia y ya iba tarde.
—Da igual, tiene que ser por aquí. Al menos la arquitectura es bonita si muero atrapada —murmuró.
Sin pensarlo dos veces, tomó el pasillo de la izquierda y apresuró el paso, arrastrando los pies por el cansancio. Lo que no sabía era que acababa de cruzar la línea de seguridad de la zona restringida de la alta corte, la última habitación en la que una alumna de la Rama de Resonancia debía estar.
—¿Quién anda ahí?
La voz masculina resonó firme, profunda y cargada de una autoridad helada, haciendo que se detuviera en seco.
Un escalofrío helado le recorrió la espalda. No era solo el frío del castillo de piedra; el aire mismo alrededor de ese pasillo vibraba con una presión pesada, densa y casi eléctrica que le dificultó respirar.
Levantó la vista y se encontró frente a un joven de cabello oscuro y facciones afiladas, vestido con una túnica de gala impecable que portaba los colores reales y los emblemas de la Casa Aureum. A sus veintidós años, su sola presencia llenaba el corredor con una elegancia peligrosa.
Por un instante, ninguno de los dos habló. El silencio se estiró como una liga.
—Ups... —murmuró Anya, tragando saliva—. Creo que me he equivocado de código postal. O de lugar.
Retrocedió un paso, obligándose a sostenerle la mirada a pesar de que las piernas le temblaban un poco.
—Lo siento, señor. Estoy buscando el salón principal para la ceremonia y...
Las palabras murieron en su garganta. Los ojos del desconocido —intensos, oscuros y extrañamente tormentosos— permanecían fijos en ella, clavados en su rostro como si acabara de ver una anomalía imposible. Y por alguna extraña razón, el propio corazón de Anya comenzó a golpear con fuerza contra sus costillas.
Los nervios, combinados con la falta de sueño crónica que arrastraba, terminaron por vencer su filtro mental. Como siempre le ocurría cuando la timidez y la incomodidad la superaban, comenzó a hablar sin pensar demasiado en lo que decía, usando la ironía como escudo.
—Esto es demasiado —soltó, llevándose una mano a la frente con frustración—. ¿A quién se le ocurre construir un lugar tan grande? Es un atentado contra los que no tenemos sentido de la orientación.
El desconocido arqueó una ceja, visiblemente desconcertado por su audacia, pero ella continuó a toda velocidad sin darle tiempo a responder.
—Desde ayer que llegué me tienen de un lado para otro como una pelota rebotando. Primero los documentos, después las benditas pruebas mágicas donde casi no logré mover un mísero orbe de madera, luego el comité de ingreso interrogándome como si fuera un monstruo, y anoche la asignación de dormitorios en un pabellón que parece sacado de una historia de terror...
Se cruzó de brazos y resopló, acomodándose un mechón de cabello.
—Y para colmo, todavía tengo que descubrir cómo llegar al Gran Salón y evitar que decidan castigarme porque los horarios de esta academia desafían las leyes del tiempo.
Levantó la vista hacia él, desafiando el aura imponente que el chico emanaba.
—Si me entiendes, ¿verdad? El colapso institucional.
El silencio que siguió fue tan largo y denso que Anya comenzó a arrepentirse seriamente de haber abierto la boca. El joven seguía observándola con una expresión indescifrable, pero por primera vez, una sombra casi imperceptible de diversión cruzó las facciones rígidas del futuro rey.
Si ella supiera lo jodidamente equivocada que estaba... Si ella supiera que él era el primero en entender lo que era vivir bajo la presión de ese castillo...
—Tu pasillo es el de la derecha —dijo él finalmente.
Nada más. Ni una reprimenda por haber invadido zona prohibida. Ni una pregunta sobre su identidad. Solo aquellas pocas palabras pronunciadas con una calma desconcertante y una voz que vibró directo en el pecho de Anya.
—Emm... o-ok. Gracias por la brújula.
Sin esperar a que cambiara de opinión, Anya se dio media vuelta y prácticamente salió huyendo a paso rápido. Sus botas resonaron por el corredor mientras doblaba la esquina, intentando por todos los medios recuperar la compostura.
—¿Qué demonios fue eso? —murmuró para sí misma, deteniéndose a una distancia segura.
Llevó una mano a su pecho, justo encima de donde guardaba el colgante de plata de sus padres bajo la ropa. Su corazón seguía latiendo a un ritmo salvaje, y supo que no era solo por la vergüenza de haberle listado todas sus quejas a un perfecto desconocido de la alta nobleza.
Había algo en aquel joven. Algo que su mente lógica no lograba explicar. La energía que emanaba de él era abrumadora, poderosa y, de una forma retorcida, extrañamente familiar. Era como si una parte de ella quisiera alejarse corriendo para protegerse, mientras otra deseaba quedarse allí observándolo durante horas.
Frunció el ceño, sacudiendo la cabeza.
—No. Definitivamente la falta de sueño me está haciendo delirar. Necesito un té de la abuela urgentemente.
Apresuró el paso hacia el salón principal, obligándose a concentrarse.