El Despertar de la Runa

CAPÍTULO 7

Anya

Anya descubrió tres cosas a la mañana siguiente.

La primera: que las camas del Pabellón Singular eran sorprendentemente cómodas.

La segunda: que el sol de Aethelia no salía de forma normal, sino que se filtraba a través de las nubes como un destello dorado demasiado brillante para alguien que apenas había dormido cuatro horas.

Y la tercera...

—¡Anya, muévete o nos van a dejar fuera de la Ceremonia de Apertura!

Anya se sentó de golpe en la cama, con el corazón acelerado y el cabello hecho un desastre salvaje. Elara ya estaba de pie, intentando abrocharse la túnica de la Rama de Resonancia —un diseño violeta oscuro con bordes plateados— mientras saltaba en un solo pie para ponerse una bota.

—¿Qué hora es? —preguntó Anya con la voz ronca, buscando a ciegas su uniforme sobre la silla.

—La hora de correr —respondió Elara, señalando con la cabeza la ventana—. Si el Gran Maestro empieza su discurso y las puertas del Gran Salón se cierran, nos penalizarán con limpiar los jardines de la Academia. Y créeme, no quieres limpiar moco de Luethg mágico en tu primer día.

—¿Qué es eso? —preguntó Anya.

Elara soltó una carcajada.

—No querrás saberlo.

Anya no necesitó más motivación. Se vistió en un tiempo récord, ignorando el dolor en los músculos por la tensión del día anterior. Al abrocharse la túnica violeta, sintió el peso familiar del colgante de plata de sus padres contra su pecho. Estaba frío. Completamente apagado, como si la tormenta de la noche anterior hubiera sido solo un mal sueño.

—¿Lista? —preguntó Elara, con la mano ya en el pomo de la puerta número 13.

—No —admitió Anya, ajustándose el cuello—. Pero supongo que el comité de bienvenida no va a esperar.

—Ese es el espíritu. ¡Al ataque!

El pasillo del Pabellón Singular estaba desierto; todos los demás estudiantes ya habían bajado. Corrieron escaleras abajo, el eco de sus pasos resonando contra la piedra antigua del castillo. Sin embargo, al llegar al cruce de los tres puentes colgantes que conectaban las torres, el caos las alcanzó.

Cientos de estudiantes se cruzaban en un mar de uniformes dorados, verdes y rojos. Era un laberinto de pasillos interminables, techos abovedados tan altos que se perdían en la niebla y gárgolas de piedra que parecían juzgarlas al pasar.

—¡Por aquí! —gritó Elara en mitad de la multitud, doblando a la izquierda.

Anya la siguió, pero un grupo de estudiantes de la Casa Ignis —fáciles de reconocer por sus capas rojas y sus sonrisas prepotentes— se interpuso en su camino, obligándola a esquivarlos.

—Quita de en medio, Resonante —murmuró uno de ellos con desdén.

Anya se detuvo un segundo, fulminándolo con la mirada con puras ganas de contestarle, pero cuando se dio la vuelta, el uniforme violeta de Elara ya había desaparecido entre la marea de gente. Se había quedado sola. En un ala del castillo que no conocía.

—Maldita sea, Elara —susurró Anya, mirando a su alrededor.

Los pasillos comenzaron a ensancharse, volviéndose más lujosos, con paredes revestidas de oro y grandes ventanales que daban al vacío del reino. El bullicio de los estudiantes empezó a apagarse. Se había metido en el sector equivocado. El sector de la élite.

—Dios, ¿por dónde demonios es el maldito pasillo? —refunfuñó Anya, agitada, mientras observaba los dos corredores de piedra que se abrían ante ella como un laberinto sin salida.

Su primer día oficial en la Academia Aethelia y ya iba tarde.

—Da igual, tiene que ser por aquí. Al menos la arquitectura es bonita si muero atrapada —murmuró.

Sin pensarlo dos veces, tomó el pasillo de la izquierda y apresuró el paso. Lo que no sabía era que acababa de cruzar la línea de seguridad de la zona restringida de la alta corte, la última habitación en la que una alumna de la Rama de Resonancia debía estar.

Fue en ese preciso instante cuando sintió el primer chispazo.

Una descarga de calor brusca, violenta y abrasadora estalló directamente en su pecho, haciendo que el colgante de plata quemara contra su piel. Anya ahogó un gemido, llevándose la mano al pecho, y al levantar la vista, congelada en mitad del pasillo, escuchó una voz.

—¿Quién anda ahí?

La voz masculina resonó firme, profunda y cargada de una autoridad helada, haciendo que se detuviera en seco.

Un escalofrío le recorrió la espalda. No era solo el frío del castillo; el aire mismo alrededor de ese pasillo vibraba con una presión pesada, densa y casi eléctrica que le dificultó respirar.

Levantó la vista y se encontró frente a un joven de cabello oscuro y facciones afiladas, vestido con una túnica de gala impecable que portaba los colores reales y los emblemas de la Casa Aureum. A sus veintidós años, su sola presencia llenaba el corredor con una elegancia peligrosa.

Por un instante, ninguno de los dos habló. El silencio se estiró como una liga.

—Ups... —murmuró Anya, tragando saliva—. Creo que me he equivocado de código postal. O de lugar.

Retrocedió un paso, obligándose a sostenerle la mirada a pesar de que las piernas le temblaban un poco.

—Lo siento, señor. Estoy buscando el salón principal para la ceremonia y...

Las palabras murieron en su garganta. Los ojos del desconocido —intensos, oscuros y extrañamente tormentosos— permanecían fijos en ella, clavados en su rostro como si acabara de ver una anomalía imposible. Y por alguna extraña razón, el propio corazón de Anya comenzó a golpear con fuerza contra sus costillas.

Los nervios, combinados con la falta de sueño crónica que arrastraba, terminaron por vencer su filtro mental. Como siempre le ocurría cuando la incomodidad la superaba, comenzó a hablar sin pensar, usando la ironía como escudo.

—Esto es demasiado —soltó, llevándose una mano a la frente con frustración—. ¿A quién se le ocurre construir un lugar tan grande? Es un atentado contra los que no tenemos sentido de la orientación.




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