Anya
Anya logró colarse en el Gran Salón justo a tiempo.
El lugar era imponente, un espacio gigantesco iluminado por candelabros flotantes donde cientos de estudiantes murmuraban nerviosos. Afortunadamente, la ceremonia estaba casi por comenzar y el podio principal todavía se encontraba vacío.
Divisó a lo lejos el mar de capas moradas y corrió hacia ellas, camuflándose entre el grupo de la Rama de Resonancia antes de que algún instructor la viera.
—¡Anya! —susurró Elara, atrapándola del brazo en cuanto la tuvo cerca—. Por la magia de todos los dioses, ¿dónde te metiste? Ya pensaba que había perdido a mi compañera de cuarto y futura mejor amiga el primer día.
Anya intentó recuperar el aliento, acomodándose la túnica violeta mientras sentía que el corazón todavía le saltaba en el pecho.
—Me perdí en el ala oeste —consiguió decir, omitiendo deliberadamente el pequeño detalle del encuentro en el pasillo.
Elara soltó un suspiro de alivio y la arrastró un poco más hacia el centro del grupo.
—Bueno, da gracias a que el futuro rey, majestad de majestades, Su alteza real cara de estreñido, no ha llegado al podio. Si no, estarías en serios aprietos.
Anya se congeló a mitad de un parpadeo.
—¿Su alteza real qué? —preguntó, sintiendo que un presentimiento muy extraño comenzaba a instalarse en su estómago.
—Kael, boba. El heredero perfecto que te mencioné anoche —Elara señaló con la barbilla hacia la tarima vacía—. El Gran Maestro no abre la boca hasta que su alteza real se digna a aparecer. Tiene a todo el mundo esperando como si fuera un dios.
Anya tragó saliva.
El recuerdo la golpeó de inmediato.
Facciones afiladas. Voz firme. Mirada helada.
El chico del pasillo restringido.
Oh, no.
Si ese era Kael…
Definitivamente el té de la abuela no iba a ser suficiente para el dolor de cabeza que se le venía encima.
El murmullo del salón cambió.
Las puertas del fondo se abrieron.
Y el silencio cayó como una orden invisible.
Kael entró sin prisa.
No era una entrada teatral. No la necesitaba.
Su sola presencia parecía reorganizar el aire del Gran Salón. Túnica de gala impecable, emblemas de la Casa Aureum brillando bajo la luz dorada, postura recta, mirada serena… como si el mundo entero ya supiera su lugar y no hubiera necesidad de recordarlo.
Anya sintió un leve nudo en el estómago.
No era solo reconocimiento.
Era mala suerte.
Kael avanzó hasta el podio principal.
El murmullo murió por completo.
No necesitó alzar la voz.
—Bienvenidos a Aethelia.
La voz se extendió clara, firme, imposible de ignorar.
—Han sido seleccionados porque poseen algo extraordinario. Talento. Potencial. Determinación.
Algunos estudiantes sonrieron con orgullo.
—Sin embargo, el talento por sí solo es una de las cosas más sobrevaloradas del mundo.
El salón quedó en completo silencio.
Anya parpadeó.
Eso no sonaba muy “alentador”.
—He conocido personas brillantes que fracasaron porque creían que las normas existían para otros. Personas convencidas de que la improvisación podía sustituir a la preparación. Personas que confundían confianza con imprudencia.
Elara asintió suavemente, como si todo aquello fuera perfectamente lógico.
Anya, en cambio, sintió un pinchazo incómodo.
—Aquí descubrirán que cada puerta cerrada existe por una razón. Y que no todos los límites fueron creados para ser cruzados.
Una pausa.
Kael recorrió el salón con la mirada.
No se detuvo en nadie.
Y aun así…
Anya sintió, sin razón lógica alguna, que esas palabras habían pesado un segundo más de lo normal en su dirección.
—La grandeza no consiste en hacer siempre lo que uno quiere —continuó—. Consiste en comprender cuándo una decisión puede afectar a otros además de a uno mismo.
Silencio absoluto.
El discurso terminó sin adornos.
Sin emoción.
Sin concesiones.
Solo verdad, o al menos algo que sonaba demasiado cercano a ella como para resultarle cómodo.
—¿No te parece inspirador? —susurró Elara.
Anya tardó un segundo en responder.
—Inspirador no es la palabra que usaría.
—¿Entonces?
Anya observó al heredero del reino desde su lugar entre la multitud.
Perfecto.
Intocable.
Insoportablemente seguro de sí mismo.
—Nada —murmuró al final.
Kael ya se había apartado del podio.
Sin mirar atrás.
Sin siquiera notar su existencia.
Y aun así, por alguna razón, Anya sintió que acababa de ser juzgada sin haber dicho una sola palabra.
Qué considerado.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que una parte de ella… no estaba segura de haberse equivocado.
Por primera vez desde que había llegado a Aethelia, tuvo una certeza incómoda: acababa de encontrar a alguien a quien no pensaba soportar.
El silencio que dejó Kael no duró demasiado.
El Gran Maestro dio un paso al frente, apoyando ambas manos sobre el atril de piedra. Su presencia era distinta: menos imponente en lo físico, pero cargada de una autoridad antigua, de esas que no necesitan demostrarse.
Su mirada recorrió el Gran Salón con calma.
—Aethelia no es un refugio —dijo finalmente—. Es una prueba.
Su voz no era fuerte, pero se escuchaba en cada rincón como si el propio aire la transportara.
—Cada uno de ustedes ha sido elegido no por lo que es hoy… sino por lo que podría llegar a ser si sobrevive a sí mismo.
Un murmullo leve recorrió a los estudiantes más nuevos.
Anya sintió un escalofrío.
—Este año no comienza con promesas de grandeza —continuó el Gran Maestro—. Comienza con exigencias. Porque en este lugar, la magia no responde a la intención… sino a la disciplina.
Las candelas flotantes del techo parpadearon suavemente, como si reaccionaran a sus palabras.