Las puertas de la Academia Aethelia se alzaban en el horizonte como una promesa de grandeza… o como una advertencia de piedra y magia.
Anya descendió del carruaje en silencio, acomodándose la túnica gris y sosteniendo el asa de la maleta con firmeza. Fiel a la promesa que se había hecho a sí misma en el carruaje, tragó saliva, obligó a sus manos a dejar de temblar y levantó la barbilla. Su timidez seguía latiendo en el pecho, pero nadie en este lugar la vería agachar la cabeza.
Durante un instante se quedó inmóvil, observando. La estructura era aún más imponente y abrumadora de lo que los libros describían.
Torres de piedra blanca, pulidas como el mármol, se alzaban hacia el cielo como lanzas antiguas de un ejército de gigantes. Sus fachadas estaban cubiertas de runas celestes que pulsaban suavemente, emitiendo un zumbido eléctrico que erizaba la piel. Puentes arqueados y suspendidos en el aire conectaban edificios flotantes que desafiaban la gravedad, mientras que inmensos jardines con flores que cambiaban de color según el viento se extendían a ambos lados del camino principal. A su alrededor, cientos de aspirantes de todas las provincias avanzaban con un nerviosismo contenido, vistiendo sedas caras y portando bastones mágicos ostentosos.
—Bienvenidos a Aethelia —anunció una voz masculina, amplificada por magia elemental, que resonó en todo el valle.
Un grupo de instructores de aspecto severo, vestidos con túnicas azul oscuro y broches dorados con el escudo real, esperaba frente a la entrada principal.
—Antes de ingresar oficialmente y pisar los pasillos de esta sagrada institución, todos los aspirantes deberán superar las cuatro pruebas de admisión. Aquí se separa el trigo de la paja. Demuestren que son dignos del legado de los primeros magos.
Un murmullo tenso recorrió la multitud. Los nobles se acomodaron las capas con suficiencia; los estudiantes más humildes empalidecieron.
Anya apretó los dientes, manteniendo la compostura.
“Perfecto… más pruebas. Justo lo que mi inexistente magia necesitaba.”
PRIMERA PRUEBA: AFINIDAD
Los aspirantes fueron conducidos a un gran patio circular pavimentado con piedra negra pulida. En el centro, flotando a un metro del suelo sobre un pedestal, una enorme esfera de cristal translúcido aguardaba.
—Despierten su afinidad elemental —ordenó uno de los examinadores, un hombre de barba canosa y mirada aburrida—. Sin incantaciones. Sin varitas. Solo voluntad pura.
Uno a uno, los estudiantes avanzaron con arrogancia.
Una chica de cabello rojizo tocó la esfera y el cristal se encendió en llamas vivas; un joven de porte noble provocó que un torbellino de viento hiciera ondear las túnicas de los presentes. Raíces gruesas brotaron de las grietas del suelo como serpientes verdes cuando un chico de la provincia del sur dio un paso al frente. El aire se llenaba de colores, chispas y una presión energética que a Anya le costaba respirar.
Cuando llegó su turno, las expectativas flaquearon. Anya caminó con paso calmado, ignorando las miradas. Se plantó frente a la esfera y extendió las manos.
Esperó. Concentró su mente, buscando esa "chispa" de la que hablaba su abuela.
Nada.
Lo intentó de nuevo, apretando los dedos, obligándose a sentir algo.
Nada. La esfera permaneció tan transparente, fría e inmóvil como un pedazo de hielo muerto.
Los murmullos de los estudiantes de la fila no tardaron en levantarse, crueles y sutiles.
—¿Quién es esa? ¿Una candidata de las provincias bajas?
—Ni siquiera logró teñir el cristal de gris. Qué vergüenza, no tiene una gota de magia.
Anya bajó las manos lentamente. Le ardieron las mejillas por la atención no deseada, pero no se encogió. Miró fijamente al examinador, quien simplemente anotó un cero en su pergamino con una mueca de desdén.
“Genial. Empezamos de maravilla.”
SEGUNDA PRUEBA: CONTROL
En la siguiente sección del patio, un pequeño orbe de madera flotaba estático frente a cada aspirante.
—Muévanlo sin tocarlo. Demuestren el dominio sobre su entorno —indicó una instructora de expresión afilada.
Los orbes se desplazaron obedientes ante la mayoría, trazando círculos perfectos. Algunos nobles incluso realizaron movimientos complejos, haciéndolos bailar en el aire para presumir.
Anya se colocó frente al suyo. Cerró los ojos. Inspiró el aire frío y, visualizando el objeto en su mente, intentó empujarlo con pura fuerza de voluntad.
El orbe de madera tembló ligeramente. Se movió… apenas unos míseros centímetros hacia el frente antes de caer al suelo con un golpe seco.
Un silencio incómodo se instaló entre los que miraban. La instructora soltó un suspiro de decepción.
—Siguiente —sentenció la mujer sin molestarse en recoger el orbe.
Anya lo levantó ella misma con dignidad, lo colocó de nuevo en su sitio y avanzó. No les iba a dar el placer de verla avergonzada.
TERCERA PRUEBA: CONOCIMIENTO
Esta vez, la masa de estudiantes fue filtrada y dividida. A los que habían fallado las primeras pruebas los llevaron a una gran sala interior, un anfiteatro lleno de pergaminos, mesas de roble y mapas antiguos del reino. Muchos de los jóvenes ya daban el día por perdido y arrastraban los pies.
Anya, en cambio, respiró hondo. El olor a tinta y papel viejo la inundó.
Esto era diferente. Esto lo conocía. Aquí no necesitaba encender fuegos artificiales con los dedos.
Los pergaminos de examen descendieron mágicamente frente a ellos y las preguntas complejas comenzaron. Mientras la mayoría de los aspirantes sudaba frío intentando descifrar los enunciados, la pluma de Anya comenzó a rasguear el papel con una velocidad pasmosa.