El orden no era una opción para Kael Aureum; era una maldición biológica.
—Tu pasillo es el de la derecha —dijo, obligando a su voz a mantener la modulación exacta de la heráldica real. Sin fisuras. Sin emociones.
La chica de la túnica violeta no esperó una segunda advertencia. Se dio media vuelta y prácticamente huyó, el eco apresurado de sus botas resonando contra la piedra sagrada del ala oeste.
Kael no se movió hasta que el último vestigio de su sonido desapareció.
Solo entonces, cuando estuvo seguro de recuperar el aislamiento absoluto, se llevó una mano al pecho de la túnica de gala. Debajo de la tela, la magia seguía latiendo con un calor residual, sutil pero inquietante.
Una anomalía. Una maldita e inexplicable anomalía.
Él, que había sido entrenado para leer el flujo de la magia antes de que esta se manifestara, no había podido preverla.
La chica.
Había irrumpido en su espacio personal como un error de cálculo. Quejándose del “colapso institucional”, mirándolo como si no entendiera quién era él… o peor aún, como si no le importara.
Descarada. Imprudente.
Y, por un segundo que Kael detestaba admitir, jodidamente real.
—Te estás retrasando, alteza.
La voz del Gran Maestro lo sacó del silencio desde el umbral del corredor. El anciano lo observaba con esa calma incómoda de quien siempre parece saber más de lo que dice.
Kael apartó la mano de su pecho de inmediato. La máscara volvió a su lugar con precisión absoluta.
—El protocolo requiere que el heredero entre al final, Maestro —respondió con frialdad—. Todo está bajo control.
—El control es una ilusión cuando el núcleo del reino fluctúa, Kael. Vigila tus flancos.
Kael no respondió.
Ajustó la capa escarlata sobre los hombros y avanzó hacia las enormes puertas del Gran Salón.
Mientras caminaba, la molestia en su pecho no desapareció. Se transformó.
En algo más afilado.
La chica de la Rama de Resonancia no entendía dónde estaba parada. Creía que Aethelia era un lugar donde se podía tropezar sin consecuencias. Donde las reglas eran negociables.
Un error.
«Hay que contener el caos antes de que se propague», pensó.
Las puertas se abrieron.
El silencio del Gran Salón lo recibió como una orden.
Kael avanzó sin prisa. Sabía exactamente el efecto que provocaba: sumisión, expectativa, distancia.
Un dios de piedra en movimiento.
Sin embargo, cuando pasó cerca de la sección violeta, algo en su atención se desvió.
Ahí estaba.
Mal colocada entre los suyos. Cabello color café ligeramente desordenado. Túnica violeta aún sin ajustar del todo. Mirándolo como si estuviera viendo a alguien completamente distinto del “instructor malhumorado” del pasillo.
Kael no reaccionó.
No debía hacerlo.
En público, ella no era nadie.
Solo una variable irrelevante.
Apoyó las manos en el atril de piedra. La magia amplificó su voz.
—Bienvenidos a Aethelia…
Las palabras comenzaron a fluir con precisión quirúrgica.
Habló de talento. De disciplina. De límites.
De errores que nacen cuando la confianza supera al control.
Y aunque su mirada no se detuvo en nadie…
Cada frase tenía peso.
Cada advertencia tenía dirección.
Hacia la sección violeta.
Hacia ella.
Quería ver si bajaba la mirada.
Quería comprobar si entendía.
Pero la chica no se quebró.
No agachó la cabeza.
Kael lo notó.
Primero como una irritación.
Luego como un fallo de sistema.
Y finalmente como algo que no supo nombrar.
Un leve cambio en la presión del aire en su pecho.
Al apartarse del podio, cedió el lugar al Gran Maestro.
Mientras el discurso terminaba, Kael ya no miraba al salón.
La estaba registrando a ella.
«No es sumisión lo que te falta… es miedo.»
El pensamiento le resultó más personal de lo que debería.
Y eso lo molestó.
Cuando el Gran Maestro cerró la ceremonia con su sentencia final, el salón estalló en murmullos.
El año académico había comenzado.
Kael no esperó.
Se retiró por la puerta lateral de la tarima. El aire allí era más pesado, saturado de pergaminos, tinta y magia residual.
—Excelente discurso, alteza —dijo uno de los instructores—. Las nuevas generaciones necesitan disciplina.
Kael asintió sin detenerse.
—El talento sin estructura es un riesgo, no un recurso.
Su voz era impecable. Demasiado impecable.
El Maestro de la Rama de Resonancia se le acercó, ya preparado para la logística.
—¿Algún asunto pendiente, alteza?
Kael hizo una pausa breve.
Demasiado breve para ser casual.
—Sí.
El maestro esperó.
Kael miró hacia el patio exterior a través del ventanal.
Las nuevas capas violetas comenzaban a dispersarse.
Entre ellas, la vio.
Pequeña. Demasiado visible para alguien que intentaba no llamar la atención.
—Antes de la ceremonia —dijo con calma— detecté a una alumna de su rama en el ala restringida.
El Maestro de Resonancia enarcó las cejas, visiblemente molesto por la falta de disciplina en su grupo el primer día.
—¿En el ala restringida? —el hombre bufó, sacando una pluma de tintero—. ¿Tiene el nombre, alteza? Una infracción de ese calibre antes de la primera clase merece un castigo ejemplar. La expulsión no está descartada si...
—No será necesaria la expulsión —interrumpió Kael. Su voz no admitió réplica—. El reino no puede permitirse desperdiciar recursos, por muy insensatos que sean. Sin embargo, la impunidad genera caos. Como prefecto del ala oeste, sugiero una sanción correctiva interna.
—¿Qué sugiere, señor?
Kael desvió la mirada hacia el gran ventanal que daba al patio de la academia, donde los estudiantes de túnica violeta comenzaban a salir. Entre la multitud, la cabellera de la chica —un destello desordenado— era fácil de identificar. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible y carente de calidez, se dibujó en sus labios.