Dos día antes …
Anya
Dicen que los amores más profundos suelen encontrarse en los rincones más sencillos del hogar. Para Anya, ese amor olía a canela, a leña picada y al té de manzanilla que su abuela preparaba cada tarde.
Desde que tenía memoria, su abuela Mirsa había sido su refugio, su familia y su mayor apoyo. Fue ella quien la consoló en las noches de tormenta, quien secó sus lágrimas cuando los niños del pueblo la dejaban de lado, y quien celebró cada uno de sus pequeños logros cotidianos. Su hogar era una modesta cabaña de madera a las afueras del reino, un lugar donde el tiempo parecía correr más despacio.
Por eso, cuando la esperada carta llegó, la emoción se mezcló con una profunda opresión en el pecho.
—Anya, mi amor, es hora de que empieces a prepararte. Ha llegado tu carta de ingreso a la Academia Aethelia —anunció Mirsa. Su voz, carrasposa pero dulce, rompiendo el pacífico silencio de la cocina. Sostenía el sobre con una sonrisa cargada de orgullo, aunque sus ojos reflejaban una chispa de melancolía.
La joven levantó la vista del viejo libro de mitología que tenía entre las manos. Su pulso se aceleró.
—Ya llegó...
Durante años había soñado con ese momento, imaginando el papel entre sus dedos. Sin embargo, ahora que lo tenía enfrente, el estómago se le comprimió en un puño.
—Abu... odio tener que separarme de ti. No pensé que este momento llegaría tan rápido.
Mirsa dejó la carta sobre la mesa de madera gastada y se acercó a ella. Con suavidad, acarició la mejilla de su nieta; sus manos eran ásperas, llenas de las arrugas de una vida de trabajo, pero increíblemente cálidas.
—Los hijos nacen para extender las alas, cariño. Y aunque me cueste la vida misma verte partir, nunca permitiría que renunciaras a tus sueños por quedarte a mi lado.
Anya esbozó una sonrisa mitad agradecida, mitad temerosa. Un nudo extraño y frío se instaló en su garganta. Algo en su intuición le advertía que, al cruzar el umbral de Aethelia, el mundo que conocía se rompería en pedazos.
Con dedos ligeramente temblorosos, tomó la carta. El pergamino era grueso, pesado, y las letras doradas del sello real brillaban bajo la luz que entraba por la ventana, casi como si tuvieran luz propia.
ACADEMIA DE MAGIA AETHELIA
Cualquier joven del reino habría saltado de alegría. Para Anya, sin embargo, el dorado de las letras se sintió como una burla silenciosa. Deslizó la mirada hacia sus propias palmas.
Dieciocho años. Dieciocho largos e idénticos años esperando que ocurriera algo. Una chispa al frotar las manos en el invierno, una taza que flotara un milímetro, el destello más insignificante. Pero nada. Mientras los demás niños del pueblo manifestaban sus dones elementales a los siete años, incendiando cortinas por accidente o haciendo florecer los jardines, ella permanecía atrapada en una normalidad frustrante. Era una humana común y corriente en un mundo diseñado para los extraordinarios.
—Abu... —murmuró, y su voz sonó pequeña, rota—. ¿Y si se equivocaron?
Mirsa dejó escapar un suspiro sutil. Una sombra de profunda preocupación cruzó fugazmente su rostro, borrando por una milésima de segundo su semblante pacífico, antes de obligarse a sonreír.
—La Academia Aethelia no comete errores, cariño.
Anya frunció el ceño, clavando los ojos en el suelo de madera. Si la institución más perfecta del continente no se equivocaba... significaba que había una pieza del rompecabezas sobre su propia vida que se le estaba ocultando.
—Entonces hay algo que desconozco —afirmó.
—Todos desconocemos algo sobre nosotros mismos a los dieciocho años —respondió Mirsa, dándose la vuelta para avivar el fuego de la cocina con una tranquilidad casi sospechosa.
Anya entrecerró los ojos, detectando el desvío.
—Eso ha sonado demasiado sabio para ser una respuesta honesta, abu.
—Y eso ha sonado demasiado insolente para una futura estudiante de Aethelia —replicó la anciana sin volverse.
—¿Futura estudiante? ¡Abu, ni siquiera sé si soy capaz de encender una vela sin usar cerillos!
Mirsa dejó el atizador de hierro a un lado y se giró con los brazos en jarras.
—Empaca tus cosas.
—¿Andas armada? —bromeó Anya, intentando aligerar el miedo—. ¿Y si llego allí y descubren que soy un fraude?
—Empaca.
—¿Y si me expulsan antes del almuerzo del primer día?
—Empaca.
—¿Y si me convierten en la mascota oficial de la academia? Siempre hay criaturas raras en esos lugares. Quizás necesiten una humana para decorar el patio.
Mirsa soltó una carcajada limpia que llenó la cocina.
—Anya.
—¿Sí?
—Empaca.
—Ya entendí...
—No parece.
—Porque sigo teniendo dudas existenciales muy válidas.
—Y yo sigo teniendo una escoba con un mango de madera muy duro detrás de la puerta.
Anya se levantó de la silla de un salto, con las manos en alto.
—Perfecto. Me voy a preparar.
—Sabia decisión.
—Lo hago por puro respeto a tus canas, que conste.
—Lo haces porque conoces mi puntería desde los diez metros, lárgate arriba —sentenció la anciana, guiñándole un ojo.
Anya tomó el sobre dorado y subió los escalones de madera, que crujieron bajo sus botas. Al entrar a su habitación, empujó la puerta con el pie y contempló su santuario personal: un caos absoluto de ropa sobre la única silla, montañas de libros apilados en el escritorio, pergaminos arrugados por el suelo y, en el centro de la cama, una maleta de cuero marrón completamente vacía.
—Excelente —se dijo a sí misma, dejándose caer hacia atrás sobre el colchón—. Dieciocho años esperando cambiar de vida y voy a empezar a empacar doce horas antes de irme. Soy un genio de la estrategia.
La maleta, lógicamente, permaneció inmóvil.
—Gracias por el apoyo moral. Definitivamente necesito amigos que sí respiren.
Se incorporó pesadamente y comenzó a doblar túnicas. Una gris, dos negras, una azul marino. ¿Cuántas capas de ropa necesitaba una persona para sobrevivir al protocolo de los magos? Por si acaso, metió una cuarta.