El Despertar de la Runa

CAPÍTULO 3

Anya no había dormido absolutamente nada.

Se suponía que debía pasar la última semana preparando su partida a la Academia Aethelia. En cambio, había decidido realizar siete días de organización en una sola noche, una estrategia que ahora demostraba ser tan brillante como intentar apagar un incendio forestal con una cucharilla de té. Le escocían los ojos y sentía los párpados tan pesados como si estuvieran hechos de plomo.

Cuando terminó de encajar la última túnica doblada, se estiró, escuchando el doloroso crujido de su espalda, y levantó la vista por casualidad hacia la ventana.

Un destello naranja la cegó levemente. La luz del amanecer ya se filtraba entre las cortinas, iluminando las motas de polvo en el aire.

Parpadeó, frotándose los ojos.

Miró la ventana otra vez.

Luego desvió la mirada hacia el viejo reloj de pared, cuyo tic-tac parecía haberse burlado de ella toda la noche.

Después volvió a clavar los ojos en el horizonte.

—¿Qué diablos...? Ya está amaneciendo.

El corazón le dio un vuelco violento contra las costillas, espantando el sueño de golpe.

—¡No puede ser!

Saltó de la cama tan deprisa que se le enredaron las sábanas en los tobillos y estuvo a punto de irse de bruces contra el suelo. Corrió de un lado a otro como un torbellino, con el pánico pegado a los talones, recogiendo tinteros mal cerrados, plumas, pergaminos arrugados y cualquier objeto que todavía seguía desperdigado por el suelo.

—Perfecto. Maravilloso. Fantástico —masculló entre dientes, arrojando las cosas al interior del cuero—. Mi primer día como futura estudiante de la escuela más prestigiosa del reino y voy a llegar con cara de haber sido atropellada por un dragón. O por dos.

Metió el último libro de mitología a la fuerza, aplastando la ropa, y cerró las pesadas hebillas de metal de un golpe seco que resonó en todo el cuarto.

Durante unos segundos, Anya permaneció completamente inmóvil, de rodillas en el suelo, con las manos aún apoyadas sobre la tapa de cuero de la maleta.

Ya estaba. No quedaba nada más que guardar.

La adrenalina y las prisas de las horas anteriores se desvanecieron poco a poco, barridas por un frío repentino que le llenó el pecho. La realidad cayó sobre ella con todo su peso.

Era el momento de marcharse.

Anya tomó aire profundamente, llenando los pulmones de ese aire que pronto extrañaría, y observó por última vez su habitación. Los estantes ahora medio vacíos, la vieja silla de madera junto a la ventana donde pasó tantas tardes leyendo, las paredes agrietadas que habían sido su único refugio durante dieciocho años. Todo se sentía extrañamente más pequeño ahora.

Tragó saliva para deshacer el nudo de su garganta, agarró el asa de la maleta —que ahora pesaba el doble— y cruzó el umbral hacia el pasillo sin mirar atrás.

Abajo, rompiendo la atmósfera melancólica, el aroma familiar y reconfortante de té de canela caliente y pan recién horneado la recibió con un abrazo silencioso antes incluso de que sus botas tocaran el último escalón de la cocina.

Su abuela ya estaba despierta. Esperándola para el último desayuno.

Anya bajó los últimos escalones cargando la maleta, que ahora se sentía el doble de pesada.

Mirsa estaba junto a la mesa de madera gastada, sirviendo dos tazas humeantes.

—¿Has desayunado? —preguntó la anciana sin levantar la vista, concentrada en el chorro de agua caliente.

—Abu, llevo despierta toda la noche.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Entonces no.

—Lo suponía.

Anya dejó la maleta junto a la puerta principal y tomó asiento en su lugar de siempre.

Durante unos minutos, ambas se concentraron en el desayuno. El silencio entre ellas no era incómodo; era ese tipo de silencio pacífico y profundo que solo existe entre personas que se conocen demasiado bien y se quieren sin necesidad de palabras.

Sin embargo, el aire de aquella mañana pesaba mucho más de lo habitual. El peso de la despedida flotaba sobre la mesa.

—Todavía estoy a tiempo de fingir una enfermedad misteriosa y quedarme aquí contigo —comentó Anya, rompiendo la quietud mientras removía el té con la cucharilla.

—¿La misma enfermedad misteriosa que te habría impedido dormir toda la noche por andar corriendo de un lado a otro? —Mirsa arqueó una ceja.

—Exactamente esa. Una epidemia local de insomnio.

Mirsa soltó una pequeña carcajada limpia.

—No funcionaría, cariño.

—Podría intentarlo. El no ya lo tengo.

—Y yo podría arrastrarte personalmente del brazo hasta el carruaje.

—Qué poco apoyo emocional recibo en esta casa, de verdad.

—Dieciocho años soportándote y todavía quieres más —replicó la anciana con fingida severidad.

Anya sonrió, aunque la broma no logró deshacer el nudo ciego que comenzaba a cerrársele en la garganta.

De pronto, el sonido rítmico y apagado de unas ruedas acercándose por el camino empedrado rompió la tranquilidad de la mañana. El traqueteo de los caballos se detuvo justo frente a la cabaña.

El carruaje. Había llegado.

Las dos se quedaron completamente en silencio. La realidad, de golpe, se volvió demasiado real.

Anya bajó lentamente la taza, escuchando el tintineo de la porcelana.

—Supongo que ya es hora.

Mirsa asintió en silencio.

La joven se puso de pie y, por primera vez desde que el sobre dorado había cruzado la puerta, el miedo aplastó por completo a la emoción.

—¿Y si no encajo allí, abu? —confesó con la voz pequeña.

—Encontrarás tu lugar, Anya.

—¿Y si fracaso en la primera prueba?

—Entonces aprenderás de la caída.

—¿Andas con el optimismo alto hoy, eh? —Anya tragó saliva—. ¿Y si resulta que de verdad hubo un error administrativo y yo no debería estar en Aethelia? No tengo magia.

Mirsa caminó con paso firme hacia ella, rompiendo la distancia, y tomó su rostro entre sus manos. Sus palmas eran ásperas pero rebosaban un calor infinito.




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