El Despertar de la Runa

CAPÍTULO 2

El silencio era el único territorio donde Kael no tenía que ser el Rey de los Magos.

Las primeras luces del alba comenzaban a filtrarse por los ventanales de sus aposentos privados en la academia desde allí, la capital se extendía como un tapiz de piedra, cuando cerró de golpe el tomo de leyes ancestrales. A sus veintidós años, la corona real ya casi rozaba sus sienes, pero el protocolo dictaba que, antes de asumir el trono de forma definitiva, el heredero debía completar su último año en la Academia Aethelia. Tenía que dar el ejemplo. Tenía que demostrarle a los lores, a los ministros y a las grandes casas que su derecho al trono no era solo por herencia, sino porque era el mago más formidable de su generación.

Demasiada presión para alguien que aún cargaba con los informes pendientes del reino sobre su escritorio de estudiante.

Kael se frotó el puente de la nariz, se levantó de la silla tallada y caminó hacia el gran balcón de piedra. El viento de la mañana le revolvió el cabello oscuro, despejándolo un poco. Desde allí, la capital se extendía como un tapiz de piedra y tejados de pizarra, sumergida en una densa niebla matutina.

Un reino entero bajo su mando. Un pueblo que lo adoraba y le temía a partes iguales. Y muy pronto, la corona dorada se asentaría de forma definitiva sobre su cabeza. La idea, lejos de llenarlo de orgullo o ambición, solo le provocaba una profunda y asfixiante fatiga.

—Otra vez intentando resolver el mundo antes del desayuno.

La voz, cargada de una autoridad elegante, resonó desde la entrada de la habitación. Kael ni siquiera se molestó en girarse; reconocía perfectamente el eco de esos pasos.

—Otra vez entrando a mis aposentos burlando a la guardia y sin anunciar los pasos, abuela.

—Soy la Reina Regente, muchacho. Técnicamente, este palacio se construyó bajo mis órdenes; puedo entrar hasta en tus pensamientos si me lo propongo —la anciana avanzó, sus pesadas faldas de seda oscura arrastrándose con un siseo por el mármol.

—Y yo soy el Rey —replicó él, con un deje de ironía.

—Todavía no has sido coronado formalmente, así que sigo siendo tu superior en etiqueta —consiguió arrancarle una levísima sonrisa al joven, la primera en días—. ¿Has dormido algo, Kael? Y no me mientas.

—Tres horas.

—Kael... esto es inaceptable.

—Es una cantidad sumamente razonable para alguien que tiene que revisar los informes fronterizos que tus ministros deciden ignorar —respondió, dándose la vuelta y cruzándose de brazos. Su mirada, de un gris tormentoso, era increíblemente madura para su edad.

—Los papeles no van a salir corriendo si duermes cinco horas más.

—Los problemas que describen esos papeles sí se están moviendo, y bastante rápido.

La Reina Regente guardó silencio, y sus facciones, perfectamente cuidadas a pesar de la edad, se tensaron. Kael caminó hacia la mesa, tomó un pergamino lacrado en negro y se lo tendió.

—Hubo otro incidente en la frontera norte hace dos noches.

La mujer desenrolló el informe y sus ojos recorrieron las líneas. A medida que avanzaba en la lectura, su expresión se volvió de piedra.

—¿Están completamente seguros de que esto es real?

—Tres patrullas de élite distintas reportaron exactamente lo mismo. No fueron vándalos ni bestias salvajes.

—Es imposible... las barreras del norte son impenetrables. Se sostienen con la magia de los fundadores.

—Empiezo a pensar que la palabra "imposible" es solo un término que usamos para consolarnos cuando no entendemos el peligro —sentenció Kael, con voz sombría.

—¿Hubo bajas?

—Dos guardias de la frontera sufrieron quemaduras de energía residual. Están en cuarentena. Lo alarmante no son los heridos, abuela. Lo alarmante es que no hay rastro del atacante. Ni una huella, ni un rastro de firma mágica conocido. Desaparecieron en el aire dejando el suelo calcinado.

El silencio que siguió se volvió denso, casi irrespirable, como la calma que precede a una tormenta de rayos.

—No me gusta el rumbo que está tomando esto —murmuró la Reina Regente, dejando el papel sobre la mesa con dedos ligeramente temblorosos.

—A mí tampoco.

Kael cerró los ojos, apretando los puños para contener la oleada de frustración que lo invadía. Intentó enfocar su mente en la estrategia, en los recursos del ejército, en cualquier solución lógica. Sin embargo, una punzada repentina y abrasadora le atravesó el centro del pecho, haciéndole perder el aliento por un segundo.

Frunció el ceño, abriendo los ojos de golpe. Otra vez.

Con cautela, para no alertar a su abuela, extendió la mano derecha con la palma hacia arriba. Concentró su voluntad y, al instante, un remolino perfecto de fuego azul, brillante y letal, brotó de su piel. Era una manifestación pura de su inmenso poder. Durante dos segundos, la llama danzó de forma armoniosa.

Entonces, sin previo aviso, la energía vibró de manera errática. El fuego azul se volvió blanco, se agitó como si tuviera pánico y se extinguió con un chasquido seco, dejando un rastro de humo frío y una punzada de dolor en sus venas.

Kael apretó la mandíbula de tal forma que los músculos de su cuello se tensaron.

—¿Ha vuelto a suceder? —la voz de la Reina Regente bajó a un susurro lleno de pavor. Había captado el destello fallido.

—Sí —admitió él, ocultando la mano en el bolsillo de su casaca real.

—¿Desde cuándo la energía no responde a tus comandos elementales?

—Varias semanas. Va y viene. Es como si... como si algo externo estuviera tirando de mi magia, desestabilizándola desde lejos.

La preocupación en los ojos de la anciana se transformó en un temor genuino. Se acercó a él, perdiendo por completo la postura rígida de la realeza.

—¿Por qué no me lo habías dicho antes, Kael? Esto es una crisis de estado. Si las grandes casas se enteran de que el heredero está perdiendo el control de su don...




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