El peso del veredicto del comité aún flotaba en el aire del gran salón cuando el instructor jefe hizo una señal seca con la mano a uno de los guardias armados de la entrada.
—No hay necesidad de esperar a mañana para su instalación, señorita Anya —declaró el hombre, guardando el expediente sellado en un cajón de roble—. Dado que su... situación requiere una atención especial, se le asignará su pabellón de inmediato. El guardia la escoltará. Evite deambular por el resto del castillo a estas horas.
—Por supuesto. No vaya a ser que asuste a las gárgolas —murmuró Anya para sí misma.
Apretó el asa de su maleta, enderezó la espalda y siguió los pasos firmes del guardia por los interminables pasillos de piedra. Pronto se dio cuenta de que no la llevaban hacia las relucientes torres residenciales que había visto desde el patio principal. En su lugar, cruzaron un largo y estrecho puente colgante que conectaba con una torre apartada, casi oculta por la densa niebla de la noche. El ambiente aquí era diferente; las runas talladas en las paredes no brillaban con el azul perfecto y ordenado del resto de la academia, sino con un tono violeta tenue, místico y un tanto errático.
El guardia se detuvo frente a una pesada puerta de madera oscura con el número 13 grabado en un bronce bastante desgastado.
—Este es el Pabellón de Casos Singulares —anunció el hombre con tono monótono, entregándole una pesada llave de hierro—. Aquí es donde la academia aloja a los estudiantes con... compatibilidades complejas. Estará bajo observación constante por su propia seguridad. Buena suerte.
—Qué acogedor todo. Gracias por el entusiasmo —respondió Anya, pero el guardia ya había dado media vuelta, dejándola sola frente a su nuevo destino.
Anya tragó saliva, introdujo la llave en la cerradura, que protestó con un chirrido, y empujó la madera.
Al abrirse, lo primero que vio fue una habitación amplia pero sumida en un caos absoluto. A la izquierda, una cama perfectamente tendida e impersonal la esperaba; a la derecha, una litera desordenada parecía haber sobrevivido a un huracán de pergaminos arrugados, extrañas plantas medicinales que brillaban con luz propia y frascos de cristal con líquidos de colores sospechosos.
En medio de todo aquel desastre, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, había una chica con el cabello rubio totalmente alborotado y unas aparatosas gafas de aumento apoyadas en la frente. Estaba ridículamente concentrada intentando hacer flotar tres manzanas al mismo tiempo. Las frutas subían y bajaban de forma torpe, como si bailaran en una cuerda floja invisible.
Al escuchar el golpe de la puerta, la chica se sobresaltó, perdiendo por completo la concentración. Las tres manzanas cayeron al suelo, rodando en diferentes direcciones. Una de ellas se detuvo justo en la bota de Anya.
—¡Oh! —exclamó la joven, acomodándose las gafas de un manotazo y clavando unos ojos grandes y llenos de curiosidad en la recién llegada—. Vaya, vaya... Así que el comité por fin decidió mandarme una compañera. Y por la cara de pocos amigos que traes, apuesto a que tú también rompiste algo en el examen de admisión, ¿verdad?
Anya se quedó inmóvil junto al umbral, sosteniendo su maleta. La timidez intentó frenarla por un segundo ante la explosiva energía de la chica, pero recordando la promesa que se había hecho en el carruaje, dio un paso al frente y cerró la puerta a sus espaldas. Supuso que, si iba a compartir cuarto con un torbellino humano, lo mejor era empezar con honestidad.
—Algo así —respondió Anya, forzando una voz tranquila y recogiendo la manzana del suelo—. Hola. Soy Anya.
—¡Yo soy Elara! —La chica se puso de pie de un salto, sacudiéndose la túnica gris—. Bienvenida al rincón de los bichos raros de Aethelia. Cuéntame, ¿qué fue lo que hiciste para que te encerraran aquí conmigo la primera noche?
Anya caminó hacia la cama vacía y dejó su maleta sobre el colchón.
—Rompí el cristal de medición del núcleo —confesó en voz baja, mirando de reojo las plantas violetas de la litera de Elara—. Se agrietó. Los instructores entraron en pánico y dijeron que alcancé el Nivel 8. Lo irónico es que mi magia elemental es tan inexistente que ni siquiera pude mover un orbe de madera tres centímetros en la segunda prueba.
Elara se quedó petrificada a mitad de camino, con una manzana a medio morder en la mano. Sus ojos se abrieron tanto que parecieron salirse de las gafas.
—¿Nivel 8? ¿Un Nivel 8 real? ¡Por los antiguos dioses, eres una anomalía andante!
Elara cruzó la habitación a la velocidad del rayo y se dejó caer sobre la cama de Anya, cruzándose de piernas como si estuviera a punto de escuchar el mejor chisme de su vida.
—Escúchame bien, nueva amiga. En Aethelia todo el mundo está obsesionado con las etiquetas y las categorías. La academia se divide en tres ramas principales según la forma en que se manifiesta tu poder.
Anya se sentó al borde del colchón, arqueando una ceja.
—Déjame adivinar. ¿La primera rama es para los que logran encender cosas sin quemarse las cejas?
Elara soltó una carcajada.
—¡Exacto! Esa es la Rama Elemental: los Arcanos Primarios. Fuego, agua, viento, tierra… ya sabes, los clásicos presumidos que terminan en misiones militares o combates de exhibición. Luego está la Rama de Estructuras, los Tejedores. Pura inteligencia técnica: runas, sellos mágicos, alquimia y barreras. Básicamente, los cerebritos que diseñan el mundo.
—Ahí es donde se suponía que yo encajaba —comentó Anya con un suspiro—. En la prueba teórica me fue bastante bien. Digamos que el papel y la tinta no intentaron explotar en mi cara.
—Bueno, los examinadores dijeron que tu teoría es de las mejores que han visto en años, pero el cristal cuenta una historia diferente —replicó Elara, señalándola con la manzana—. Y por eso estás aquí, en la tercera opción: la Rama de Resonancia. Los Inestables. Aquí acabamos los que tenemos manifestaciones impredecibles, bloqueos anómalos o núcleos que la teoría mágica tradicional simplemente no puede explicar. El Nivel 8 no significa que seas un dios de la destrucción, Anya. Significa que tu magia rompe las reglas conocidas.